Hugo Rangel Vargas
¿Por qué no le creo a Jesús Ortega?
Viernes 10 de Junio de 2016
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El dirigente de la corriente Nueva Izquierda, Jesús Ortega Martínez, ha sido artífice fundamental de dos determinaciones importantes que han cambiado el rumbo por el que ha transitado el Partido de la Revolución Democrática en los últimos años: la política de alianzas con el Partido Acción Nacional y la firma del Pacto por México.

Al margen de los resultados electorales que han venido tendencialmente a la baja para el PRD desde que Ortega asumió la dirigencia del mismo y los ulteriores líderes nacionales, distinguidos miembros de su corriente, y que han llevado a que la población gobernada por el aurinegro se haya reducido del 27 a catorce millones de 2008 a 2015, así como a tener la bancada más raquítica en la historia de dicho instituto político en el Congreso de la Unión con apenas 56 diputados; el desdibujamiento ideológico que ha tenido el PRD es evidente.

Si el balance fuera estrictamente pragmático para el Partido de la Revolución Democrática, los resultados en términos de conquista de votos –objetivo fundamental de cualquier partido político– están a la vista. Sin embargo, las consecuencias de las alianzas con Acción Nacional en elecciones locales y del Pacto por México, medidas también objetivamente, no resultan tampoco nada halagüeñas para el partido fundado hace 27 años.

De los tres gobernadores que accedieron al poder a través de la alianza PAN-PRD en las elecciones de 2010, el de Puebla, Rafael Moreno Valle, terminó plegándose a Acción Nacional, convirtiéndose en un operador político que facilitó el triunfo de ese partido en la contienda del 5 de junio pasado; el de Sinaloa, Mario López Valdez, no construyó un gobierno compartido con el PRD y se le veía más cómodo sosteniendo diálogo con altos jerarcas del PRI que con sus aliados; finalmente, el fracaso del gobernador de Oaxaca, Gabino Cúe, fue pronto evaluado en la elección intermedia de aquella entidad, cuando en 2013 la oposición apenas conquistó el triunfo en 37 municipios y 16 distritos electorales.

En 2016 los resultados del amasijo blanquiazul y aurinegro no han sido del todo favorecedores para este último partido. Del primer paquete de acuerdos planteado al seno del CEN del PRD en la alianza con el PAN, mismo que incluía Durango y Zacatecas, donde el candidato del primer estado sería propuesto por el PAN y el segundo por el PRD, la alianza gana Durango y pierde Zacatecas. Del segundo bloque, donde Acción Nacional propondría al candidato en Veracruz y el PRD al de Oaxaca, los aliancistas ganan el primero y pierden el segundo. En Quintana Roo, el candidato propuesto por Acción Nacional obtiene el triunfo.

Finalmente, las consecuencias del Pacto por México saltan a la vista. De la agenda de 95 compromisos derivados del mismo, el acuerdo mencionado perdió vigencia una vez que Enrique Peña Nieto logró concretar su agenda prioritaria de once reformas, entre ellas la Reforma Energética, golpe duro a las banderas históricas del PRD, partido cuya firma en el Pacto allanó el camino a ésta, muy a pesar de la oposición a la misma que presentó en el Congreso posteriormente.

La defensa mediática que ha presentado Ortega Martínez a la política de alianzas y al Pacto por México pareciera tener poco sustento, incluso en la misma lógica pragmática que él ha mostrado en su actuar político. Su habilidad negociadora, ahora devenida en apología a la continuidad de la línea política que se ha sostenido desde que él estuvo al frente del partido, ha dejado poco que desear en términos de resultados para el PRD.

Jesús Ortega pretende mantener la impostura del supuesto triunfo que ha significado para el PRD la política de alianzas con Acción Nacional con el único argumento que han servido para derrotar añejos cacicazgos priistas; sin embargo, en este trayecto el riesgo de la extinción de su partido parece latente. Quizá el diálogo que sostienen el ego y la obcecación en la mente del ex dirigente perredista sea la puerta que cierre el paso a su corriente en la ya cercana renovación de la dirigencia perredista.

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