Julio Santoyo Guerrero
Dos largos años aún
Lunes 29 de Agosto de 2016
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El presidente no quiere darse cuenta que México necesita urgentemente cambio de proyectos de políticas publicas
El presidente no quiere darse cuenta que México necesita urgentemente cambio de proyectos de políticas publicas
(Foto: Cuartoscuro)

La tercera y última parte del mandato presidencial en curso inicia marcado por la debilidad. Muy atrás quedaron los años de fortalezas y de popularidad que auguraban tempranamente la continuidad priista más allá de 2018. El proyecto del presidente Peña se desinfló, no tuvo los magnánimos efectos que de él se esperaban y la propia imagen presidencial se deterioró, a tal punto que la credibilidad, sustento esencial para ejercer el gobierno, se desmoronó ante los ciudadanos del país y ante la opinión pública internacional.

Los instrumentos de política pública que había construido al inicio del sexenio y que le habían atraído simpatías, porque de ellos se esperaba mucho, no rindieron frutos. La economía no mejoró, empeoró; la seguridad no mejoró, seguimos con la misma agenda; la corrupción no se combatió, el propio presidente es ahora ejemplo de corrupción y opacidad; la política no es una actividad que haya recuperado el reconocimiento social, sigue debatiéndose en la medianía y el lodo sin garantizar una efectiva representación y amplia legitimidad del poder público; la educación no ha mejorado, se ha profundizado la crisis de gobernabilidad y la inestabilidad del sistema educativo; la pobreza no se ha reducido, ha ensanchado su sombra a otros sectores de la población.

El gabinete que designó el morador de Los Pinos, por sus comportamientos, califica más como un club de amigos que como un equipo de estatura profesional y ética para atender la agenda de los asuntos de la sociedad mexicana. Su talla es mucho más pequeña que el tamaño de los problemas nacionales y su perspectiva está plagada de frivolidad antes que de convicción de estadistas.

El presidente de la República da la impresión de que se ha dejado encapsular por su club de la amistad y se ha hecho refractario a la crítica social; parece estar convencido de que la pérdida de popularidad es sólo un problema mediático y que bastan buenas campañas de marketing para recuperar lo perdido, no se quiere dar cuenta de que los instrumentos de política pública con los que inició el sexenio han colapsado, no generan los vínculos de aceptación imprescindibles para relegitimar su gobierno. Es decir, no se le ocurre pensar que México necesita urgentemente un cambio de proyecto de políticas públicas y con ello la definición de un nuevo gabinete. No quiere darse cuenta de que necesita replantearse el consenso con los mexicanos para redefinir la ruta del país para los dos años que le restan a su gobierno.

La evidente debilidad presidencial: dar marcha atrás a las iniciativas de ley sobre matrimonios igualitarios, legalización de la mariguana, Ley 3de3 para empresarios o la imposibilidad moral de ir contra los políticos corruptos de los que se conocen sus tropelías públicamente, parece expandirse también al ámbito de su gabinete, y en particular de su club de amigos, a quienes no toca con ningún reproche no obstante sus desempeños desastrosos como los casos del ex comisionado y actual director de la Conade, Alfredo Castillo, y del cuestionado y poco eficaz Aurelio Nuño.

El bajo nivel de aprobación que tiene el presidente no es un dato secundario, tiene que ver con gobernabilidad y con estabilidad económica y política. Que falten aún dos largos años y que a estas alturas el morador de Los Pinos no se alcance a dar cuenta de que el país se le está yendo de las manos y siga empecinado en refrendar el mismo discurso y la misma práctica, es un acto de enorme irresponsabilidad que puede tener consecuencias fatales para la República.

Al país le urge un plan emergente en el que estén representadas las preocupaciones económicas, de seguridad, de gobernabilidad, de educación, de salud, de atención a la pobreza y más, que consensuado con los partidos políticos y la sociedad civil le den un rumbo esperanzador a México en los dos años que le faltan a la presente administración federal. Plan que debieran impulsar las fuerzas progresistas del país con un toque irrevocable de justicia social. El discurso de las reformas estructurales ya no concita esperanzas, se ha desgastado. Si no se promueve este nuevo consenso, lo que resta son dos años de agudización de la crisis política.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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