Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
A propósito de nuestra Osidem, ¿qué hace un director de orquesta?
Martes 23 de Agosto de 2016
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Hace muchos años me contaron un chiste que bien podría ser anécdota. Era una niña española de familia de músicos, en la que había una cantante, un pianista, un compositor y un director de orquesta. Le preguntaron si al crecer, le gustaría ser música, a lo que contestó que sí. Le preguntaron entonces ¿qué te gustaría ser?, a lo que contestó sin dilación que directora, como su tío. ¿Por qué?, fue la siguiente pregunta. También sin dilación, contestó: Porque sólo tiene que mover la varita. Y para muchos eso es cierto, para aquellos que también piensan que el director técnico de un equipo de futbol es una figura decorativa y que los futbolistas lo harían igual o mejor sin tan controvertido personaje.

Es cierto que los directores de orquesta son un producto reciente, de la época romántica. Antes no se usaban y hay orquestas de cámara actuales que tocan sin director, pero eso tiene dificultades y no es posible con las modernas grandes orquestas. Hace pocos años me tocó ver una gran orquesta que tocaba una obra moderna llena de polifonía y de poliritmo y, en momentos especiales, necesitaba de dos directores, el segundo para dirigir un segmento de la orquesta. El director sincroniza a los músicos para que todos toquen en tiempo, pero fundamentalmente, genera el énfasis que va a marcar la característica propia de esa orquesta o de esa ejecución. El énfasis estriba en procurar la afinación perfecta, en igualar las técnicas instrumentales que generen determinada característica del sonido (como los violines de timbre ruso), en unificar las variantes del tiempo que permite la agógica y en generar una dinámica (variaciones de volumen y tiempo) que consigan el carácter que se quiere de la música. Esto se procura en los ensayos y se consigue en el concierto y es lo que otorga a una orquesta o a una ejecución determinada una personalidad propia e irrepetible. El resultado final de esto es lo que el público escucha, disfruta o sufre y critica. Es el encanto de la música, de una orquesta o de un director.

Todavía estrictamente dentro de lo musical, pero menos aparente, es su trabajo en la calendarización y programación de los conciertos de la orquesta, es decir, en la previsión de su desempeño a mediano y largo plazo. Cuántas temporadas se darán en el año, de cuántos conciertos cada una, en qué recintos, con qué programas, con qué solistas y con qué directores invitados. Pero todo esto requiere de un presupuesto. Debe conocerlo y ajustarse a él o buscar las instancias para aumentarlo. Los patronos siempre son muy difíciles de convencer para esto y los directores de orquesta lo aprenden en forma lírica; en las escuelas de música no se enseña administración de la cultura.

Hay muchas otras cosas que hace el director esenciales para la existencia misma de la orquesta y que son complejas y difíciles. Si le toca fundar la orquesta, tendrá que seleccionar a sus músicos en función de la calidad de los atrilistas y disponibilidad de dinero para salarios. Es una verdadera labor de economista equilibrista para conseguir la mejor calidad que se ajuste al dinero disponible. Si llega a una orquesta ya formada, el problema es más severo pues mantener y mejorar la calidad de la orquesta (que definitivamente depende de la calidad de los músicos) implica despedir algunos elementos y contratar otros y, con ello, enfrentar problemas de índole laboral, de los que los patronos graciosamente se lavarán las manos. Esto ha estancado el desarrollo de muchas orquestas en México.

Si todo lo anterior está bien, hay que recordar que una orquesta es una pequeña sociedad humana que enfrenta muchos problemas de relaciones interpersonales a los que el director tiene que hacer frente. Le toca ser amigo, padre, madre, juez, hermano, jefe y, en ocasiones, el villano. Y al director de orquesta no le enseñaron psicología en la escuela de música.

Ahora bien, y como sucede en el futbol, si las cosas van mal es más fácil correr a un entrenador que a todo un equipo, aunque las más de las veces tengan la culpa los jugadores. En una orquesta es más fácil despedir a un director que a todos los atrilistas, aunque los que tocan mal sean éstos. Y volviendo a la niña española del cuento, si bien es cierto que el director sólo mueve la varita, la tiene que saber mover muy bien; si no, le cortan el cuello los músicos, los patronos o el público.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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