Sábado 28 de Diciembre de 2019
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Rescato un artículo con varios años de antigüedad, otro sexenio, otros protagonistas, el mismo problema. Poco o nada ha cambiado, más bien parece empeorar

“La guerra contra el narcotráfico es, ciertamente, una batalla que si bien no se puede ganar, sí se puede perder; solo que perderla implica algo inaceptable… perder el país. Es en este contexto como debemos valorar el enfrentamiento entre las fuerzas federales y los carteles de la droga. Evidentemente no se trata de una guerra con las características convencionales, como lo fue la 2ª Guerra Mundial, con bandos identificables y áreas geográficas definidas. La guerra del narcotráfico no es así; las áreas geográficas tienen límites cambiantes, los enemigos de ninguna manera están bien identificados, es más, se puede sospechar que estos coexisten con las mismas estructuras que hipotéticamente les han declarado la guerra. Son personajes con los cuales la sociedad convive, y si acaso solo se tiene la incómoda sospecha de que algo no anda bien en el historial de nuestro ostentoso vecino, conocido, o determinado funcionario.

Para entender el calibre del problema recordemos lo enunciado por Marcos Kaplan, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y del Instituto Nacional de Ciencias Penales de la PGR, el cual enuncia varias categorías de personas al servicio de las mafias de la droga: Intelectuales, periodistas, profesionales en relaciones públicas y especialistas en ciencias sociales y ubica como integrantes básicos del narco a políticos, gobernantes, administradores, funcionarios, jueces, policías y militares.

Del poder económico del narcotráfico habla la experiencia de Colombia, donde los hermanos Rodríguez Orejuela crearon un verdadero imperio económico y de relaciones públicas que se inició con el Banco de los Trabajadores para posteriormente hacerse de grandes agencias de autos, cadenas de farmacias, hoteles, fraccionamientos de lujo y como remate una cadena radial nacional. No cuesta mucho trabajo trasladar el ejemplo de Colombia a México.

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(Foto: Especial)

La captura y muerte de conocidos delincuentes, como fue el caso de Arturo Beltrán Leyva y otros de la denominada "Familia Michoacán" han puesto en evidencia otra arista, el papel de la prensa. Llama la atención las contradictorias reacciones que un segmento la misma, un tabloide nacional “objetivo” no pudo ocultar su pesar por la muerte de Beltrán Leyva y utilizó a sus principales amanuenses para descalificar la lucha contra el narco sin importarle enlodar al Estado Mexicano con adjetivos tales como "brutalidad", "ilegalidad", "salvajismo institucional", "horror en tierra morelense", "Fuerzas armadas instrumento de exterminio" etc. Un importante columnista que ha transitado por diversos diarios no ocultó su indignación por que en este operativo no se avisó previamente a todas las instancias habidas y por haber, como si ignorara que eso es precisamente lo que hace fracasar los operativos.

Siempre se ha sospechado que existe una nómina de narcoperiodistas, pero que yo sepa, fuera de un intento del ya fallecido ex procurador Carpizo nunca se ha hecho pública; quizá entre otras razones, por la dificultad para documentarla. Los narcos no dan recibos foliados.

Michoacán vive actualmente una auténtica tragedia. Haciendo memoria no se recuerda un gobierno peor que los últimos dos que ha padecido el Estado; tendríamos que remontarnos hasta las épocas de Mendoza Pardo para encontrar algo parecido, pero de ninguna manera peor que el actual. Repasemos; amplias zonas de la geografía michoacana se encuentran actualmente, dígase lo que se diga, bajo el poder de la delincuencia organizada; el Estado de ninguna manera puede garantizar los requisitos mínimos de seguridad y servicios básicos para esas poblaciones; las increíblemente cínicas declaraciones de los funcionarios que, negando lo evidente, minimizan los problemas, solo irritan a una sociedad profundamente agraviada. Lo menos que se piensa de estas “autoridades” es que son incompetentes, o peor, que se encuentran involucradas.


Nuestra realidad: Cobro de cuotas, extorsión, amenazas, asesinatos, más todo un catálogo de ilegalidades que están dando al traste con la economía de Michoacán. El problema es grave, las ramificaciones de la delincuencia han alcanzado niveles que nunca se pensaron; las autoridades estatales no funcionan, la federación se ha mostrado tibia, errática y sin un plan definido”
Fin de la transcripción. Concluyo. Las cosas han empeorado; es cuestión de poco tiempo ser considerados como un “narcoestado”

¿Felices fiestas?

Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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