Alma Gloria Chávez
Esfuerzo, disciplina y amor
Sábado 27 de Agosto de 2016
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“All you need is love…”, cantaba el Cuarteto de Liverpool. Pero obviamente, conociendo los sucesos que entonces convulsionaban el planeta, para muchos de mi generación frases como ésta nos parecían una falacia. Cuando yo entonaba el pegajoso estribillo de esa canción que popularizaron The Beatles en los años 60, ni siquiera imaginaba que la volvería a pensar (y como cierta) en distintas épocas de mi existencia.

Hoy recuerdo la tonada, a propósito de la Semana del Adulto Mayor y de dos personajes que de manera ejemplar viven el “cada día” con amor no carente de dolor, esfuerzo, disciplina y buena voluntad. Uno de estos personajes es mi amiga Consuelo, de quien ya escribí en este medio que me ha abierto sus puertas durante más de cuatro lustros. El otro es mi padre.

Consuelo debe pasar los 80 años y cuando le conocí, hace más de quince, lo que me agradó de ella fue la serenidad de su rostro y voz, que inspiraban confianza y paz. En aquellos años (principios del 2000) ella visitaba con frecuencia esta ciudad del lago para estar con sus dos nietas, descendientes de su única hija que había muerto recientemente y cuyo cónyuge (extranjero) tenía el propósito de llevarlas fuera del país. Consuelo no estaba totalmente de acuerdo con esa decisión pero “había poco qué hacer”, comentaba. Su yerno era bastante inflexible y autoritario y ella prefería no provocar un distanciamiento que le pudiera privar de cualquier contacto con sus nietas.
“Ya decidirán luego su vida”.

Cuando me confió la profunda tristeza que le trajo la muerte de su hija, además de otros momentos en que durante su vida tuvo grandes sufrimientos, yo no podía creer cómo una mujer que había pasado por tan difíciles situaciones podía sonreír y vivir con una auténtica alegría que se reflejaba en su forma de caminar, de hablar y de participar. En Pátzcuaro se integró con facilidad a pequeños proyectos culturales y educativos y en talleres organizados por el entonces Instituto Federal Electoral. En la ciudad capital, donde residía habitando un pequeño departamento y viviendo de una modesta pensión, disfrutaba (lo decía con un brillo de alegría en sus ojos) de todos los eventos, paseos culturales y talleres que el gobierno capitalino ofrecía de manera gratuita a los adultos mayores, además de acudir a cuanto museo le era posible.

Comprobé que tenía una memoria prodigiosa, que ella atribuía a la lectura. Gustaba de citar frases de literatos, filósofos y poetas afamados, e igual narraba acontecimientos vividos o conocidos por ella en épocas distintas y distantes entre sí. Provinciana (nacida en Acámbaro, Guanajuato), madre soltera que perdió a su única hija y que sabía del inevitable alejamiento de sus nietas, a mi amiga Consuelo no le llegué a escuchar palabra alguna de reproche.

Su imagen regresa a mi mente con frecuencia, sobre todo cuando estoy a punto de decaer por cualquier cosa.
Su imagen regresa a mi mente con frecuencia, sobre todo cuando estoy a punto de decaer por cualquier cosa.
(Foto: TAVO)

Su imagen regresa a mi mente con frecuencia, sobre todo cuando estoy a punto de decaer por cualquier cosa. “No vale la pena –escucho decir a Consuelo–, ¿te das cuenta de qué bello luce el cielo después de una tormenta?”. Sin duda, Consuelo vive con gratitud y amor.

El otro personaje, mi padre (hoy de 94 años), sorprende a quien le conoce por su fortaleza de carácter y de espíritu; su claridad mental y su aceptación: a su cuerpo cansado (que aún ejercita), a su sordera y otros “achaques” y a su edad misma. Es disciplinado y tiende a lo metódico en sus actividades y en su alimentación. Durante toda su vida la lectura le ha acompañado, así como la música. Tuvo estudios en un Seminario Josefino. Desde que se retiró del trabajo administrativo (que permitió una vida holgada a su familia) y recibiendo una modestísima pensión, mi padre se ha aventurado a realizar cualquier actividad dentro de casa y se mantiene en movimiento (ahora con bastón).

En estas temporadas de lluvia, cuando las plantas crecen con desmesura, es mi padre quien se encarga de “mantenerlas a raya”. A pesar de su artritis y dolor de rodillas, se precisa a caminar por el barrio dos veces al día: 400 metros por la mañana y otros tantos por la tarde.

Lee todo lo que puede en ambos horarios y de la televisión (tiene acceso a programas de música clásica y de debates, mesas redondas, entrevistas y conferencias de escritores, filósofos y politólogos es asiduo al programa La Dichosa Palabra, que resulta pretexto para hablar con un hermano (telefónicamente) sobre la palabra del día, recordando datos, fechas o personajes de la historia universal.

Hace unos días, el padre de mi hijo le preguntaba por qué la famosa Calzada de Morelia llevaría el nombre de Ventura Puente y papá lo remitió al libro de Alfredo Maillefert Ancla en el tiempo, que localizó con facilidad en su revuelta biblioteca. Ahí, el autor, rememorando su infancia, describe a don Venturita: “Vivía don Ventura entonces junto a mi casa, en una casona solitaria. Era un hombrecillo enlutado, pero risueño y afable, y que pasaba siempre seguido o precedido de su perro; un paraguas en la mano. No tenía él más que una pasión: los árboles (que al parecer, él mismo había plantado). Por aquí le recuerdo yo siempre, por estas calzadas solitarias. Más de una vez le vi junto a estos árboles… o junto a otros; les hablaba, les quitaba alguna hoja seca; les encaminaba el agua al pie; los prodigaba, los estimulaba para que creciesen. Les imaginaba –yo- dando su sombra buena, y sus ramas destacándose en los encendidos crepúsculos; anchos, crecidos y frondosos como hoy están. Hoy, que él ya no está”. Precisamente, esta descripción la encontró mi hijo en una Enciclopedia de México.

Mi amiga Consuelo, mi padre Eugenio, Alfredo Maillefert y don Ventura Puente, me parece, además de tesoneros y disciplinados, aman y han amado la vida… con todo lo que ella ofrece. Yo deseo de todo corazón poder seguir sus pasos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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