Martes 24 de Septiembre de 2019
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Hemos tenido que llegar hasta el punto en que hablar del futuro de la civilización supone una interrogante bien argumentada. La interacción que la humanidad ha establecido con el planeta, a partir de la vorágine económica que no termina de saciar el espíritu acumulador de riqueza usando a la ciencia y a la tecnología para su propósito y valiéndose de la política para justificar la depredación, está arribando a una etapa en donde lo que está en riesgo es la existencia de la civilización.

La creencia de que el planeta es infinitamente vasto y que puede reconstituirse de cualquier herida que le propine la codicia humana está en franca retirada, es ridículo recurrir a ella para disculpar la destrucción de la riqueza ecológica. No se puede ya ocultar el sol con un dedo, la extinción de glaciares, la desaparición de gigantescas áreas selváticas y boscosas, la extinción creciente de especies, la contaminación de mares, ríos y lagos, el calentamiento global, la alteración de los patrones climáticos, la polución ambiental, están ahí y son el efecto de la ausencia de previsión futura de la humanidad.

Nuestra civilización no se ocupó, más que aislada y circunstancialmente, de fincar y alimentar una cultura de responsabilidad sobre los seres biológicos que constituyen el ecosistema planetario. Antes bien alentó su subordinación, aprovechamiento y desdén amparada en una concepción del progreso y del desarrollo que nos ha acarreado consecuencias fatales.

Los gobiernos de todas las naciones, algunos más que otros, haciéndose eco de los intereses económicos que articulan la inmediatez del poder en sus sociedades diseñaron, y lo siguen haciendo, normas jurídicas que sustentan políticas públicas en las que la vida natural es reducida al concepto de materia prima para la generación de mercaderías que son traducidas en dinero. Muy pocas veces han encontrado y reconocido que estos valores culturales están orillando a la humanidad a una condición no sostenible que si no se revierte terminará liquidando a la humanidad.

La vorágine económica que no termina de saciar el espíritu acumulador de riqueza usando a la ciencia y a la tecnología para su propósito y valiéndose de la política para justificar la depredación, está arribando a una etapa en donde lo que está en riesgo
La vorágine económica que no termina de saciar el espíritu acumulador de riqueza usando a la ciencia y a la tecnología para su propósito y valiéndose de la política para justificar la depredación, está arribando a una etapa en donde lo que está en riesgo
(Foto: Especial)

El legitimo reclamo de los jóvenes del mundo a todos los gobiernos para que tomen medidas y den certeza a su futuro haciendo lo que deban hacer para parar y revertir el cambio climático apenas representa la primera voz global civil que se alza para acusar responsabilidades. La reflexión sobre la certeza del futuro, que es un problema cardinal para toda civilización, sólo se puede abordar desde el cuestionamiento ético de la responsabilidad de las generaciones actuales y previas que han gobernado al mundo y lo han orillado a la crisis en curso.

Es evidente, a los ojos de cualquiera, que lo que hasta ahora han hecho los gobiernos y los organismos globales para preservar el patrimonio universal biológico ha sido inocuo. Ni por asomo se han frenado los procesos de destrucción, es más al ritmo del crecimiento demográfico han crecido los agentes depredadores. La generación de conciencia ambiental ha sido marginal frente al arrasamiento de la conciencia que estima correcto y legítimo etiquetar a la naturaleza como objeto de saqueo, "aprovechamiento".

En consonancia con la cultura dominante en las naciones del mundo, que coloca al planeta como objeto de consumo, el gobierno mexicano ha mantenido una política fluctuante entre hacer muy poco a casi nada en materia medio ambiental a la vez que sostiene un discurso plagado de buenas intenciones y recursos miserables para realizarlas. Pero la política pública en curso representa el perfil más tenue que en materia ambiental han sostenido los gobiernos de los últimos 24 años. El desdén y la prepotencia para arruinar regiones y zonas que deben ser cuidadas es el signo más elocuente de que se ha pronunciado la cultura del saqueo en aras del "progreso". Como en los peores momentos del "neoliberalismo".

Los gobiernos del mundo y en particular el gobierno de México deben asumir la responsabilidad por el futuro de la civilización. Más allá de ideologías y reduccionismos que enmascaran la realidad, deben fijar su mirada en la cadena de eventos que están destruyendo al planeta y que nos han llevado al punto en que ya no hay tiempo ni espacio para dudar o hacer una pausa, en que no debe posponerse la tarea de cambiar con seriedad los valores civilizatorios contemporáneos que han sido, y son, causantes de la tragedia ambiental del siglo que vivimos. Ordenamientos legales, políticas públicas, propósitos educativos, valores familiares, vínculos sociales, deben ser revisados para poner en el centro de nuestra ocupación ordinaria el cuidado del planeta. Si no logramos la nuevos criterios para convivir con el planeta el futuro no existirá, y no existirá porque para entonces no habrá seres que piensen el problema.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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