Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
Mis experiencias con las Carmina Burana
Martes 26 de Julio de 2016
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En mi entrega anterior, la del martes 19 de julio, dije de las Carmina Burana, en relación con el concierto en que las presentó la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem) cuatro días antes, con gran éxito de público. Expuse mis conceptos y opiniones de ellas y de la función que habíamos disfrutado. Hoy vuelvo con enfoques diferentes.

Carmina Burana (Canciones de Beuren), del músico alemán Carl Orff (1895-1982), es una obra única y trascendental por donde quiera que se analice. Su estreno en 1937 fue una tremenda sacudida al hombre occidental y moderno al enfrentarlo a la música medieval profana más antigua en un modo extremadamente moderno, pero respetuoso de los modos primarios de diez siglos antes: la monodia y el acento rítmico. Lo moderno consistía en la dinámica tan acentuada en el tiempo y en el volumen; esto último por la gigantesca orquestación y prescripción coral, cuyo único antecedente estaba en Mahler. También nos abrió los ojos, ante el contenido profano de música tan contraria al canto gregoriano de la Iglesia cristiana romana. Trata de las pasiones, que no de los pecados de los hombres libres de entonces: el gusto por los placeres de la naturaleza, el vino y el amor carnal, pero los coloca en un moderno concepto cíclico de la vida personal dominada por el incesante girar de la rueda del destino, la rueda de la fortuna; tan pronto arriba como abajo.

Cuando se escuchan por vez primera en una versión razonablemente grande y lucida se produce una sacudida emocional tan severa que se vuelve inolvidable, y cada vez que se ven anunciadas quiere uno repetirla. No es posible porque sólo hay una primera vez en la vida para todo, pero esa es indeleble.

Mi primera vez fue en la Ciudad de México, en el Palacio de Bellas Artes. No recuerdo el año pero debe de haber sido entre 1958 y 1959. Fue el estreno en México por la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por el maestro Luis Herrera de la Fuente. Tampoco recuerdo los coros ni los solistas, pero con mi madre y mi hermana salimos sacudidos del teatro. Se nos había abierto un nuevo mundo.

Después de esa ocasión he asistido a numerosas presentaciones de las Carmina burana. Referiré dos de ellas, cuyo recuerdo conservo fresco y hermoso. Para ello copiaré los fragmentos pertinentes de mis entregas periodísticas al respecto.

El 12 de enero de 1995, con motivo de la muerte de Eduardo Mata, dije:

“El arte teatral de Carl Orff lo vine a entender en una bellísima puesta en escena de las Carmina Burana que, en dos noches consecutivas, hizo Eduardo Mata en Guanajuato hace diez o doce años. La primera fue de fracaso musical; la segunda, de apoteosis. Es increíble cómo pudo cambiar toda una filosofía de la ejecución en una mañana de reensayo. Sólo el genio del ejecutante que, por el juicio del público, reencuentra al autor. Nada más”. Ahora agregaría: “Y nada menos”.

El 13 de febrero de 2001, refiriéndome a la velada que con las Carmina Burana había ofrecido la Osidem en el Teatro Ocampo cuatro días antes, escribí:

“La estrella de la noche fue Conchita Julián. Es toda una señora del canto y de la escena. La obra de Orff nunca se entenderá en forma cabal si no se concibe como arte escénico. Conchita Julián actuó toda la obra, aunque vocalmente sólo intervino en la tercera parte y en el “O fortuna” final. En las dos primeras partes, sentada, siguió siempre con gran sentido dramático el desarrollo de la obra. Pero cuando se levantó preparándose a cantar, tuvimos la imagen de una reina que, con lentitud y altivez, volteó la vista en todas las direcciones, para presentarse. Después cantó como tal, como reina del amor, transmitiendo, con la voz y con su imagen, el sentido de sus cantos amorosos. Algunos de ellos van con el coro de niños y entonces los dirigía, con el gesto dulce y el movimiento suave. Y los niños le respondían. Y volvía a cantar, sola o con los coros y el barítono, nunca eludiendo las dificultades y alcanzando niveles sublimes, como en el “Dulcissime”. El final es apoteótico con todos exaltando a la fortuna como emperatriz del mundo. Y ahí, en el acorde final, Conchita Julián se tomó la libertad, con la anuencia del director, de lanzar un gran agudo que no está prescrito por Orff, pero que afirmó su calidad de reina e hizo de una apoteosis final, un verdadero éxtasis.”
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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