Alma Gloria Chávez
Adultos mayores
Jueves 29 de Agosto de 2019
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Ignoro de dónde surgió el término “Adultos Mayores”, que se aplica a personas que hemos llegado a la etapa de senectud. Y cuando pienso en ello, no puedo menos que sonreír con cierta ironía al imaginar cómo denominarían esos personajes a mi padre, que “ya gasta” de los 98 años y se encuentra debilitado físicamente, pero en pleno uso de sus facultades mentales… “sobrellevando una serie de achaques” pero viviendo su día a día física y mentalmente activo, lo que me obliga a recordar lo que mi amiga Consuelo (hoy mayor de 80 años) me dijo en una ocasión: “Llegar a la senectud con buen ánimo, no resulta tan sencillo, sobre todo porque (como tantas cosas de la vida) no se nos enseña desde la infancia.

Estos días “de festejo” o conmemorativos en México, si bien nacen con el propósito de reflexionar en torno al tema en que se enmarcan, muchas veces se convierten en campañas publicitarias o en ocasión para que por todos los medios posibles, las instituciones encargadas de su atención (a la mujer, a niños o adolescentes, al medio ambiente, etcétera) se vuelquen en declaratorias, alabanzas y reflexiones (que no llegan a concretarse en prácticas o auténticos compromisos); y en el caso de los adultos mayores, en felicitaciones hacia una etapa ineludible en la vida de todo ser humano que, irónicamente, muchos funcionarios y políticos llegan a despreciar.

Ajenos al mensaje de las letras y las declaraciones, y sin ninguna cobertura de “protección”, se sabe que existen en el país alrededor de seis y medio millones de ancianos/as y según datos del Consejo Nacional de Población (Conapo), se estima que esta cantidad se viene incrementando a un ritmo de 3.5 por ciento anual. Pero por supuesto que estos datos y estas fechas no serán contabilizados por muchísimos ancianos en la monotonía de sus días, salvo aquellos que serán festejados oficialmente… y por no dejar.

VUELVEN LOS SAN FERMINES | TAVO
VUELVEN LOS SAN FERMINES | TAVO
(Foto: TAVO)

En México, los 60 años es la edad en que se inicia “oficialmente” la ancianidad. En Estados Unidos, se inicia a los 65. La esperanza máxima de vida para un anciano varón mexicano es de 67 años y para las mujeres 70; en tanto, en los países nórdicos, para ambos casos, pasa de los 75 años. Quince por ciento de los ancianos que se estima hay en nuestro país, se encuentran inválidos o padeciendo enfermedades crónico- degenerativas y una gran mayoría de ellos carece de hogar, atención y cuidados.

Curiosamente, el principal orgullo de las instituciones de salud en el país es el “incremento en la esperanza de vida”, aunque no mencionan qué se hace para mejorar la calidad de esa existencia o “tiempo extra de vida”. Por ejemplo, las mujeres que trabajan en el servicio doméstico o del hogar, y en el caso de los varones: los albañiles y los jornaleros, laboran toda su vida sin ningún tipo de protección social, con magros ingresos económicos y sin pensión alguna que les permita vivir dignamente.

A contraparte, en el campo, en comunidades indígenas y en algunos lugares de provincia, todavía podemos observar el respeto y las atenciones que se les brindan a las personas mayores, lo que les permite gozar de mejor salud mental y física. Cosa diferente sucede en las grandes ciudades, donde por lo regular todos los miembros de las familias tienen tan variadas ocupaciones y horarios tan apretados, que los abuelos y las abuelas llegan a resultar un verdadero estorbo (salvo si todavía se encuentran aptos para cuidar a los menores), por lo que no es raro encontrarles deambulando por las calles, plazas y jardines “para pasar el día y llegar a la casa sólo a dormir”.

En las ciudades el respeto se diluye, es tragado por las prisas, las nuevas formas de relación en la familia, el individualismo y el egoísmo. Pocos ancianos/as más afortunados/as, encuentran en los clubes de la tercera edad los sitios de reunión de sus iguales, para distraerse y convivir. No hemos sido capaces, como sociedad, de crear en cada colonia o fraccionamiento, en cada barrio, un sitio de encuentro y participación que nos permita reconstruir el malgastado “tejido social”.

La esperanza máxima de vida para un anciano varón mexicano es de 67 años y para las mujeres 70.
La esperanza máxima de vida para un anciano varón mexicano es de 67 años y para las mujeres 70.
(Foto: Especial)

La población senil en general, como lo atestiguan los frecuentes reportajes en los diarios y otros medios, se encuentra casi en el desamparo. “Ya no son productivos” –dicen, convencidas, las instituciones y empresas comerciales. En cuanto a la interrelación vejez-salud, el problema es también grave, pues apenas si en la Ciudad de México se han venido impulsando e implementando políticas adecuadas de tipo preventivo y en la gran mayoría de los Estados aún no existe interés ni voluntad política para hacerlo (sin proselitismo). La atención que se otorga a esta “especial etapa de la vida” todavía no resulta suficiente en cantidad ni en calidad, quienes en alto porcentaje se quejan de discriminación. Asimismo, son muy escasos los centros en donde se cuenta con personal capacitado para lidiar con las patologías propias de la senectud.

Sin duda resulta de suma urgencia e importancia, que en nuestro medio se delimiten programas especialmente diseñados para prevenir algunos males de la senilidad, así como para ofrecerles tratamiento y atención dignos. Indispensable además es la exigencia de desarrollar, entre los prestadores de servicios, cursos y programas permanentes de capacitación basados en un auténtico espíritu de humanidad. En Estados Unidos y países europeos, existen leyes que prohíben excluir a un solicitante de trabajo que sea anciano y sancionan a quien ejerza discriminación en su contra. En nuestro país, es difícil encontrar empleo después de los 40 años.

En la Ciudad de México, se ha creado una alianza de instituciones a favor de la tercera edad desde el año 1996. Sería provechoso que los gobiernos de todos los Estados atendieran algunas de las recomendaciones emanadas de esa alianza, en el entendido de que redundarán en beneficio de toda la sociedad. Ejemplo de esas recomendaciones: Generar una cultura de reciprocidad entre generaciones y de dignificación de esta etapa de vida en la sociedad. Incentivar programas de atención y promoción a la salud en poblaciones con evidentes condiciones de pobreza, con la finalidad de retardar la aparición de las consecuencias negativas de envejecer. Crear mecanismos que permitan una efectiva operacionalización de los objetivos de los planes y programas para que los beneficios lleguen en forma adecuada y oportuna a la población de la tercera edad. Mejorar los servicios asistenciales de la población en la tercera edad, con cuidados prolongados. Propiciar una congruencia entre la infraestructura de las instituciones y los requerimientos de la población asistida, entre otras.

Yo quiero pensar que las nuevas generaciones de funcionarios y burócratas ya están tomando en cuenta que también ellos/as llegarán a ser “adultos mayores” y que pueden lograrlo con mayor dignidad, asumiendo desde ya, un auténtico compromiso con cada acto de su vida.
Un abrazo para quienes han sido y son ejemplo de bien vivir.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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