Rafael Calderón
Elegía del Destino
El turno y la presencia: una introducción
Lunes 18 de Julio de 2016
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Morelia prácticamente se le atravesó a la poesía desde el momento de su fundación. A lo largo de su historia la poesía ocupa un lugar excepcional: unas veces nítidamente y otras con la discreción del canto que le han profesado algunos poetas que han llegado a la ciudad para quedarse o porque nacieron aquí o simplemente porque la han vivido con intensidad por sus edificios portentosos (la Catedral, por ejemplo) y sus plazas, jardines y avenidas. Una generación excepcional es esa que hay que ubicar como “clásicos del siglo XX”. Algunos de estos autores nacieron en Morelia y de ella alguna vez se fueron para ya no retornar y más bien por su poesía reconocieron el lugar primordial de la ciudad, otros nacieron fuera de ésta pero llegaron para quedarse y algunos formaron su trayectoria en el Colegio de San Nicolás, a donde llegan para estudiar humanidades o alguna carrera científica; otros más bien ingresaron al Seminario de Morelia y terminaron dedicando su vida al sacerdocio, pero siempre escribiendo poesía y ésta “ha vibrado ante Dios y los problemas espirituales, o mejor dicho, trascendentales”, como afirma Carlos González Salas.

O son poetas que están presentes a través de los que aquí nacieron y desde alguna parte del país apoyan ediciones de sus poemas sin que esto fuera motivo para un cambio de residencia. Es en gran medida lo que hicieron Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte a través de la revista Ábside, con las ediciones que permanentemente promovían. Como en efecto sucedió al publicarle poemas a Concha Urquiza, Manuel Ponce y Francisco Alday.

Hasta la ciudad de Morelia llega la revista Ábside, en sus páginas –por ejemplo– publican por primera vez a Ponce un ramillete de extraordinarios poemas y en ese sentido desde la capital mexicana escribe Alfonso Méndez Plancarte: “Allá en el año del 39, la revista Ábside de esta capital, lanzaba Ocho poemas inéditos de un estrenado lírico –oscuramente ignoto, a la sazón, pero llamado a esplendor muy alto– cuyas luces ‘querían quebrar albores’ desde Morelia”. Así iniciaba en 1950 su reconocimiento al poeta que nació en Tanhuato y lo declara “camino en creciente” de una poesía que es diáfana, poesía del alma y de Dios, como certeramente lo han hecho saber sus editores con el volumen que reúne todos sus libros poéticos, así como una muestra de poemas que permanecían dispersos en revistas al publicar por primera vez Poesía 1940-1984, acompañada con prólogo de Javier Sicilia y Jorge González de León que, coincidentemente, inician recordando la célebre antología que en 1980 publicó Gabriel Zaid y declaran que son unas páginas hermosas e “interesantes no sólo por el análisis que hacen del conflicto entre el rigor dogmático y la libertad poética, sino sobre todo por lo que nos revelan de la originalidad de Ponce: su rechazo al sentimentalismo vigente, su búsqueda por reconciliar la tradición religiosa y la sensibilidad moderna, su manera teofánica de experimentar el mundo y de plasmarlo en palabras que lo llevan a ser expresión de la presencia misma de Dios”.

Por su parte, Gabriel Méndez Plancarte estremeció desde la capital mexicana con la publicación póstumamente de los poemas de Concha Urquiza. Dando inició a la interrogante: ¿poetisa o poeta? Para sentenciar: “Me repugna llamarla ‘poetisa’, y si la academia me lo permitiera, preferiría mil veces llamarla, a secas, ‘poeta’, como se ha llamado con razón, a la montañosa y abrupta Gabriela Mistral. Por dos razones: porque en Concha Urquiza –como en la autora de Desolación y de Tala–, esplende, sin mengua de su exquisita feminidad, una poesía viril, o mejor, una poesía sin sexo, una poesía humana, y segundo, porque el nombre de ‘poetisa’ está tan desacreditado y profanado por la turbamulta de las aves de corral o de la ‘pléyade’ sudamericana, que en verdad me suena ya casi como un insulto”. Esto lo escribe al reunir Obras. Poemas y prosas (1946), y decir ahora que a partir de esa edición es la poeta más extraordinaria que haya nacido en la ciudad de Morelia y a ésta rinde homenaje con sus liras, sonetos y canciones.

Los Méndez Plancarte publican también a Francisco Alday, que se encuentra viviendo en Morelia desde edad muy temprana, primero como estudiante del Seminario y más tarde porque consagra su vida sacerdotal a las actividades que desempeña en la Catedral moreliana. Alfonso Junco lo presenta en 1937 por primera vez con un puñado de poemas en el periódico El Universal.

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