Rafael Calderón
León Felipe, intrépida metáfora
Lunes 6 de Junio de 2016
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Para comprender a cabalidad esa personalidad rara e imponente del poeta León Felipe en la tradición de la poesía española del siglo XX, lo mejor será ir a sus poemas y textos en prosa (conferencias, discursos, prólogos, etcétera) y mantener así la cordura ante una obra que conlleva un diálogo con el mismo poeta y sus poemas, pero que sea sin olvidar las traducciones que realizó y de forma especial Walt Whitman entre versos traducidos, prólogos y paráfrasis. Aun cuando hace años que en México muy pocos títulos de su poesía son accesibles y las pocas ediciones que circulan, puede que sean las que sirvan para responder estas interrogantes y contestar dudas que surgen cuando se lee por primera vez un poema suyo.

En primer lugar, el estudio de Margarita Murillo González (León Felipe, sentido religioso de su poesía), que merece una lectura cuidadosa y, con la poesía del poeta por delante, para dejarse guiar por toda esa identidad de lecturas y revisiones; otra es la edición el Bardo peregrino, que lleva prólogo de Electa Arenal y surge de colaboraciones de León Felipe para la revista Cuadernos Americanos. Y si la suerte es buena, habrá el que encuentra un ejemplar de ¡Oh, este viejo y roto violín!, de 1966, y coronar así toda esa lectura. Para estos días ya está disponible Poesías completas, que corrió bajo la responsabilidad de José Paulino (donde figuran todos los poemas, las traducciones, prólogos, conferencias y discursos y, por supuesto, yo cuento con un ejemplar que me fue obsequiado gentilmente por Osvaldo Ruiz Ramírez). Con todo esto hay que reconocer al poeta que ya es dueño de una rebeldía, pero también sentir y vivir la condición humana que hace muy presente en sus poemas.
El estudio de la michoacana Margarita Murillo González arroja luces de su propia configuración poética. El sentido religioso genera las respuestas ante las interrogantes para un poema, un título de su poesía o para toda una obra que en sentido estricto genera el hallazgo de esas imágenes o variantes que son también reiteraciones, giros o nuevas versiones que el poeta otorga a sus poemas en distintas épocas, ciclos o estaciones de su escritura.

Para llegar a una lectura así implica recordar que el poeta no llega temprano a la poesía. Raya casi 40 años cuando sale su primer libro bajo un título que repite para el segundo; aunque la escritura sigue e inmediatamente confirma su personalidad protagónica o si no fuera sí, cómo comprender Versos y oraciones de caminante. Es decir, Murillo González nutre nuestra curiosidad con temas como el sentido religioso y recuerda que el tema de la Biblia está presente a lo largo de toda su poesía; la nostalgia y la muerte en sí tiene que ver con él y ese personaje de bíblico llamado Job, para recordar: “Perezca el día en que nací/ y la noche en que se dijo: ha sido concebido un niño./ Conviértase ese día en tiniebla,/ no se cuide de él Dios desde el cielo…” y comprender por ese fragmento de la poesía bíblica que también tiene identidad con el propio poeta.

Es un poeta como pocos y hay que recordar con la intuición del verbo hecho palabra que en todo momento su poesía es parte del traje de sus versos, y por esto quiero creer que todo sucedió por esa forma tan maravillosa que tiene para tejer y destejer una personalidad que tiene voz o mejor dicho porque en sí es proteica: su habla es la de ayer, pero al juntar su poesía al lado de su nombre, nunca falta nada, salvo apellidos, pero acompañado por el silencio su condición de hombre. Es un poeta que descansa en la identidad de su nombre y por éste cada poema suyo es parte de esa construcción que agrupa en una sola identidad: su poesía para recordar que ésta fue la que dejó como testimonio de su vida dedicada por medio siglo a la escritura. Sus poemas son parte de una voz honda y valiente.

Es León Felipe una voz entre popular y testimonial y se nutre de esa esencia que viene de varios frentes, y cuando finalmente la voz lo confirma, ésta permite recordar la existencia de apellidos que se separan de su nombre: Camino Galicia. Por eso, en su poesía dio varios giros y hacia el final de su vida entre irónico afirma y pregunta: “¡Qué mal suena este violín!/ León Felipe, vas a tener que comparte otro violín…/ –¡A buena hora!... ¡A los 80 años!/ ¡No vale la pena! Con este mismo violín roto/ voy a tocar para mí mismo/ dentro de unos días ‘Las golondrinas’,/ esa canción ¡tan bonita!/ que los mexicanos cantan siempre/ a los que se van de viaje”.

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