Viernes 13 de Diciembre de 2019
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Recuerdo bien la casa con jardín y alberca que mis padres rentaban cuando mi hermano y yo éramos unos niños muy cerca del Mercado Independencia aquí en Morelia. La disfrutábamos muchísimo y más cuando teníamos la oportunidad de salir a la calle a jugar con los chicos de la cuadra. Éramos casi una veintena entre los mayores y los más pequeños pero nos juntaban y nos cuidaban entre todos por igual.

Nuestros padres se conocían: el médico que vivía al lado de la casa, la escuela de manejo, los abogados que vivían enfrente, una familia con muchachas jóvenes estudiantes que nos apoyaban como niñeras cuando mis padres tenían alguna cena o compromiso por la noche. Había la confianza para dejarnos con ellas porque sabían que nos cuidarían bien.

En una ocasión cuando mi hermano pequeño solía hacer su famoso acto de escape de la cuna abriendo los cajones de su roperito como si fuera una escalera, la vecina que tejía en su sillón frente a la ventana de su casa, salió corriendo hasta la calle para tocar la puerta y avisarle a mi mamá, evitando así que el niño se rodara gateando hasta la planta baja.

También recuerdo que en las clásicas películas mexicanas que vemos en blanco y negro (de las cuales soy fan) recuerdo cómo cuando inició el teléfono éste se encontraba con el tendero, y era el punto de reunión para que los vecinos estuvieran al día en el chisme de lo que ocurría en la colonia. Antes nos conocíamos todos, y ahora eso sucede cada vez menos.

Ya siendo adulta, cuando llegué a vivir a la Ciudad de México por un lado fue una suerte de alivio pasar como una perfecta desconocida y poder moverme por la ciudad con cierta libertad, pero con el paso de los años había ocasiones en los que sí me embargaba una sensación de soledad a pesar de tener parientes en la ciudad, dado que por las distancias no se les podía frecuentar tanto. Me tocaba cuidarme las gripas, enfermedades y hasta en una ocasión una neumonía yo sola como podía, a veces entrando y saliendo del hospital.

Ahora que estoy de nuevo en Morelia es una dinámica muy distinta: se enferma alguien y los vecinos y amigos salimos al encuentro; por lo menos una llamada telefónica y si te los encuentras al paso, un preguntar ¿cómo estás? Nuestro párroco por ejemplo (el Padre Alejandro) se sabe el nombre los feligreses, y a mi madre de 75 años le dice con cariño “Mireyita” por ser una de las voluntarias más activas.

Conozco a Susi Gallinar que es una empresaria humana y muy emprendedora que tiene su negocio cerca de mi casa y también a su familia; a Mayra Ortega talentosa con su cocina orgánica; a los chicos de la tiendita que son super chambeadores; a mi amiga Tere Campos quien es una mujer maravillosa y excelente mamá; a las hermanas De León Breceda Nori e Imelda, así como a su mamá Licha a quien admiro por su vitalidad, y de quienes sé la pena que les embarga por la partida en estos días de su querido Peque (un chihuahueño que se convirtió en un miembro más de la familia) y a quienes envío mis más sinceras condolencias. Igualmente todos estos años hemos convivido muy de cerca con los Villaseñor, los Rojas, los Calderón Hinojosa, los Abarca, los Tinajero, los Guzmán Fuentes, los Ochoa Arias, Arévalo Guízar, Sánchez Torres, Ruíz Vega, Chávez Farías…

Hay una suerte de pequeña comunidad en nuestra zona porque nos conocemos desde años atrás; y a los de mi generación nos conocieron como bebés y ahora ya como adultos. Y así en el cotidiano estamos al pendiente uno del otro; compartimos remedios caseros; nos encargamos las llaves o un vistazo a la casa si sale uno de la ciudad o de vacaciones. Podemos hacernos encargos y favores entre todos. Incluso tenemos un chat de seguridad que cubre ya varias manzanas, y en el que tenemos incluido al policía de la zona. Así, cuando vemos algo extraño lo denunciamos enseguida, o si ocurre una situación extrema como un robo, salimos todos a apoyar a la hora que sea. Somos vecinos y esa pequeña comunidad se ha perdido sobre todo en las grandes ciudades, siendo que es un mecanismo formidable para cuidarnos entre todos.

Regresando a mis inicios en la CDMX, al principio tuve la oportunidad de quedarme un tiempo con mis tíos abuelos en la zona de Coyoacán antes de lanzarme a la aventura de vivir independiente. Y fue curioso que en el famoso callejón del Aguacate, que era mi paso obligado todos los días para ir a la oficina, me encontraba con un vecino a quien saludaba aún sin conocerlo. Un día platicamos, nos hicimos buenos amigos y hasta le llevé las famosas corundas para que probara algo de la gastronomía michoacana. Mis tíos se sorprendieron porque llevaban años viviendo ahí viviendo en la cuadra, y no lo conocían ni a él ni a muchos de los vecinos. Para mí fue algo sorprendente descubrirlo y más siendo yo de provincia, habituada a otras formas.

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(Foto: Especial)

Ahora a la mayoría nos da miedo incluso saludar a los desconocidos, y comúnmente nos sentimos inseguros en las calles. Nuestros lazos que nos dotan del sentido de tribu o comunidad se han ido perdiendo por la doctrina del terror en la que nos tienen inmersos los delincuentes y el gobierno desbordado.

Quizás sería un buen momento entonces para empezar a reconocer la necesidad que tenemos hasta por supervivencia de generar vínculos con todos a nuestro alrededor, y salir también del caparazón para ser más generosos con nuestro tiempo y con nuestro actuar estando disponibles de manera más espontánea para quien lo necesite: comprar algo en el mercado para un vecino que se le dificulte salir, echarle un ojito a la casa sola cuando el de al lado sale todo el día, cuidar a los niños cuando los vemos en la calle, orientar a quien tenga duda, preguntar genuinamente acerca de la salud o de una pena. No podemos seguir inertes y en silencio; tenemos que cuidarnos entre todos.

Y en esa medida en la que refrendemos estos lazos de hermandad y de buena vecindad, quizás serán menos las bajas en este gran frente que es el tener que combatir a la delincuencia y navegar entre las olas de inseguridad que nos aquejan. Y es que si no confiamos ni en la policía, ¿entonces en quién? Por lo menos es un alivio saber que con la familia, un buen amigo y un buen vecino sí se puede contar ante una necesidad.

La realidad es que por más que se le invierta en policías y armas mientras no reconstruyamos nuestra red como sociedad y nos ocupemos todos de todos, pues no habrá nunca presupuestos suficientes. Así que, como en la época de las cavernas los niños, los ancianos y los enfermos eran cuidados y respetados por toda la tribu, sería bueno replicar esa práctica.

Y ya para el anecdotario la desventaja de saber todo de todos ante la vista de los vecinos, es que la vida de uno se vuelve pública y es motivo de cotilleo quizás, pero eso es lo de menos: la seguridad es lo primero. Aunque ya en el momento de un buen rato de chisme (que también hasta se disfruta) como diría una amiga - Vayámonos en orden: repasemos cuadra por cuadra-…

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