Julio Santoyo Guerrero
¿Es que nuestros bosques morirán?
Lunes 25 de Julio de 2016
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La regularización de las plantaciones aguacateras aseguraría que nuestros bosques morirán a manos de la locura ecocida
La regularización de las plantaciones aguacateras aseguraría que nuestros bosques morirán a manos de la locura ecocida
(Foto: Archivo)

La expansión vertiginosa de la demanda del aguacate en el mercado chino está presionando para que se incremente la producción de esta fruta en nuestro país. Y es que la demanda ha venido creciendo anualmente hasta en un 300 por ciento a raíz de la apreciación que los consumidores de la clase media de ese país han venido haciendo de las propiedades nutricionales y gastronómicas de este fruto.

Podría ser ésta una muy buena noticia si en nuestro país, la regulación para las plantaciones aguacateras fuera tal que garantizara la preservación de los bosques y la vida silvestre, logrando preservar los niveles de captación de agua para la sobrevivencia de los ecosistemas y la subsistencia de las demás actividades vitales y productivas de los grupos humanos que habitan en el entorno de las mismas. Sin embargo no es así, la noticia genera zozobra y consternación porque esta exigencia del mercado chino elevará la temperatura de la fiebre aguacatera.

Esto significará que la febril actividad ilegal que algunos voraces empresarios realizan ordinariamente para deforestar predios y hacerles cambios de uso de suelo se incrementará al paso de los meses, acariciando la idea de ser los proveedores del mercado chino. Su lógica inmediatista del dinero no incluye los costos ecológicos ni la ruina ambiental de Michoacán, si acaso justifican su actuar con un axioma: a mayores plantaciones, más empleos, más ingresos, mejor economía. Lo demás tienen el cinismo de considerarlo como el costo justificable del "progreso".

El problema es que el Estado mexicano –sus instituciones, su sistema de leyes y de justicia– es evidentemente débil en la materia de preservación y equilibrio ecológico. Las leyes en la materia no obstante ser loables, no tienen pies, brazos ni dientes para hacerse valer. La pérdida anual de bosques en nuestro estado por las plantaciones aguacateras ha puesto en riesgo de extinción a diversas variedades de pinos, ha modificado los microclimas, ha extinguido distintas especies de animales endémicos, ha desequilibrado los hábitats y contaminado tierras y ríos, ha ocasionado enfermedades resultado de la aplicación de químicos y ha expulsado a la población agricultora a otros núcleos poblacionales y empleos.

La velocidad con que el ecocidio ha destruido el paisaje natural michoacano se incrementará al paso de los meses ante esta emergente realidad. La compulsión por la compra de terrenos forestales ubicados en las zonas consideradas aptas para el cultivo de aguacate verá un nuevo impulso. Grandes y poderosos capitalistas buscarán realizar su sueño de oro verde, y lo harán, como muchos lo vienen haciendo, a costa de los bosques, las aguas y los ecosistemas.

La única manera de detener este tsunami aguacatero irracional y arrasador es revitalizando las normas regulatorias y estableciendo un claro dique de protección a la fauna y flora michoacana vulnerables, realizando un inventario urgente de predios forestales vulnerables y que pueden ser objeto de la especulación y ser vendidos para desmontarlos y establecer plantaciones, generando un sistema de certificación de plantaciones aguacateras que asegure que no son resultado de la deforestación, del cambio de uso de suelo indebido y estableciendo vigilancia y prohibiciones precisas e imponiendo sanciones fuertes a los infractores, revirtiendo la deforestación y la aniquilación de ecosistemas. En el mercado se debe prohibir la compraventa de aguacate proveniente de plantaciones ecocidas. La manera de regular esta fiebre es logrando que la sociedad civil de cada población se involucre y levante la voz en defensa de la vida, el agua, los bosques y los ecosistemas michoacanos, gracias a los cuales está viviendo.

Si no lo hacemos, será un hecho que nuestros bosques morirán a manos de la locura ecocida, y con ellos también se irán nuestras esperanzas de vida. Nos debe quedar claro, parafraseando a Al Gore, que no hay tal disyuntiva entre economía y ecología porque sin el planeta no hay ninguna economía. Es decir, primero es el planeta, es la ecología el primer valor, y la economía debe subordinarse a este primer valor.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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