Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
Las Carmina Burana con la Osidem
Martes 19 de Julio de 2016
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Las Carmina Burana (Canciones de Beuren) son 190 canciones que fueron encontradas en 1803 en el monasterio benedictino de Beuren, en el sur de Alemania, de donde les viene su nombre. El manuscrito es una colección de piezas líricas, principalmente latinas, de fines del siglo XI hasta el siglo XIII. La mayoría de los poemas son profanos pero hay algunos religiosos.

Carl Orff (1895-1982) fue un músico alemán de la primera generación moderna. Fue autodidacta y en el estudio personal de Debussy, Schoenberg y Stravinsky encontró sus normas de conducta, que musicalmente están hechas de repeticiones masivas y de fuerza mágica. Su estilo, de perfil fuertemente rítmico al tiempo que monódico, conserva su centro de gravedad en la melodía. Orff no fue sólo un músico, fue un humanista que en alguno de sus textos poéticos dijo: "...no son los conflictos musicales los que me interesan, sino los espirituales".

En 1937 estrenó Carmina Burana, con textos y modo musical de los manuscritos originales. Los presenta en un ciclo de tres partes, enmarcadas por un llamado al destino. Cantan el encuentro del hombre con la naturaleza, con los placeres del vino y con los del amor, y reflejan sus vidas dominadas por el incesante girar de la rueda del destino. El sentimiento de impotencia ante el sino poderoso inicia y termina la obra. No es el destino individual o el drama de una persona, es el de la humanidad entera. Pero el personaje principal es el hombre sencillo, solo, que mientras la rueda de la fortuna gira, y en el instante universal que es el lapso de su vida, evoca el poder vivificante de la primavera, los efectos asfixiantes del amor, el gusto por el vino y las ilusiones de la embriaguez.

Todo esto son las Carmina Burana de Carl Orff. Drama del destino de la humanidad y simpleza de los hombres. Movimiento, cantos, sonido y encanto hechicero. Orff recrea cuadros mágicos que, con el ritmo obsesivo y la fascinación de su monodia, invocan ese éxtasis que sólo el drama de la antigüedad consiguió. Para ello prescribe una gran orquesta, particularmente rica en la sección de percusiones: tres metalófonos, xilófono, timbales grandes y chicos, tambores y dos grandes pianos además de las secciones completas modernas de cuerdas y alientos. Todo, a lograr un brillo y claridad que debe resaltar los contornos rítmicos.

De esto se encargó, el pasado viernes 15 de julio, en el Teatro Ocampo, la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem), bajo la dirección de su titular, el maestro Miguel Ángel García Ramírez. Estuvieron también el Coro de la Secretaría de Cultura, el Coro del Apostolado de la Cruz, el Coro de Niños de la Inmaculada Concepción y el Octeto Vocal de la Universidad Michoacana. La dirección coral estuvo a cargo del maestro Bernardo Bautista. Los solistas fueron la soprano Alejandrina Vázquez Ramírez y el bajo-barítono Pablo César Reyes Ramírez. Carl Orff prescribe además un tenor que no apareció en el concierto.

Ese viernes tuvimos una bella función, pero modesta. No hay grandes quejas de ella pero tampoco hubo mayores brillos. Y resultó modesta porque todos los recursos para ponerla son modestos. La Osidem es pequeña para lo prescrito por Orff, y aunque suena bien en general, no es excelsa de calidad. Los coros, que son el alma de esta obra porque se trata de canciones, lo hicieron muy bien, y creo que el coro de adultos fue una de las estrellas que brillaron esa noche.

De los solistas, Pablo César Reyes Ramírez anduvo en una medianía absoluta todo el concierto, sacrificando el lucimiento en aras de la seguridad. La obra tiene grandes cambios dinámicos en ritmo y en altura que son muy difíciles de hacer. Entonces, se mantuvo siempre en el término medio; ni subía ni bajaba lo prescrito. Y donde deslució plenamente fue cuando tomó la parte del tenor ausente. Es la parte que se llama “Olim lacus colueram”, que se refiere al delirium tremens de un borracho. Es endemoniadamente difícil pues exige que el cantante alcance, muy rápidamente, notas muy altas, que simplemente nunca alcanzó.

Alejandrina Vázquez Ramírez también pecó de modestia. Tiene una voz media de soprano lírica que también prefirió trabajar en la seguridad para no exponerse a desafinaciones, pero dejó sus partes líricas en gris, más que exultantes o amorosas. Sin embargo, su intención notable de mantener empatía con el sentir general de la obra es de aplaudir.

El concertador de todo esto fue el maestro Miguel Ángel García Ramírez. Es una gran labor concertar Carmina Burana, obra tan compleja como sorprendente y que requiere del concurso de elementos tan variados y que pocas veces trabajan juntos.

Miguel Ángel García lo hizo muy bien, con base en su conocimiento de la obra, el justipreciar los elementos con los que contaba y a un entusiasmo auténtico por ofrecernos una velada significativa. Pero la gran estrella de la noche fue Carmina Burana de Carl Orff.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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