Rafael Calderón
EL DELITO DE LOS SUEÑOS
El turno y la presencia de Ezequiel Calderón Gómez
Lunes 15 de Agosto de 2016
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Poeta, editor y ensayista visionario, es autor de un puñado de extraordinarios poemas. Nació en Morelia, Michoacán, el 10 de abril de 1923 y murió 12 de marzo de 1960. El Diccionario de autores michoacanos recupera hoy en día una síntesis de su bibliografía. En el pasado inmediato se hizo una compilación antológica de su obra prologada y editada en 1970 por René Nieto Caballero, con el título Espiga y laurel, aunque la mayor parte de su obra se encuentra dispersa en periódicos y revistas. Raúl Arreola Cortés recupera un soneto (“¿Por qué has venido, música desnuda?”) para su antología La poesía de Michoacán y recuerda que estudió en el Colegio de San Nicolás y en la Escuela de Leyes sin lograr título profesional pero ejerció la docencia universitaria con gran dignidad y con un absoluto apego a la cultura, de la que fue uno de los más claros exponentes, al grado de convertirse, sin proponérselo, en el jefe indiscutible de su generación y de un grupo de escritores, poetas y periodistas a los que cariñosamente apodaban Los Popeyes, y el Popeye por antonomasia fue Ezequiel.

Participó activamente en diversas publicaciones. En 1940 fundó y dirigió el periódico universitario Letras Nicolaitas, órgano del Círculo Literario Juventud, en cuya organización también participa José Ceballos Maldonado; entre 1947 y 1953 edita la revista La Espiga y El Laurel con Carlos Arenas García, Alfonso Espitia Huerta, Salvador Molina y Xavier Tavera Alfaro. Existe una edición facsimilar que en 1995 de ésta salió en la Universidad Michoacana por el trabajo editorial de José Mendoza Lara y la colaboración estrecha de Arturo Molina García. Además colaboró en revistas como El Centavo, Viñetas de Literatura Michoacana y Pliego, donde se publica poemas suyos y traducciones de Mallarmé. Su brillante carrera literaria se interrumpió a los 37 años.

Sus amigos de generación le rindieron homenaje en 1960, dedicándole un número doble de la revista El Centavo (número 34 y 35), y continúa arrojando luces con el trabajo que en 1970 realizó René Nieto y que culmina el grupo Pireni en 1976, como parte de un afán que permite reconocer su trayectoria en las letras michoacanas. Los testimonios que sobre él se han registrado, en primer lugar fueron escritos por miembros de su generación y son notas biográficas y de su obra dispersa que se divide en verso y prosa y corresponden a artículos posteriores a su muerte. La edición Espiga y laurel contiene lo que corresponde a sus poemas, artículos y ensayos y crítica literaria, y una sección estrecha de sus traducciones individuales y en coautoría. El primer escrito que registra el adiós es de Raúl Arreola Cortés: “Con la desaparición de Ezequiel, las letras michoacanas –mexicanas– ha sufrido un duro golpe”. Para dar paso a una lectura obligada de sus poemas y decirnos con conocimiento de causa que era un hombre dedicado a la función vital de la cultura. Por la conciencia crítica y el rigor de su aspiración en los tres sentido de la cultura: un sentido internacional, un sentido ibérico y un sentido autóctono; recuerda que “con el grupo de los que fueron sus amigos inseparables, con los que formó una generación literaria, en 1947 inicia la publicación de una revista con el sugestivo título de La Espiga y el Laurel (espiga y nube nos dan el paisaje; laurel y estrella, los sueños)”. Esta revista significó uno de los esfuerzos generacionales más estimables dentro del panorama cultural de Michoacán. Como un Crisantemo, Flor de Loto y Voces o Juventud, en su tiempo, podemos conocer en La Espiga y El Laurel el pensamiento, las ideas y los sentimientos de una generación que fue, como correspondía, un grupo insurgente, el más insumiso a los viejos y caducos maestros de las letras mexicanas. Alfonso Espitia Huerta escribe: “Encontró magistralmente el equilibrio entre la polaridad de su carácter epicúreo y senequista y ameritó todos sus actos con la estimación a los hombres y a los dones que da la vida. Alegre, irónico e inflexible autocrítico en mitad de la rutina cotidiana, supo darle toda su colaboración al tiempo acordando de sus conocimientos de la cultura, con una singular sensibilidad por las letras, en juicios substantivos y sintéticos; expresiones poéticas; ensayos y traducciones de los más celebres pensadores del mundo”. Toda generación tiene su maestro, y La Espiga y El Laurel lo tiene en la persona de Ezequiel quien murió a la mitad del camino.

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