Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
De la música en las Olimpiadas
Martes 9 de Agosto de 2016
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Los Juegos Olímpicos de la era moderna tradicionalmente han sido gallardas competencias deportivas y encuentros de amistad entre los pueblos. La política, el mercantilismo, la corrupción y el terror se les han infiltrado, pero no han perdido el sentimiento de hermandad y de paz que les dio origen hace ya más de un siglo. Presenciar por televisión una ceremonia de inauguración o clausura, alguna de premiación o el esfuerzo supremo de un atleta, emociona y anuda la garganta por no soltar el llanto. Pero para quienes hemos tenido la fortuna de asistir a alguna, la olimpiada es una experiencia vital y, en su momento, no pudimos contener las lágrimas.

A partir de la XIX Olimpiada en la Ciudad de México, en 1968, el evento adquirió un carácter cultural que se ha ido superando, Olimpiada con Olimpiada y ciudad con ciudad. Memorables han sido, en este sentido, las ceremonias inaugurales de Roma, Moscú, Seúl y Beijing. Es claro que, en su momento, cada Olimpiada ha sido la mejor, pero creo que la vigésima quinta, la de Barcelona en 1992, ofreció un espectáculo inaugural con calidad artística tal que nunca antes se había dado. Y aunque la creatividad humana es infinita, creo que pasarán muchos años para que se le iguale.

Hoy la saco a colación repitiendo parcialmente un texto que entonces apareció en esta columna, aunque en otro diario. Y lo hago porque dentro de unas horas (ahora es la tarde del 5 de agosto del 2016) podremos ver por televisión la inauguración de la XXXI Olimpiada en Río de Janeiro, y porque la de Barcelona fue una explosión del arte de la música y, particularmente de la ópera, con sus mejores intérpretes en el momento. Fue una muestra del genio de los catalanes, inspirados por Miró. Sus muñecos danzaron toda la tarde por el estadio y por el ambiente. La luz y el calor de España nos llenaron a todos y el festival musical creo que nunca más se repetirá.

Con grandes bandas (coblas) y grupos de danza se dieron las milenarias y suaves sardanhas de Cataluña. Hubieron canciones del folclor catalán en las voces de Plácido Domingo, Montserrat Caballé‚ y Josep Carreras. Música de banda de Castilla, como por 100 conjuntos unidos. Baile flamenco con 50 guitarras y el arte excelso de Cristina Hoyos. Escena memorable fue su salida, partiendo plaza (estadio) en la grupa de su jaca andaluza, a galope y abrazada de su majo.

Pero si todo esto ya es de por sí inolvidable, hubo dos actos para los cuales se me acaban los adjetivos como amante de la música. El primero fue un ballet monumental, con música de Ryuichi Sakamoto. Trata de la barca nona, de Barcelona, aquella mítica nave que Hércules protegió desde sus columnas, que defienden a Europa y le abren el mundo entero. Paradigma del arte moderno, más de mil danzantes, que sé yo cuantos músicos y parafernalia, nos dejaron sentir la estética del hombre joven, que orgulloso reta al siglo XXI.

Al final vino la cumbre. Un preludio helénico, compuesto y dirigido por Michel Theodorakis y cantado por Agnes Balsa, llenó los espacios y colmó los espíritus para esperar que el flechador del cielo encendiera el pebetero de la esperanza. Entonces nos regalaron con el arte excelso de la ópera en las voces de sus mejores intérpretes de ahora, que son españoles. Montserrat Caballé, Teresa Berganza, Plácido Domingo, Josep Carreras, Alfredo Krauss, Jaume Aragall y Joan Pons brindaron un increíble popurrí con Verdi, Puccini, Bizet, Rossini, Massenet, Donizetti, Bohemia, Trovador, Aída, El Barbero de Sevilla, Rigoletto y que se yo cuanto más. Con decirles que la “Habanera” de Carmen la cantó Teresa Berganza, y todos los otros que mencioné eran el coro.

Cosa igual no se volverá a escuchar, por lo menos por mí.

Y para terminar, Beethoven. La oda a la alegría, con la voz blanca de un niño catalán desde la cumbre del estadio, el coro de Caballé, Berganza, Domingo, Carreras, Krauss y cientos de voces, miles de voces, unidos todos en una plegaria infinita de amor.

Salud por las Olimpiadas.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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