Julio Santoyo Guerrero
La sacrosanta corrupción
Lunes 20 de Junio de 2016
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Haber pospuesto la votación en torno a la Ley 3 de 3 en el Senado tenía el propósito de evitar que la negativa percepción electoral se agudizara y la derrota fuera mayor
Haber pospuesto la votación en torno a la Ley 3 de 3 en el Senado tenía el propósito de evitar que la negativa percepción electoral se agudizara y la derrota fuera mayor
(Foto: Cuartoscuro)

Es tan fuerte el ejercicio de la corrupción en nuestro país que, ¿por qué no?, puede y logra ganar en la Cámara de Senadores la votación para que la propuesta de Ley 3 de 3 no se haya aprobado en los términos que la sociedad exigía. La verdad es que no sorprende que haya ocurrido la derrota de dicha iniciativa porque a la gran mayoría de nuestra clase política le acomoda muy bien el juego mediante el cual se enriquecen a costa del erario público. Habría sorprendido, eso sí, que las élites del poder hubieran claudicado y permitido una ley que los frenara.

La derrota de lo mejor de la iniciativa de Ley 3 de 3 es la victoria de lo peor de la cultura política que practica nuestra partidocracia. Representa también la profundización del distanciamiento entre el partido del presidente Peña con la sociedad mexicana y es una sonora bofetada a los clamores cívicos que exigen frenar la rampante corrupción de servidores públicos. Imposible no pensar desde la sociedad que atrás del rechazo a lo mejor de la Ley 3 de 3 está el pánico a revivir casos escandalosos como el de la Casa Blanca de la pareja presidencial, la riqueza mal habida de Moreira, ex dirigente nacional del PRI; las fortunas “inexplicables” de líderes sindicales afectos al sistema, la “prosperidad” boyante de políticos “venidos a más” en la magia de un trienio o las cuentas bancarias en paraísos fiscales que suelen denunciar hackers incómodos.

En un acto instintivo, cuasi biológico, lo peor del sistema político mexicano generó una alerta rápida y se protegió sin calcular los costos políticos. Al fin de cuentas, qué son los costos políticos cuando lo que más importa es el sufrimiento por los costos económicos si por esa ley se pierde el acceso y control del poder, habrán valorado.

La reciente elección puso al desnudo una de las motivaciones de la derrota priista: el hartazgo por la corrupción. Haber pospuesto la votación en torno a la Ley 3 de 3 en el Senado tenía el propósito muy práctico de evitar que la negativa percepción electoral se agudizara y la derrota fuera mayor. Los resultados negativos de la elección fueron tomados por el priismo con desdén y para confirmar su vena insensible y retadora, a pesar de ello tumbaron lo mejor de la iniciativa. El priismo y los aliados que votaron por la versión light de la Ley 3 de 3 no tienen cara para sostener el discurso público de la anticorrupción y la transparencia. Y aunque puesto contra la pared el presidente Peña, que puede vetar con sus facultades dicha ley, lo más seguro es que no lo haga. ¿Quién nos asegura que no fue desde Los Pinos de donde salió la estrategia para descarrilar la iniciativa original? En los beneficiarios de la ley castrada está la explicación.

Las consecuencias negativas que ya está generando y seguirá generando la trunca Ley 3 de 3 aprobada profundizarán la crisis política del priismo, y la credibilidad social en éste y el presidente seguirán precipitándose. Y hay una razón evidente para entenderlo así: uno de los temas que más irrita a los mexicanos tiene que ver con la corrupción de su clase política. Las exigencias para poner un alto a dichas prácticas son tan recurrentes como el tema de la seguridad pública, pero son más preocupantes porque los ciudadanos comprenden que la corrupción es el sustento de la mayoría de los males que los agobian. Es decir, no es un tema para posponerse, ya no admite retrasos más que a costa de la indignación pública.

Pretender hacer creer que la gran batalla contra la corrupción la está dando el gobierno al encarcelar dirigentes magisteriales es francamente patético, esa es sólo la cortina de humo para encubrir la podredumbre que por siempre han protegido en las altas esferas del poder. Si fueran consecuentes, la Ley 3 de 3 habría salido íntegra para ir por todos los pillos que hoy se glorifican en el poder público utilizando la opacidad para apuntalar sus “honestas” carreras políticas.

Han ganado una importante batalla la sacrosanta corrupción y sus soldados en este país. Falta saber si la sociedad se queda en casa rumiando su impotencia o la transforma en acción opositora. ¡Ya veremos!

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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