Rafael Calderón
Eligía del destino
El turno y la presencia de Francisco Alday
Lunes 29 de Agosto de 2016
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Poeta extraordinario de visión mística-religiosa, nació el 14 de junio de 1908 en la ciudad de Querétaro. Radicó la mayor parte de su vida en la ciudad de Morelia, donde muere el 26 de noviembre de 1964. Es el segundo hijo del matrimonio de su padre Miguel Alday Domenzain y desde muy temprana edad muestra un interés particular por las letras y su vocación de poeta se define muy pronto; tal vez por eso su padre dio instrucciones para que se le dejara entrar a la biblioteca particular e hiciera uso del estudio y papeles. Entró a estudiar para sacerdote en 1928 ingresando al Seminario de Morelia y en este mismo seminario fue profesor de filosofía y derecho una vez terminados sus estudios. Ostentaba el grado de Canónigo al momento de su muerte en aquella añeja, bella y señorial Catedral moreliana.

Sus primeros poemas son parte de una escritura y reescritura que solamente se sabe de su vocación de poeta entre sus amigos. Sin embargo, el primero en hacer publica esa lírica tan profunda y particular fue Alfonso Junco en las páginas de El Universal. Más tarde publicará poemas en revistas como Ábside, Trento, La Nación, Señal, Comunidad Cristiana, Trivium, Logos, Mundo Mejor, Acento y Viñetas de Literatura Michoacana, y figura en varias antologías de poesía mexicana y religiosa como la de Carlos González Salas y la de Raúl Arreola Cortés, o en el Álbum poesía religiosa de México, y el primer libro que proyecta para editar parte de sus poemas lleva por nombre Lámparas de fuego, y con el curso del tiempo se sumarán otros tres títulos, a saber: Poemas del viaje y del encuentro, Vida y paisaje y Libro de los ejercicios que, en definitiva, son los que hoy día confirman su Obra poética, editada en 1970 bajo el sello del Seminario de Morelia, con prólogo de Alejandro Avilés –primer editor de su poesía completa.

Gabriel Méndez Plancarte escribió, según palabras recuperadas por Carlos González Salas, que es “grande poeta, sí, entre los grandes líricos religiosos de nuestra lengua, este poeta de llama y sangre, de pasión y amor; pasión por la pasión y amor al amor”. Y en ese orden se puede señalar que para finales del mediodía del siglo Alday llega a la madurez o cenit de la poesía mexicana considerando que escribió la obra en su armonioso y profundo conjunto, pero también sabiendo que esto lo dice su lector y antologador González Salas y presenta en su selección de poesía religiosa. En las palabras que le prodiga Alejandro Avilés queda evidenciado que su espacio y el ámbito de su lírica es un camino que explora y cuestiona, agradece sus poemas y esa lectura consolida una poética a partir de sus poemas. Pasa a ser “el mayor poeta religioso de México” y diríase que en él “el tema de la Pasión constituye sus encantos pues en él ha dejado poemas definitivos como Era y Lagar y los sonetos de Cristo total, junto con los muy bellos donde condensa la belleza de los paisajes michoacanos o la contemplación amorosa de la ciudad de Morelia, fulguran otros poemas sacros de íntima efusión mística que no desmerecen dentro de una producción que se distingue por su selectiva y breve publicidad”.

En 1970, ya muerto, se confirma esa presencia ya inconfundible como figura determinada por el originalísimo estilo de su voz pausada y modulada por temas de Dios, por el asunto del amor pasional y asimismo por ese reiterar de la muerte como una profecía de imágenes que van nutriendo su escritura entre coloquial y un ritmo y con un sabor único para componer bajo el soneto su espacio de gloria y acción como autentica unidad de su lenguaje. Lo dice con brillo otro poeta michoacano: “al lado de Velarde y Plascencia, emerge en la armonía polifónica de la poesía mexicana moderna como una voz singular, nueva en su tonalidad, versátil en su entonación y audaz y disímbola en los caminos diversos de su musicalidad”. Son éstas palabras de Benjamín Fernández Valenzuela, traductor de Diego José Abad del latín al castellano. Y lo dice Avilés con esa suerte del reconocimiento: “Lo primero que asombra en Alday es su capacidad de transfiguración de lo concreto. En él lo anecdótico nunca resulta trivial”. Es todo en un poema pero con una aspiración mística que integra en toda su poesía. El juicio más aproximado a su poética esta refrendado por las palabras de Benjamín Fernández Valenzuela al escribir que “es una voz egregia, pero difícil de configurarse en una pauta única”. Alday, autor de una poesía originalísima y única.

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