Sábado 11 de Junio de 2016

El machismo sigue vivo y en nuestra cotidianidad se cuela en las relaciones sociales como la humedad en las casas. Lydia Cacho.

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Pronto se cumplirá un año desde que Amnistía Internacional exigiera a la Secretaría de Gobernación activar la alerta de género en estados del país
Pronto se cumplirá un año desde que Amnistía Internacional exigiera a la Secretaría de Gobernación activar la alerta de género en estados del país
(Foto: Especial)

Pronto se cumplirá un año desde que Amnistía Internacional exigiera a la Secretaría de Gobernación activar la alerta de género en estados del país donde un alto número de asesinatos y desapariciones de mujeres se han venido sucediendo sin que exista una respuesta efectiva en la aplicación de la legislación para prevenir y castigar la violencia contra las mujeres. El organismo internacional considera que la importancia de esa declaratoria radica en que su activación permitirá a los gobiernos impulsar políticas públicas que den prioridad a la prevención de la violencia de género, revirtiendo patrones de comportamiento arraigados en las costumbres políticas y sociales del país y lograr una respuesta efectiva de diversas autoridades con la participación de la sociedad.

El feminicidio, opinan especialistas en el tema, “no es una simple acción, un gesto, una palabra que hay que censurar socialmente o comprobar jurídicamente: es, primariamente, una cultura, una forma de pensar y de interpretar la realidad, que se refiere a distintos niveles, pero todo conectado: los códigos publicitarios, la mentalidad común, las actitudes de los adultos, los deseos de algunos chicos y hasta los juegos de niños y niñas. Y también los medios electrónicos de comunicación (móviles, Internet, redes sociales, televisión)”. En resumen: son muchas cuestiones y actitudes cotidianas que consideramos “normales”, pero que invariablemente producen daño emocional, psicológico o físico a la mujer.

Actualmente, no sólo México se encuentra sumergido en la espiral de la violencia machista; este fenómeno “cultural” resulta el problema humanitario más grave del mundo. Los asesinatos de mujeres perpetrados por maridos, parejas (o ex maridos o ex parejas), concubinos, padres, hermanos, conocidos, amigos o por extraños, como los asesinatos de las mujeres jóvenes de Ciudad Juárez, o por clientes, como en el caso de crímenes contra sexoservidoras. De México a Estados Unidos, de Ciudad Juárez a Europa y el mundo, el fenómeno de la misoginia que lleva a hombres al asesinato de mujeres con toda la saña imaginable, hoy se reconoce con el nombre de feminicidio.

Precisamente, a partir de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua, es que se acuñó el término “feminicidio”, la palabra que define el odio criminal de hombres hacia las mujeres. Y fueron las valientes madres y familiares de las víctimas quienes lograron la tipificación.

Jurídica y el llamado a la conciencia sociocultural, promoviendo importantes cambios en la mentalidad general, aunque la violencia machista y patriarcal no ha sido erradicada ni combatida con auténtico ahínco.

Organismos como el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio o la Misión Internacional por el Acceso a la Justicia para las Mujeres han advertido lo preocupante que resulta en México que el gobierno federal y autoridades estatales se escuden en el combate al crimen organizado y a la militarización del país para “esconder” y no investigar los casos de feminicidios y desapariciones de mujeres que en la última década se han incrementado de manera alarmante.

A pesar de los discursos de gobernantes y funcionarios, para quienes el feminismo es comparable al machismo, los avances jurídicos logrados para alcanzar una auténtica equidad de género, se toman como simples eslóganes de campaña y luego como “relleno” dentro de sus políticas y planes de desarrollo (por lo general asistenciales). Viviendo y gobernando en la simulación, se niegan a concebir al auténtico feminismo que analiza y toma en cuenta para sus propuestas las relaciones económicas y sociales, políticas y culturales, con el poder, con el Estado, con los partidos políticos, con las instituciones nacionales e internacionales, además de analizar también lo que ningún partido ni sindicato tradicionales han hecho: las relaciones con nuestros padres y con nuestros hijos, tanto en la familia como fuera de ella, abordando cada uno de los temas mencionados en toda su integralidad. Esto es: con profundo sentido de humanidad.

Michoacán, como en tantos otros rubros, en materia de derechos humanos se encuentra también a la zaga a pesar de los buenos propósitos de algunos gobernantes que hasta nos han heredado cuerpos de seguridad infiltrados (cuya sola presencia es ya violenta), arcas municipales totalmente saqueadas y con adeudos y, sobre todo, una evidente impunidad. Y todavía nos encontramos en espera de que las políticas de equidad de género sean llevadas a la práctica, a pesar de que diversos organismos de derechos humanos han urgido a los representantes de la sociedad a tomar con la seriedad que amerita el caso, esta inclusión dentro de los programas de políticas públicas.

En Pátzcuaro, el regidor Édgar Pérez (PRD) ha mencionado en reciente entrevista (y a propósito del asesinato de dos jóvenes mujeres de la localidad) que “en siete meses de gobierno se han reportado al menos 400 casos de violencia hacia mujeres”, sin embargo, al interior del Cabildo no se ha logrado el acuerdo para solicitar al Congreso de la Unión y al Congreso del Estado que se decrete Alerta de Género en Michoacán.

“Los feminicidios se pueden prevenir, siempre y cuando el gobierno haga su trabajo”, han afirmado integrantes de la Organización Civil Humanas sin Violencia, quienes también plantearon en julio de 2015 al gobernador electo asumir el compromiso de diseñar una política pública para atender la problemática de violencia de género, en coordinación con la ciudadanía y organizaciones civiles.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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