Viernes 4 de Octubre de 2019
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Ya he escrito anteriormente otras columnas en las que me refiero al tema de la confianza, pero en verdad que siempre le encuentro nuevas aristas. Últimamente he estado volviendo a leer a Stephen M.R. Covey, quien en su libro “La velocidad de la confianza” incluso desarrolla una fórmula económica en torno a ella. Dice que cuando la confianza está presente, las transacciones económicas son mucho más rápidas, y que en el caso contrario, todo se vuelve más burocrático y por consecuencia caro.

Para ilustrarlo, el autor nos narra la transacción que hizo el empresario Warren Buffett, CEO de Berkshire Hathaway cuando adquirió la compañía McLane Distribución de Wal – Mart, una empresa de 23 millones de dólares. En un proceso normal ello hubiera tomado meses de negociaciones, y se habrían gastado millones de dólares en contadores, abogados y auditores para verificar que todo estuviera en orden. Pero en este caso las dos partes operaron en un clima de suma confianza por lo que la transacción sólo implicó una reunión de dos horas y un apretón de manos, para que un mes después se cerrara por completo el trato. Así de simple, así de sencillo. En un ambiente de confianza y de honorabilidad hubo ahorros de millones de dólares y todos contentos.

Para dibujarnos lo que ocurre en el caso contrario, Covey nos recuerda el ambiente que circundó los aeropuertos a raíz del 11-S, en donde se implementaron tales medidas de seguridad que los pasajeros tardaban horas para poder abordar un avión, lo que a la larga impactaba económicamente también por las pérdidas en el costo de oportunidad.
Aquí en el caso de México ineludiblemente podemos referirnos al marco legal que nos satura y que nos hace ser altamente inoperantes, lentos y que por consecuencia nos hace perder dinero: estamos “supuestamente” combatiendo la corrupción (digo supuestamente porque esa meta estamos muy lejos de lograrla); y en torno a ello generamos volúmenes y volúmenes de legislación que en la práctica solo nos confunden e imposibilita más, y por el contrario se sigue incentivando la corrupción ya que en aras de agilizar los procedimientos, una inmensa mayoría está buscando cómo sacarle la vuelta.

Entonces aquí la clave es la confianza, y esa no se legisla: se crea y se incentiva desde el corazón de las familias y de las comunidades.

Si analizamos a bote pronto a un político promedio hoy en día en este país, observaríamos que en lo que refiere a la integridad, usualmente nos venden una narrativa del bien común y austeridad, y en la práctica hacen gala de la ostentación.
Si analizamos a bote pronto a un político promedio hoy en día en este país, observaríamos que en lo que refiere a la integridad, usualmente nos venden una narrativa del bien común y austeridad, y en la práctica hacen gala de la ostentación.
(Foto: Especial)

Así por ejemplo, al interior de una familia hay ayuda solidaria y desinteresada (aunque haya algunas excepciones a veces, por lo que me refiero en términos generales). Si hay un enfermo, alguien desempleado, un niño que no tiene quien lo cuide mientras sus padres trabajan, etc., etc., salen los parientes en auxilio de ellos. Y existe ahí también la confianza como para compartir nuestras cosas íntimas y nuestras cuitas, o dejar a cargo un infante sabiendo que estará en buenas manos.

La confianza es un pegamento que nos mantiene unidos como sociedad y que nos permite salir de casa todos los días a sabiendas de que habrá cierto orden bajo el cual funcionen las cosas: confiamos en que las instituciones, las organizaciones, las personas harán su trabajo y ello permitirá continuar con nuestra dinámica como sociedad.

Pero ¿qué sucede cuando esa confianza se rompe o se desquebraja? Y es que todos los días vemos un rosario de quejas en los medios y en nuestros diálogos cotidianos, de que no confiamos ni en el gobierno, ni en las instituciones, ni en la policía, ni en los políticos. ¿Pero por qué?

Stephen Covey habla de que para inspirar confianza se requieren de cuatro atributos: integridad, intención, capacidad y resultados. La integridad tiene que ver con la congruencia entre lo que pienso, digo y hago. La intención, con la agenda personal: ¿persigo un interés egoísta o tengo un interés genuino en el otro? En lo que refiere a la capacidad, podremos ser personas confiables, pero no competentes para realizar determinadas tareas (un contador jamás podría realizar una cirugía). Y los resultados refieren más al historial que se ha construido, y que siempre sale a la luz pública.

Con base en estos atributos si analizamos a bote pronto a un político promedio hoy en día en este país observaríamos que en lo que refiere a la integridad, usualmente nos venden una narrativa del bien común y austeridad, y en la práctica hacen gala de la ostentación e incurren muchas de las veces en la corrupción; así que de congruencia, nada. La intención: pues la foto con los viejitos y las personas humildes no son realmente más que para vender una imagen de que de corazón les importan, cuando en realidad sólo los ven como votos potenciales. De la capacidad, bueno, de eso ni hablar: cuántas barrabasadas vemos por doquier. Y del historial, pues ahí tenemos a los diputados moches o a los de las ligas, y tan quitados de la pena como si nada.

Quizás eso nos dé luz sobre la raíz del enojo social: hay incongruencia, agendas desfasadas, baja efectividad, y resultados nulos. Y que me perdonen los del marketing político (que por cierto ya tuve una discusión con uno de ellos al esgrimir mi punto de vista en esto), pero hemos estado creando a puros líderes de papel. Se cobran millones por agencias publicitarias y consultores que les venden a los políticos la foto ideal, el manejo de redes, el color que les sienta bien, pero nadie se ha preocupado por trabajar los cimientos, el ser interior, los valores, y el corazón. De ahí que estemos tan decepcionados. Porque por ejemplo la intención (la agenda) de la que habla Covey esa siempre aflora y se hace evidente en los pequeños detalles: el reloj de marca de un candidato en un mitin en una colonia popular; el desdén con el que ese alguien trata a sus asistentes y les truena los dedos, aunque sonría para la foto; la falta de cultura cuando están ante un micrófono. Y eso no se puede maquillar: o se es o no se es.

Hace poco tiempo que traían en el debate mediático la desafortunada declaración de Pedro Salmerón, ex director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, acerca del asesinato de Don Eugenio Sada, empresario regiomontano, me llamó mucho la atención la biografía de Sada: un hombre frugal (a pesar de su cuantiosa fortuna), empresario exitoso y con visión, con un profundo amor hacia la familia, y que hizo mucha labor social. Y los principios que él enarbolaba como empresario, los aplicaba en su vida diaria: de ahí la integridad y la credibilidad ganada. Me imagino a alguien como Don Eugenio sentado haciendo negocios con suma facilidad gracias a la confianza que inspiraba.
Pienso que la confianza se enseña desde casa, y se construye a base de disciplina, respeto total hacia el otro y con suma integridad, a lo largo de toda una vida. Pero también hay que reconocer que hoy en día en un segundo se desbarata con tan solo una foto o un audio que circule en redes sociales. Por lo tanto hay que estar al alba, trabajando desde nuestro ser interior todos los días para convertirnos en seres humanos de excelencia. ¡No hay más! Si todos nos ocupáramos en eso, los políticos no tendrían que gastar millones en crearse una imagen, por lo que hasta gratis les saldrían sus campañas y ese dinero sí que se lo podría ahorrar el INE…

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