Estrellita M. Fuentes Nava
Nuestro peor verdugo
Viernes 20 de Diciembre de 2019
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Muchas veces nos cuestionamos acerca del origen de la violencia en la que nos encontramos inmersos: malas noticias por doquier, muertos, desaparecidos, violaciones, historias de terror como las dos que me conmocionaron la semana pasada acerca de una pequeña de 12 años que era objeto de violación tumultuaria en la India bajo el consentimiento de los padres, y otra de unos chicos que jugaron béisbol con un perro como pelota moliéndolo a palos.

Cuando era pequeña no toleraba este tipo de noticias y me deprimía tanto que me ponía a llorar sobre los periódicos mientras mis padres se alteraban y me regañaban. Mi mamá me decía que tenía corazón de pollo y que así no podría sobrevivir, y mi papá, que tenía que controlar mis emociones o si no ellas me dominaran a mí. Al final he tenido que aprender a hacer de tripas corazón y hasta hoy en día vivo en el mundo de las noticias, y aunque haya casos en los que sienta como un batazo en el estómago, pues es lo que hay.

Pero bueno, el punto es que me sigo preguntando cómo es que hay tanto odio, enojo, rencor y por ende la pandemia de violencia: todos nos quejamos, denunciamos, señalamos y decimos que está mal, y dejamos la tarea en manos de las autoridades; pero no nos volteamos a ver a nosotros mismos para descubrir nuestras propias sombras, y eso es una tarea muy íntima y personal.

Este año estuve trabajando con un sistema terapéutico denominado Pranic Healing (sanación pránica) desarrollado por el Maestro filipino Choa Kok Sui, el cual recomendaría ampliamente para todas aquellas personas que estén en la búsqueda de caminos para el trabajo emocional y espiritual. Y ha sido a través de nuestras largas charlas con mi maestro Javier Perdomo (a quien le estoy infinitamente agradecida por su acompañamiento y asistencia) como he descubierto nuevas aristas de la naturaleza humana que hasta ahora no había visto.

Un aspecto que me parece básico observar y trabajar tiene que ver con nuestro peor verdugo que somos nosotros mismo como reza el dicho, y es que si lo personificáramos veríamos que efectivamente llevamos por dentro a un verdugo que continuamente nos azota de tal manera por lo que hacemos mal, por nuestras decisiones equivocadas, por nuestras expectativas no alcanzadas, por nuestras fallas. Se trata de un sistema de maltrato psicológico sistemático el que nos hacemos a nosotros mismos y ello nos genera estrés, enojo, frustración, y hasta depresión. Y peor aún: ese mismo verdugo nos hace medir a los demás y casi obligarlos a que cumplan con nuestras expectativas so pena de demolerlos si no lo hacen. Nos hace enojarnos por lo que no nos dan, por lo que nos quitan, por lo que damos por sentado que va a suceder y que no sucede…

La realidad es que deberíamos tener una mirada más compasiva a nosotros mismos y hacia los demás y entender que somos como un navegante en una lanchita de papel en altamar, en medio de la obscuridad con un farito que sólo nos hace ver una parte de la realidad. Estamos asustados, perdidos, y no tenemos más guía que confiar en la inteligencia superior o en la vida para comprender que ésta nos guiará y nos llevará a buen puerto.

Por otra parte, en esa misma analogía del mar, hay oleadas que nos tumban y nos ahogan por lo que tratamos de salir a la superficie a tomar bocanadas de aire como se pueda. También tenemos que enfrentarnos a monstruos marinos que salen de las profundidades y que conforman las fuerzas inconscientes de nuestro sistema familiar que nos asustan y nos condicionan el rumbo. Y en medio de ese esfuerzo titánico todavía nos azotamos y nos gritoneamos a nosotros mismos: - ¡No lo hiciste bien! ¡Eres malo! ¡Tienes que esforzarte más! ¡Eres un inútil!...- ¿Y cuántas cosas más no nos diremos a nosotros mismos y a los demás?

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(Foto: Especial)

Esa crueldad y ese enojo que vemos alrededor en realidad es un reflejo de nuestro mundo interior. Por ello, ¿qué pasaría si tuviéramos una mirada más relajada y amorosa acerca de nosotros mismos? ¿Qué tal si cambiáramos ese diálogo interior y comenzáramos a reconocernos y a amarnos a nosotros mismos realmente? ¿Qué tal si bajáramos nuestras expectativas en el ser y tener? Quizás se reduciría el estrés y el enojo para poder también mirar al mundo e interactuar en él de una manera más amorosa y compasiva.

Pienso por ejemplo cuando nos enganchamos con alguien que nos hace enojar: le damos vueltas y vueltas al asunto, remasticamos el enojo; vemos a la persona y nos volvemos a enojar en una secuencia sin fin, hasta casi agarrarlo a golpes. Pero ¿qué tal si rompiéramos el ciclo desde el inicio simplemente soltando y entendiendo que el otro hace lo mejor que puede con lo que tiene? Así no remataríamos con el primero que se nos ponga enfrente.

Pero llegar a esos procesos mentales y emocionales requiere de paciencia, dedicación, mucho trabajo interior y sobre todo de guía y apoyo. Y eso se convierte en un área de oportunidad para pensar en nuestra política pública, porque cuando se habla de la necesidad de la salud mental no es un juego; ello podría convertirse en la piedra angular que lo cambie todo.

Me imagino por ejemplo un victimario que aniquila a sus víctimas, que lastima a un inocente, o que tortura. ¿Cuánta falta de amor, reconocimiento, perdón y paz le hace falta? Esos actos extremos son reflejo de seres en pena y en una obscuridad profunda, producto del abandono, del rechazo, de la crítica, del abuso, de la traición, de la negación. Y generalmente los despojamos de su esencia humana, anímica y espiritual, cuando en realidad son producto de eones de historia y cuyo ADN compartimos por igual.

Años atrás pasé también por la escuela Ishaya, y hubo una maestra que me dijo (y como lo han dicho muchos maestros en el camino) que lo más importante es cambiarnos a nosotros mismos para verdaderamente generar un cambio a nuestro alrededor. Y no es más que la verdad: cada que acallamos al verdugo interior y limpiamos los lentes con los que vemos el mundo, nuestra interacción en nuestro cotidiano cambia. En la medida que seamos cada uno de nosotros seres equilibrados, amorosos, que conquistemos nuestro equilibrio y paz y que no permitamos que nada ni nadie nos las arrebate, en esa medida la violencia a nuestro alrededor irá disminuyendo.

Personalmente hay muchas cosas que me enojan y me sacan de balance, pero es mi trabajo estar alerta en todo momento y procurar que esos episodios sean los menos posibles, que me duren poco y no engancharme. No soy ninguna chamana, ni maestra iluminada; soy solo una simple mortal que atiende sus luchas en el día a día y que seguramente hasta en el bien morir algo aprenderé acerca de la vida.

El odio y su expresión que vemos manifestados todos los días en realidad son un llamado a todos como sociedad para cerrar filas para sanar, y amarnos, apapacharnos, tolerarnos, aceptarnos, reconocernos, escucharnos, abrazarnos, besarnos, ayudarnos a superar entre todos nuestras heridas profundas del alma. Nos marca un tiempo de chambearle cada uno en lo individual para ponerle fin a tanta violencia. Por lo menos ese es mi propósito personal cada día…

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