Rafael Calderón
Porfirio Martínez Peñaloza (1916-2016)
Lunes 13 de Junio de 2016
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Un acercamiento: el año 2001 iniciaba Gabriel Zaid su “homenaje tardío” al ilustre michoacano Porfirio Martínez Peñaloza diciéndonos: “Fue un investigador literario y de las artes populares”. Nació en Morelia, el 24 de mayo de 1916. Murió en la Ciudad de México, el 26 de agosto de 1992. Contaba 76 años de vida y desde 1976 era miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Recordaba además que era “hijo de un boticario que leía”. Hizo estudios de Medicina y Letras en la Universidad Nacional. Como se sabe, fue investigador, profesor y funcionario cultural. Cofundador de Viñetas de Literatura Michoacana y Trivium –el otro acompañante es Alfonso Rubio y Rubio traductor de El cementerio marino. Es autor del clásico Algunos epígonos del modernismo y otra notas (1966), obra informativa para la historia literaria, y “la enriquece señalando omisiones y errores. Incluye interesantes trabajos –escribe Zaid--- sobre sonetos atípicos y sobre las antologías del soneto en México”. Lleva a manera de prólogo una carta de Jaime Torres Bodet.

Una copia de ésta se conserva en los archivos de Fimax Publicistas. Ramón Sánchez Reyna me proporcionó una copia y por su importancia documental y como mínimo homenaje y recordar así la obra y la labor de Martínez Peñaloza en el año de su centenario la reproduzco: “¡Cuánto agradezco su amabilidad en mostrarme los textos que va reunir en su libro próximo! Muchos de ellos, los conocía ya. Los había leído, con vivo interés, en periódicos, revistas o ediciones especiales, cuando –por vez primera– quiso usted darles publicidad. Otros –y no pocos– tienen para mí el encanto de lo inédito. En todos ellos lo encuentro a usted. Y lo encuentro a usted como es: serio, lúcido, penetrante, crítico siempre bien enterado y, por otra parte, humanísimo y comprensivo.

“Esto último no es frecuente. O se incurre en la plétora de adjetivos (que disminuye el elogio, al exagerarlo) o se busca en lo que se juzga lo que no puede precisamente ofrecernos, porque eso –cuanto pretendemos encontrar nosotros ahí– no es lo que el autor trató de manifestar para sus lectores.

“Sí, la condición primordial de todo crítico auténtico es la de saber comprender. Acaso no para recordar invariablemente según la frase clásica en Francia –tout comprendre, c´est tout pardonner–, sino para situar al hombre de letras en el ambiente en que trabajó, dentro de las circunstancias que configuraron su vida y que, de manera más o menos directa, influyeron sobre su obra.

“Lo mismo cuando alude usted a determinados textos de Luis G. Urbina (tan injustamente olvidado), que cuando examina la producción de algunos de mis ilustres contemporáneos, como Carlos Pellicer y José Gorostiza, o cuando pasea la mirada sobre esos casos excepcionales que llamamos Julio Ruelas y Ramón López Velarde, siempre procura usted mantenerse atento a sentir lo que cada uno de esos creadores quiso expresar; cuáles fueron sus límites que la existencia le impuso y cuáles –en ocasiones, mucho más significativos– los que su propio espíritu se fijó. No por temor a la libertad, sino porque, en arte, la libertad se demuestra fundamentalmente merced a la subordinación voluntaria a un orden preestablecido, con autonomía absoluta, por el artista.

“Me referí, en párrafos anteriores, a la acuciosidad con que se ha consagrado usted, para cada ensayo, a descubrir información de primera mano. Gran virtud ésta. Y virtud que, en el mundo vertiginoso de nuestros días, parece sólo episódica y anecdótica. Hace usted bien en no admitir tan falsa interpretación. Siempre que el crítico pueda, habrá de ir a la fuente de lo que estudia, sin detenerse en ajenos resúmenes, a veces infortunados. O por lo menos, muy incompletos.

“Debe estar usted satisfecho de sus tareas. Pienso, ahora, al revisar la noticia bibliográfica de su libro, en que han transcurrido 25 años desde la fecha en que dio a la estampa su primera publicación: Dos motivos de Navidad… En cinco lustros ha logrado usted no sólo crecer, sino madurar literariamente; dominar su instrumento crítico –lo que no es fácil– y ponerlo al servicio de una voluntad generosa, indulgente y clara, sin aridez y sin hiel. En semejante actitud, de simpatía cordial para todo lo que analiza, veo una enseñanza que beneficiará sin duda a los jóvenes”.

Parafraseando a Gabriel Zaid: este homenaje en el año de su centenario adopta desde Morelia su figura para recordarlo y reconstruir la tradición literaria de Michoacán.

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