Margarita Vázquez Díaz
Morelia de carne y hueso
El fin de la esperanza, de Rafael Bernal
Viernes 20 de Noviembre de 2015
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Muy buenas tardes, agradezco al licenciado Borges, encargado del Departamento de Literatura de la Secum, la invitación para participar en este justo homenaje a Rafael Bernal Jiménez, a 100 años de su nacimiento, en el marco del Día Nacional del Libro, que en esta ocasión reedita la novela El fin de la esperanza, cuya primera edición data del año 1948, por editorial Capullic, en la Ciudad de México.
Decir Rafael Bernal me remite irremediablemente a su novela El complot mongol, obra emblemática considerada como precursora del género policiaco en México, entrañable junto con Días de combate, de Paco Ignacio Taibo II. El complot mongol formó parte de la magnífica colección Lecturas Mexicanas y apareció en el año de 1969. Aunque se nombran dos novelas policiacas de Bernal editadas el año de 1946: Un muerto en la tumba y Tres novelas policiacas, sería El complot mongol la que lo daría a conocer con mayor amplitud, ahora convertida en novela de culto.
Sorprende conocer su activismo político sinarquista, en el prólogo que Alfonso de María y Campos hace en esta edición conmemorativa, dice:
“El dato es relevante porque, como se sabe, el sinarquismo se formó con el campesinado católico del centro y norte del país, y sus líderes fueron todos ellos profesionistas de clase media, sin descontar a intelectuales que, sin ser miembros del movimiento, simpatizaron con él, como José Vasconcelos o el fundador del Partido Acción Nacional, Manuel Gómez Morín”.
Bernal cultivó varios géneros literarios como novelista, cuentista, ensayista, dramaturgo, guionista de radio, etcétera.

El fin de la esperanza

La portada como puerta de entrada da fe de lo que acontecerá al abrir el libro: el estremecimiento de la mirada que nos ve con angustia en esa mujer arrodillada mientras la otra se cubre el rostro y nos muestra su pie descalzo iluminado por una vela. El diseño de Luis Almeida, basado en la obra pictórica Tata Jesucristo, del zacatecano Francisco Goitia.
En El fin de la esperanza, la esperanza se va desvaneciendo ya no existe lo existido. Es el personaje de la Vieja, testigo del tiempo transcurrido quien nos recibe. Pero ella misma va camino de la evaporación al ocupar el lugar más olvidado entre los apuros económicos cotidianos de los suyos, que le otorgan lo ínfimo de lo ínfimo con que cuentan:
\"Y la Vieja sabía que cada una de las tortillas que hacía Juana era necesaria; que había que alimentar a Hipólito, el jefe de la casa, el dueño de todas las cosas; y a Gumersindo, el muchacho mayor, que ya llegaba a los diecisiete años, y a Dominga, que iba en los quince y cuidaba de los animales y al tullido. Y también tenía que alimentarse Juana. Lo que sobraba era para ella y para el perro. Pero a veces tenía hambre y se robaba una tortilla y se salí y la mascaba a escondidas, donde nadie la viera, royéndola con las encías sin dientes, ablandándola con saliva para poder tragarla\".
Como cartas del tarot, los capítulos de la novela se van dividiendo en nombres, que uno puede barajear y leer de manera independiente porque cada uno tiene un cuerpo propio; subdividido también en capítulos, al final acabará uno leyendo la obra por completo, como en Rayuela.
Galeras es el lugar de los acontecimientos de esta historia, como Aracataca lo es para la construcción de 100 años de soledad, o Comala para el desarrollo narrativo de Pedro Páramo. Galeras, como metáfora de significantes que va trascendiendo y subvirtiendo la historia.
Una se puede percatar del trato referencial novelado que Rafael Bernal otorga al elemento histórico, el antecedente y el descendente y la comparación entre lo que fue y lo que queda. Esa transformación cronológica muestra el paso del tiempo, esa vuelta que ya no tiene retorno. Por supuesto que se encuentran sus filias y fobias expuestas en esta narración, congruente con su hacer y su pensamiento y convicciones:
\"Por eso la gente vieja recordaba con tristeza aquellos tiempos antiguos y patriarcales, cuando la hacienda pertenecía a los Padres de la Orden del Carmen. Entonces aquello no era una ‘Empresa’ y no se aplicaban los más modernos métodos de agricultura, pero todos los peones eran aparceros, tenían sus animales propios y la vida se desplegaba tranquila, aunque monótona”.
Rafael Bernal se nutrió de sus vivencias y de lo que su entorno le fue proporcionando, supo poner vida a lo invisibilizado o acallado por atroz.
La obra cobra vida propia hasta que el autor se vierte en ella y va atando y desatando cabos sueltos y enlazándolos, para ir develando lo que la narración necesita contar para que vaya conformándose autónoma y pueda ser contada de mil maneras por los otros, los que la leerán. Puede ser que su obra se haya mantenido en una pausa, para no mover las aguas de una complacencia literaria ensimismada.
Su personaje de la Vieja tuvo nombre: “Domitila”, dice el narrador: “En aquellos tiempos así se llamaba, tenía como marido a Eleuterio; y se andaba corriendo la voz de que ahora sí, la revolución estaba cerca, había indicios que así lo hacían ver:
‘-¿Y cuáles son esos dícenes? -preguntó el viejo don Pablito, el que cuidaba las cabras.
-Pos que se va armar la bola -dijo el forastero de la cicatriz. Al alzar el brazo dejó ver, entre los pliegues del ceñidor, la cacha de un cuchillo grande.
-¿Y pa qué otra bola?”
Me gusta el trato que le imprimió a cada personaje principal y la congruencia para retratar en su contexto y género un perfil acorde a su versión de los hechos. Así, en el capítulo de III de Juana, ella al igual que su madre, Domitila la Vieja, también recuerda:
\"Cuando era niña, en tiempos de la bola, se la habían tenido que pasar sin maíz durante mucho tiempo. Entonces había andado con su madre por los bosques buscando raíces y tejocotes con los que calmar algo el hambre”.
Las contradicciones de los gobernantes a los que más afectan son a lo que menos tienen y si no, ahí está una historia verdadera retratada en obras emblemáticas a las cuales recurrir en caso de olvido, como El fin de la esperanza, de Rafael Bernal; que indudablemente sumaría a obras magistrales de la llamada novela de la Revolución, como Los de abajo, de Mariano Azuela; El indio, de Gregorio López y Fuentes; El Valle Nacional, de Enrique Albuerne; La rebelión de los colgados, de B. Traven, y un largo etcétera.
(Leído en el homenaje a Rafael Bernal en el marco del Día Nacional del Libro, 12 de noviembre, Jardín de las Rosas, organizado por la Secum).

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