Viernes 20 Noviembre de 2009
Una historia de tantas…
Xuchitl Vázquez Pallares
Domingo 21 de Septiembre de 2008 • Enviar nota    • Imprimir
« La ciudadanía es víctima de una guerra que no es de ella; es de unos cuantos que indudablemente no tienen moral ni escrúpulos »
A lo largo de la historia, Michoacán se ha singularizado por ser microcosmos de la historia nacional. En Morelia, en específico en los portales, es donde se dan encuentros y desencuentros, noviazgos, infidelidades, intrigas, conspiraciones, se amarran candidaturas, se toman acuerdos por unos cuantos que habrán de afectar a muchos, se arregla y desarregla el mundo. En los portales se ve llover sin mojarse, se ven los fuegos artificiales sin que alguna chispita le achicharre a uno el cabello.

Dulce María había llegado a Morelia hacía poco tiempo, quería estudiar veterinaria para ayudar a la gente y animales de su pueblo. Había estado cuando niña para visitar a familiares, recordaba a Morelia mucho más pequeña.

Sentados en los portales tomando chocolate, su tío Juan le había platicado cómo antes las dos plazas al lado de Catedral eran igualmente bellas, ambas tenían kioscos maravillosos como el que hoy aún se aprecia en la Plaza de Armas, sin embargo cuando fue gobernador Agustín Arriaga Rivera, en acto de afán de “modernidad” tiró el kiosco y los árboles e hizo una explanada que desarmoniza con el entorno colonial.

Aún recordaba cómo le impresionó entonces el ver las dos plazas, y a pesar de su corta edad constatar cuántos errores cometen los gobernantes y ni quién les diga nada.

Para poder costear sus gastos y estudiar, Dulce María había buscado empleo y trabajaba por las tardes de mesera en un café del centro. Al salir del trabajo le gustaba caminar hasta el cuarto que rentaba cerca de Villalongín. Caminaba por la Madero admirando la magnificencia de la ciudad y pensaba que era un enorme privilegio el estar ahí.

Al poco tiempo conoció a Luis, un compañero de la facultad con el cual congeniaba mucho y se hicieron novios. Luis era también michoacano, de extracción purépecha y deseaba especializarse en especies mayores, para ayudar a la gente de los pueblos a tener mejor ganado.

Los días pasaban de la facultad al trabajo. Un soleado día de julio, estando atendiendo a unos clientes del café, le tocó ver cómo unos hombres con pistola amagaban a uno sin más ni más. ¿Cuándo se había visto eso en los portales?, decían los comensales entre susto y azoro.

Luis pasaba por ella en ocasiones al trabajo, les gustaba sentarse bajo los árboles en la plaza mirando el kiosco y platicar.

Llegaba septiembre y con él toda una efervescencia por poner preciosa a Morelia. El municipio se esmeraba en todos los detalles, la iluminación estaba preciosa, digna, hacia gala de amor a nuestra tierra y a los héroes que nos dieron patria.

Junto con varios amigos de la facultad, Luis y Dulce María planearon asistir a la ceremonia del Grito la noche del 15 y al desfile el 16. Seguramente estaría precioso todo, era tanto el esmero en cada detalle; los Morelos cabalgando alrededor del kiosco, a semejanza de los carruseles que en las ferias convierten a los niños en valientes jinetes que viajan a lugares impensables de llegar de otra manera.

Cada balcón, cada farol, lucía la bandera tricolor. Toda Morelia vestía de verde, blanco y rojo, de noche se convertía en bandera luminosa todo el Centro Histórico.

Conforme se acercaba el 15, los portales cobraban más vida, hasta altas horas se veían los paseantes en la Madero, en los cafés, los hoteles se abarrotaban de turistas.

Una peculiaridad de los portales de Morelia es que en ellos conviven todas las clases sociales, desde los muy ricos hasta los muy pobres, y así sucede también durante la fiesta del Grito, va de todo, hermanados todos por el amor a México.

Por fin llegó la noche tan esperada, desde temprano la gente salió a la Madero, a disfrutar la ciudad engalanada. Todos querían agarrar un buen lugar para ver el Grito, el castillo, disfrutar de todos los eventos anunciados y de los antojitos que en las calles aledañas se ofrecían. Dulce María, Luis y sus compañeros pasaron por la Plaza del Carmen, y sorprendidos vieron que estaba llena de elementos de la AFI y GOE vestidos todos de negro, con camionetas por todos lados. Una cuadra antes de llegar, los soldados estaban situados cada cinco metros, en ambas banquetas y calles alrededor.

Desde el Hotel Alameda hasta el Juaninos no cabía ya ni un alfiler, todo estaba lleno, el gentío se movía cual olas de mar verde, blanco y rojo. Los balcones estaban repletos, todos querían gozar de la alegría de la fiesta.

Sin embargo se notaban diferencias, eran visibles las canonjías que gozan los que tienen poder político y económico. Los primeros celebrarían todos en Palacio de Gobierno y los otros desde las cómodas terrazas del Juaninos, del Virrey de Mendoza, del Hotel Catedral, del Sanborns, de la Casa del Portal, del Hotel Casino.

Aún así había de todo en la calle, y sobre todo en la Plaza Melchor Ocampo, situada exactamente frente a palacio, desde ahí se podía ver bien todo, no perder detalle de la ceremonia. El grupo de amigos llegó hasta ahí, empujando y recibiendo empujones, a Dulce María le llamó la atención una pareja singular por su acento y vestimenta, se veía que eran de dinero y de fueras. Platicando con ellos se enteró que eran de Tamaulipas, el era empresario, se llamaba Juan Antonio Ríos Pescador y ella Martha Elena Quintero Brambila, hubieran podido presenciar la fiesta desde arriba sentados cómodamente en algún bar, pero prefirieron bajar a la plaza y compartir el oleaje de alegría que sólo ahí abajo, junto a todos, se da de manera tan natural, tan singular.

Por fin dieron las 11:00 de la noche, el gobernador Leonel Godoy salió al balcón central de palacio; jaló el cordón de la campana, pero ésta no sonó. Con la bandera en la mano izquierda gritó: “Michoacanos y mexicanos… ¡Vivan los héroes que nos dieron patria! ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Allende! ¡Viva Aldama! ¡Viva la Corregidora! ¡Viva José María Morelos! ¡Viva Michoacán! ¡Viva México! ¡Viva México!”. El gobernador jaló nuevamente el cordón de la campana. En ese preciso instante, un estruendo sonó por encima de la algarabía; seco, sordo, fuerte. Dulce María y sus amigos voltearon todos hacia arriba sin entender que pasaba, algo los había tirado al suelo. Un ardor intenso invadió las piernas de Dulce María, sentía que se le desgarraban, volteó a mirárselas, pero lo primero que vieron sus ojos fue el cadáver del empresario tamaulipeco y de su amiga. La vista se le nublaba, las lágrimas le impedían ver, pero la rabia la hizo pararse, Luis estaba también herido, veía brazos y piernas regadas a su alrededor, volteo al balcón, a lo lejos vio al gobernador sonriendo y metiéndose a palacio, seguramente no se había dado cuenta, seguramente habría pensado que los gritos eran de alegría, pero eran gritos de angustia, de terror, de muerte. Un grito de dolor invadía las gargantas. Las sirenas de las ambulancias callaron la fiesta. La Plaza Melchor Ocampo fue campo de batalla, el pueblo no tenía por qué ser partícipe y víctima de ésta.

La oscuridad de la noche se extendió hasta el día, el luto cubrió no sólo a Morelia sino a todos los mexicanos.

La que esto escribe no durmió por el pesar que encogía su corazón. Frente al televisor, cambiábamos de canal en búsqueda de más noticias, intentando entender qué había pasado.

Al día siguiente nos enteramos por los medios que el desfile había sido cancelado. En un video que alguien subió a YouTube, se apreciaba la bandera monumental situada frente al Supremo Tribunal de Justicia del Estado, al revés. Recordamos los códigos utilizados en situación de guerra.

De golpe vino a mi memoria que hace tres años asesinaron a Rogelio Zarazúa y a su escolta César Bautista, hijo del hoy director de Seguridad Pública del Estado, precisamente en un día 16 de septiembre.

Este año asesinaron a más de siete y los heridos suman más de 100. La ciudadanía es víctima de una guerra que no es de ella; es de unos cuantos que indudablemente no tienen moral ni escrúpulos, que anteponen sus intereses económicos y políticos a los del pueblo.

vazquezpallares@michoacan.com.

 
 
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