Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
De los Réquiem o misas de difuntos
Lunes 4 de Noviembre de 2013
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La semana pasada se dieron en el estado tres conciertos de la Orquesta Sinfónica de Michoacán con el Réquiem de Verdi. Esto, siguiendo la tradición, moderna y local, de presentar un oratorio de difuntos en los festejos con motivo de los días de muertos. Este año no pude asistir a ninguno de los tres y por lo tanto no puedo comentarlos. Pero decidí decir para ustedes de los Réquiem o misas de difuntos.
Réquiem (del latín requies = descanso) es la primera palabra latina del Introito de la misa de difuntos, que designa, por extensión, la misa entera y, en consecuencia, toda composición musical apoyada por este texto. La misa de difuntos fue establecida para rogar por el descanso de las almas del purgatorio. Las que están en la gloria ya descansan y a las del infierno, no les sirve. Es pues, para las del purgatorio. Y los primeros réquiems datan de la primera parte del medioevo, antes del año 1000, cuando la Iglesia católica inventó el purgatorio; eran en el modo gregoriano.
El texto es muy variado y ofrece grandes posibilidades de expresión dramática, que ha sido capaz de tentar a muchos compositores. Está formada de las partes siguientes: Introito y Kyrie, Gradual y Tracto (que reemplaza al Aleluya), Secuencia (Dies irae, vasto poema que evoca el juicio final), Ofertorio, Sanctus, Agnus Dei (en el cual la súplica dona eis requiem reemplaza al miserere nobis y al dona nobis pacem) y Comunión; generalmente el canto de la absolución (Liberame, Domine) sigue a la misa.
Como todos los cantos de la liturgia católica, la misa de difuntos, desde antes del siglo XVI, está tratada en polifonía vocal; el más antiguo conservado es el de Ockeghem (circa 1470) y pueden citarse de esa época las obras de Lassus, Palestrina, Victoria, du Caurroy y muchos más. A partir del siglo XVII, la orientación es más sensible y la misa de réquiem tiende a convertirse en cantata fúnebre y después, en oratorio. Bassani, Lotti, Caldara y Lully, entre otros, escriben réquiem conocidos. En el siglo XVIII, Haydn, Salieri y Mozart escriben también y muy bien.
En el siglo XIX, el Réquiem alcanzó proporciones verdaderamente exageradas. Se hicieron obras maestras, pero que nada tenían que ver con el oficio litúrgico. El texto, al evocar en el espíritu de los músicos románticos cuadros paradisíacos diáfanos o visiones dantescas, estimulaba mucho su imaginación y los hizo orientarse hacia el género teatral, con lo que conlleva de grandioso.
De entonces para acá, voy a citar algunos de los réquiems más gustados o conocidos. El de Cherubini, contrapuntista impecable, gustador de lo pintoresco y de la instrumentación brillante, escrito para los funerales del duque de Berry en 1816; el de Schumann; el de Berlioz, ejecutado en 1837, en los Inválidos, para las exequias del general Damremont y sus compañeros franceses muertos o heridos en la batalla de Constantine, en la guerra de conquista de Argelia. Es un verdadero fresco desmesurado concebido para una gran número de ejecutantes: el Tuba mirum, con sus cuatro orquestas de metales, que se agregan a la orquesta principal clamando a los cuatro puntos cardinales el despertar de todos los muertos para el Juicio final, es impresionante..., y aquel ejército de tambores necesario para el trueno.
El Réquiem de Gounod (1842), contrariamente, expresa el amor confiado, como más tarde también el de Fauré, notable por su lirismo y constreñimiento, y que es una obra maestra. También lo es el de Verdi, escrito en 1874 a la memoria del poeta y patriota italiano Alejandro Manzoni, en el que también aparecen llamadas de clarines, hundimientos, cataclismos e incluso vuelos celestes, todo ello animado de un soplo grandioso que reclama, de parte de los cantantes, cierta dureza y un claro sentido operático.
Otros réquiems famosos son los de Liszt, Bruckner, Dvorák, Saint-Saëns y Pedrell; el de Brahms es una vasta cantata escrita sobre texto en lengua alemana, parafraseando algunas citas de las Sagradas Escrituras.
Del siglo XX, son notables los réquiems de Rivier, Inghelbrecht, Tomasi, el Réquiem de Guerra de Britten, que combina textos latinos y poemas guerreros, y el de Duruflé. Este último parece cerrar un ciclo, cuando vuelve a las fuentes gregorianas de la Edad Media.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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