Arturo Alejandro Bribiesca Gil
Morelos en las manos de Inghillieri
Viernes 13 de Septiembre de 2019

A mi padre con cariño.

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No le digan “El Caballito”. Cierto que en la Ciudad de México la gente le dice “El Caballito” a una escultura, pero esa es otra historia. Allá se trata de una estatua de bronce en honor al rey Carlos IV de España, diseñada por el escultor y arquitecto Manuel Tolsá. Pero es comprensible que a aquella estatua le digan “El Caballito”, pues ningún vínculo popular puede haber con aquél jinete monárquico. Acá en Morelia, es otra la historia de nuestra emblemática escultura.

Durante la época porfirista, en 1901, el gobernador michoacano Aristeo Mercado tomó la iniciativa de eregir una estatua ecueste en honor de don José María Morelos. Sería sufragada popularmente. Como aconteció.

En el concurso internacional participaron doce proyectos. Pero lo que son las cosas, el proyecto que quedó en segundo lugar es el que vemos desde la avenida Tata Vasco y el Acueducto. ¿Por qué? Pues se cuenta que no hubo acuerdo con el ganador del primer lugar, el artista italiano Guilio Tadolini, en el tema del presupuesto.

Este desacuerdo fue el que dio la oportunidad a Guiseppe Inghillieri, quien se ajustó a un presupuesto de cincuenta y seis mil pesos.

Inghillieri había nacido en Palermo en 1870; y murió en Roma en 1935. Además de la obra ecuestre moreliana, realizó un “Monumento a los caídos” que se halla en Lazio, así como una escultura de Cecco d'Ascoli, un poeta, médico y filósofo florentino de los siglos XIII y XIV.

Pero vamos a nuestro monumento. La inauguración tuvo lugar el dos de mayo de 1913. Don Aristeo Mercado para entonces ya había sido desplazado del poder con motivo del movimiento revolucionario iniciado en 1910, y el gobernador era el doctor Miguel Silva.

A diferencia del jinete monárquico de Tolsá de la Ciudad de México, en nuestra ciudad el jinete es Morelos. ¿Quién podría contradecir que su figura histórica es de las más cercanas al pueblo? Por eso allá es “El Caballito”, por omisión justificada del jinete. Y acá es en el dicho popular “El Caballito”, por otras razones.

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(Foto: TAVO)

Acá se le dice así por economía expresiva. Decirle así no cambia el sentido ideológico que el pueblo tiene de su héroe. ¿Qué pruebas hay para ello? Son varias.

Primero, recordemos que la ciudad cambió de nombre, de Valladolid a Morelia. El 12 de septiembre de 1828 el Congreso del Estado, siendo gobernador José Trinidad Salgado, aprobó esa muda de nombre. En segundo lugar, cada 30 de septiembre es la gran fiesta de Morelia.

Desde el punto de vista nominal, la ciudad lleva el nombre que resplandece como singular en la nomenclatura mexicana. Desde el punto de vista de las proporciones, el festejo por el natalicio de don José María, es la sustancia imperecedera de la conexión del pueblo con su querido cura.

Ya no hablemos de la numismática, de la filatelia, de los nombres de lugares, estado de la república mexicana, avenidas, calles, plazas, jardines, museos, aviones, satélites, estadio local, en donde está el nombre de Morelos.

Así que “El Caballito” es nuestro más querido monumento cívico. Cuya denominación no contradice el superior cariño de los michoacanos por ese jinete de la cátedra histórica sin par en nuestro México querido.

Tan solo veamos en el monumento estos rasgos de su vida. En el costado oriente encontramos un relieve alusivo al episodio beligerante de Cuautla, la ruptura del Sitio; por el costado poniente, la promulgación de la Constitución de Apatzingán de 1814. Las dos esculturas femeninas que le abrigan simbolizan a la Patria y a la Libertad. Morelos es, entonces, alegóricamente, padre y protector de ambas.

Si la gente en la Ciudad de México habla de su “Caballito” lo hace porque el jinete Carlos IV de España no los representa. Ellos adoran aquella escultura porque Tolsá logró una obra maestra. Los michoacanos hablamos de Morelos, el gran jinete, porque es nuesta fuerza ante las adversidades, como las que él venció para darnos Patria y Libertad. Entonces, hay de “caballitos” a “Caballitos”. Uno es un monumento artístico en exclusiva; el nuestro es de aquellos llamados de tipo humano, muy humano, que nos unifica.

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