Estrellita M. Fuentes Nava
Mi mascota, mi maestra
Viernes 6 de Septiembre de 2019
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Llevaba yo días observándola y me percataba de que algo estaba mal. La sentía en las noches muy inquieta y casi ni dormía la pobre. En la veterinaria no atinaban con el diagnóstico, y a los pocos días entró en estado de urgencia. Resultó ser piometria por no haber sido esterilizada. Estando en la plancha tuve que decidir qué hacer. Mi madre en el teléfono muy enérgica me dijo que ya la pusiera a dormir. La cirugía saldría bastante cara y no me garantizaban que sobreviviera por su avanzada edad. Mi perrita (una French Poodle) estaba tumbada en la plancha, casi en agonía. Se veía agotada, pero me miró fijamente y vi un chispazo en sus ojos que me hizo percibir sus ganas de vivir. Decidí darle una nueva oportunidad e hice el pago sin chistar.

Coqueta ahora tiene casi 16 años de edad, y hace dos años de ese episodio. Es la fecha en que no me arrepiento y ha sido la mejor inversión, el darle una nueva oportunidad…

En ese tiempo me encontraba trabajando en una jornada intensa y matadora: me levantaba a las cinco de la mañana todos los días, y llegaba a la estación de televisión a las seis de la mañana para estar en maquillaje y entrar al aire a las siete. Después trabajaba todo el día hasta en la noche en una oficina pública. Por eso a media mañana casi me dormía en el escritorio, y vivía a base de tres cafés expresos diarios. Sufría de migrañas constantes, y los fines de semana terminaba exhausta.

Decidí dejar el empleo aquel de oficina a razones personales, y pedí mi cambio de horario en la televisora aunque fuese con menos sueldo, pero sí ganando calidad de vida; así por fin recuperé mi salud. Ahora la rutina es muy distinta: yo me levanto a las siete de la mañana, y la Coqueta (sí se llama) a las nueve cuando huele el desayuno. Le gusta la carne sancochada, revuelta con sus croquetas miniatura (ya no tiene dientes) con glucosamina para sus adoloridas articulaciones.


Después me sirvo el café y me muevo al estudio para escribir mis apuntes y artículos, o enviar mis correos. Estoy frente a la computadora y ella en su cama durmiendo la primera siesta del día; sin embargo cuando más concentrada e inspirada me encuentro, ella se levanta y me mira con esa mirada de ternura, pidiéndome que la suba a mi regazo; así que tuve que aprender a cruzar las piernas apoyada en la silla para poder escribir en la computadora mientras ella duerme. Así son nuestras mañanas.

Coqueta ahora tiene casi 16 años de edad.
Coqueta ahora tiene casi 16 años de edad.
(Foto: Especial)

El tiempo en el que más hemos estrechado convivencia mi mascota y yo han sido estos últimos dos años en los que justo ha coincidido una etapa personal y profesional de cambios, pero ella ha sido mi fiel escudera. La muy hermosa me ama incondicionalmente sin importarle lo que diga la báscula acerca de mi peso, si tengo auto o no, si estoy maquillada o no, si estoy empleada o desempleada, si estoy de buenas o si estoy de malas. Ha sido más fiel y solidaria que algunas personas que yo conozco. Cuando los días han sido malos me recibe con una fiesta y alegría en casa, y si me nota triste simplemente se acurruca junto a mí en silencio.

También ahora ella me obliga a pasearla aunque yo no tenga humor, y debo ponerme los tenis y salir a caminar a la hora que sin saber leer las manecillas del reloj ella reconoce perfecto. Y de vez en cuando las dos nos troglodeamos un croissant recién horneado sin culpa alguna como recompensa.

Sin querer la Coqueta también me ha acompañado en mis aventuras de trabajo. En un tiempo estuve asesorando en una campaña política, y hubo un “perrotón” para promover al candidato. Hicimos juntas el recorrido. Lo malo fue que la mitad de la ruta lo hizo ella caminando y la otra mitad yo cargándola con sus cinco kilos y medio, lo cual fue bastante ejercicio para mí.

También ya participó en otra marcha para promover los derechos de los animales y exigir justicia para Masha, una perrita que murió cruelmente torturada y quemada en Morelia. Mi amiga Loredana me prestó una carreola para perro para que mi mascota pudiera hacer el recorrido sin problema pero no le gustó. Prefirió una cómoda mochila pegada a mí. Ahora tiene una invitación para presentarse en la televisora en un programa de rodeo que se ve en México y en Estados Unidos, pero aún lo estamos considerando (¡gracias Víctor!). Así que ya tiene su propio currículo…

Gracias a nuestras largas caminatas he aprendido su filosofía: descubrí que un ritmo para pasear es el que tenemos los humanos, ya que nuestro trazo es directo y lineal, y que en cambio los perros en cambio se detienen a olfatear cada cosa que encuentran y zigzagean. Ellos realmente disfrutan una caminata. Junto con Coqueta he aprendido también a observar: la textura de los árboles, lo distinto que son sus copas, los musgos que crecen sobre ellos, la variedad de pájaros para los que son su hogar. También me gusta observar a los chicos estudiantes de medicina con sus batas blancas, los niños de la mano de sus padres, los que hacen ejercicio, las parejas de novios, o los que están en solitario simplemente leyendo. Yo solía antes llevarme mi iPhone y los audífonos pero hace tiempo que dejé de hacerlo. Preferí mejor sumergirme en mis propios pensamientos, y enfocarme en el ritmo de la Coqueta que a mí me ha enseñado mucho. Va a un paso lento y disfruta; yo también. No tiene prisa… y yo tampoco.

El otro día caminábamos en nuestro parque habitual y unos perros que venían sueltos pero con sus dueños le salieron al paso y le ladraron enojados. Era un Chihuahua y otro de raza ecléctica. Mi mascota ni volteó a verlos: ella seguía disfrutando de los olores de la hierba fresca humedecida por la lluvia que había caído en la noche anterior. Seguía serena su paso, y disfrutaba. Los perros se cansaron de ladrarle y al final siguieron su camino: no se dieron cuenta de que la Coqueta ya está sorda…Eso me hizo pensar en los energúmenos que ladran mucho y que le salen a uno al paso. Simplemente hay que hacer oídos sordos y seguir disfrutando.

Ha consolado a niños que lloriquean en los brazos de sus madres en el área de hospitales del Bosque Cuauhtémoc, y ha robado más de una sonrisa de alegría en estos pequeños, dejándose acariciar con docilidad y saludando a lengüetazos de alegría. Esa disponibilidad para estar en auxilio del otro es una lección más inolvidable y conmovedora.

No sé cuántos años más me dure esta pequeña compañera, pero los que le queden trataré de disfrutarlos y aprender de ella al máximo, en su propio estilo único tipo Zen de disfrutar lo que nos salga al paso: un parque, un árbol, un arbusto, un niño, o un croissant… Todo lo que forma parte de la dulzura de la vida.

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