Rafael Calderón
David Huerta y su concomitante fijeza lírica
Lunes 23 de Septiembre de 2019
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La lectura de poesía en estos tiempos es como en la antigüedad: está determinada por el gusto para una inmensa minoría, al celebrarla, se mantiene presente, registra el nombre de estos y aquellos autores. No creo que Virgilio, por más celebre, ni Horacio, por reconocido; gozaran de grandes masas de lectores, pero hay que alegrarnos, entre una inmensa minoría, tuvieron como lector un mecenas como Augusto y a su poesía la impulsó como ejemplo de la lectura; porque había que leerla con ese placer excepcional y conservar su presencia para ulteriores generaciones.

Este año, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances es para David Huerta, y lo que sigue, es una aproximación a su obra, porque la inmensa minoría de lectores de poesía para estos tiempos prevalece y en su caso, hay que afirmarla por el último verso de Cuaderno de noviembre: “es la tenacidad de la escritura”. Consciente que por lo menos es autor de dieciocho títulos de poesía, sus poemas abarcan alrededor de mil setenta y tantas páginas y lleva medio siglo revelando sus enigmas. Esto lo confirma entre los de su generación que, hasta ahora, aspiran a superar clásicos de la poesía castellana como Pablo Neruda, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez, Tomás Segovia, Juan Gelman; o visible el poder de influencia del volumen de la Obra poética de Octavio Paz por el orden de la unidad que impone estilo. Por lo mismo, David Huerta es autor de una obra que constituye por el ejemplo y rigor de aquellos y sigue escribiendo para alcanza paralelo con títulos como La realidad y el deseo de Luis Cernuda y Tarde o temprano de José Emilio Pacheco.

La construcción poética la convierte en un recorrido que confirma la unidad de sus aciertos como resumen apresurado: su aparición literaria la inaugura con poemas que por su estructura e intención, como es el título Jardín de luz, más bien normal pero cuatro años después sale a relucir una característica personal al publicar Cuaderno de noviembre: surge la tenacidad de la escritura, sin que sea lejano el primero título, confirma una escritura torrencial para valorar el resumen de la primera etapa de madurez; el otro momento sucede con el poema Incurable que inmediatamente evidencia que su vida está totalmente dedicada a la literatura.

Lo siguiente es ver con atención los diferentes ciclos de su recorrido poético, situar la primera salida de los títulos que configuran su escritura que, más tarde, consagra con la edición de los dos volúmenes de su poesía reunida bajo el título La mancha en el espejo, misma que salió hace un lustro y sigue vigente por la escritura de poemas sostenida con el ejemplo del itinerario que le permite llegar erguido e imponente a los 70 años. Su poesía marca una presencia generacional que desplaza o rompe imágenes y es el encuentro con la luz, el silencio relativo, sintetiza el trabajo literario y todo sucede bajo el fuego de la escritura.

Ya que David Huerta nació literariamente con el movimiento estudiantil del 68 y esa circunstancia determinó de alguna forma su condición de poeta. Es el punto de partida para destacar su estilo por el versículo largo y advirtiendo que es un autor que no deja de observar las formas clásicas. Ya sea porque la estudia o despeja dudas de su enorme erudición y en su poesía es, igualmente, una práctica.

Hay autores que uno los descubre por alguna antología y a David Huerta hay que reconocerlo, quizás, por La Rosa de los vientos. Los poemas incluidos ahí llevan a buscar su obra; esa antología, por el año de su salida, representa un acierto y Francisco Serrano reflexiona del espacio de la acción poética: desde entonces, registra su madurez poética –por lo mismo–, marca esta directriz para continuar leyéndolo. La segunda imagen que recuerdo y determina su presencia es por sus juicios críticos, en particular, el prólogo a la poesía de Efraín Huerta –su padre–, donde escribe no para condicionar la lectura, más bien, para ir a la obra y de un plumazo olvidar al hijo e ir al comentario sobre Huerta y reconocer la generación de éste y a autores como Octavio Paz y José Revueltas. En dicho prólogo impone claridad crítica y muestra juicios propios: pregunta, interroga, lanza posibles respuestas e invita a la lectura precisamente de la poesía del gran poeta Efraín Huerta.

Por esto David Huerta es parte de registros de esa amplia búsqueda: significa reconocer su condición de poeta y llevar a cabo el encuentro con su poesía y decir que esto sucede magistralmente por los títulos publicados.

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