Hugo Rangel Vargas
Políticas públicas sin medición
Viernes 19 de Agosto de 2016
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En el texto Los límites de la interpretación, el semiólogo italiano Umberto Eco retoma una curiosa historia narrada por el naturalista inglés John Wilkins. Se trata de un esclavo indio que atribuyó cierta condición de divinidad a una carta de papel, que junto a una cesta de higos llevaba como encargo a un hacendado. Los higos fueron devorados por el sirviente y la carta que delataba la existencia del fruto fue leída por la persona a quien iba dirigido. El indio, al no saber leer, no entendía cómo el papel podría conversar con aquel hombre.

La cita viene a propósito de lo que pomposamente se ha denominado en la jerga de las burocracias como el “presupuesto basado en resultados”. Su aparición en la normatividad de las finanzas públicas en el país data de 2008 con la publicación de la Ley General de Contabilidad Gubernamental. Este concepto, junto a toda una metodología de la que se deriva, ha adquirido una condición de dogma en la construcción y evaluación de políticas públicas, sin que, sin embargo, haya permeado a cabalidad en todos los niveles de gobierno.

Y es que la administración pública a nivel de los municipios dista mucho de haber avanzado en el uso de estos instrumentos metodológicos y el ejercicio de la misma continúa siendo inercial en la gran mayoría de los casos. Por ello es que la teoría del presupuesto basado en resultados actúa como la carta en manos de aquel esclavo, ya que aún sin ser entendido por su portador, le delata frente a quien sí entiende los símbolos con los que está escrito.

Alfonso Martínez, en su pasado Informe de Gobierno.
Alfonso Martínez, en su pasado Informe de Gobierno.
(Foto: Héctor Sánchez)

Estas dificultades parecen haber sido comprendidas por quienes elaboraron la nueva arquitectura de los presupuestos públicos basándolos en resultados y otorgaron un periodo de gracia considerable para su puesta en marcha a cabalidad. Sin embargo, las dificultades prevalecen aún en la mayoría de los ayuntamientos cuyas limitaciones financieras constriñen cualquier esfuerzo de planeación a la más oscura y emergente realidad cotidiana.

En Michoacán acaban de concluir los informes del primer año de la administración de los 112 alcaldes que fueron electos en el pasado proceso electoral de 2015. En contadísimos casos se expusieron cifras de indicadores vinculados al impacto de las políticas públicas en este nivel de gobierno, pero en casi la totalidad de ellos, los datos que presentaron los munícipes correspondían a reportes de avance físico-financiero de obras y programas, o bien a indicadores de proceso en el ejercicio de los presupuestos.

Y es que la puesta en marcha de esta nueva forma de construcción de programas y presupuestos tenía como finalidad alterar la concepción de las políticas públicas y orientarlas a la obtención de resultados objetivos y cuantificables.

No es raro encontrar en diversos rincones del país casos de gobernantes que de su ronco pecho construyen puentes donde no hay ríos, entregan despensas donde no hay hambrientos y tractores en medio del desierto, pero casi ninguno hasta ahora se ha atrevido a preguntarse sobre alguna variable o indicador que arroje mejoría en la condición social, económica, cultural o política de la ciudadanía a la que gobierna.

Por ejemplo, el incremento sustantivo de los recursos que Federación, estados y municipios han hecho para la entrega de canastas alimentarias a diversos núcleos de la población, ¿han disminuido los índices de pobreza alimentaria? No, al menos no lo indican así los indicadores de medición de la pobreza. Claro, esto antes de la cirugía plástica que sufrieron los mismos a manos del bisturí del Inegi.

Pese a lo extraño que debe resultar para la clase política la generación de índices que le ayuden a evaluarse más allá del autoelogio y la complacencia, es una exigencia de la ciudadanía moderna que ha empezado a leer aquel extrañísimo trozo de papel que delata que nuestros políticos se han comido por años los higos del cesto que acompañaba a la carta.

En Michoacán acaban de concluir los informes del primer año de la administración de los 112 alcaldes
En Michoacán acaban de concluir los informes del primer año de la administración de los 112 alcaldes
(Foto: Disse)

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