Alma Gloria Chávez
Día Mundial del Medio Ambiente
Sábado 4 de Junio de 2016
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Hace más de una década, la revista Desarrollo Sustentable (hoy extinta) mencionaba en uno de sus interesantes artículos: “Seguramente una de las conductas que identificaban a las culturas más antiguas de la humanidad era el respeto hacia la naturaleza. Durante siglos, las tribus primitivas le rendían culto a la tierra, al mar, la lluvia, los ríos, el bosque y los lagos. La identificación del individuo con el entorno natural era parte de la cultura. Sin embargo, a medida que la humanidad fue creando los instrumentos que le permitieron elevar sus niveles de vida, creció la noción de que el progreso sólo sería posible venciendo a los elementos de la naturaleza, y que el desarrollo económico y la urbanización debían avanzar, aún en detrimento de los recursos naturales…”.

Después de décadas de industrialización, urbanización y depredación desmedida, hoy la humanidad se da cuenta del tremendo error que se comete al atentar contra el medio ambiente y todos los recursos que le sustentan, permitiendo nuestra existencia como especie. Y la perspectiva está cambiando poco a poco, sobre todo luego de enormes catástrofes que señalan la necedad de quienes con afanes ambiciosos provocan la muerte de flora, fauna y vidas humanas, obligado a promover, desde los mismos gobiernos, una conciencia ambiental creciente.

Este “cambio” de perspectiva se empezó a vislumbrar desde el año 1972, luego de que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en el marco de la Conferencia sobre el Medio Humano, celebrada en Estocolmo, Suecia, y con miras a hacer más profunda la conciencia universal de proteger y mejorar el medio en que vivimos, emitió su resolución número 2994, misma que llevó al establecimiento de un programa especial para el tema de vital importancia, designando la fecha del 5 de junio como Día Mundial del Medio Ambiente.

20 años después, en 1992, precisamente cuando los pueblos originarios de la tierra manifestaran su rechazo hacia los “festejos” del V Centenario del “descubrimiento” de nuestro continente y protestaban contra la depredación, el despojo y el saqueo de sus recursos naturales, fue que la Asamblea General del organismo promotor convocó a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, ocasión en que los gobiernos se reunieron con el objeto de adoptar las decisiones necesarias para llevar a cabo los resolutivos de la Conferencia de Estocolmo y asumir el compromiso de alcanzar un equilibrio viable y equitativo entre el medio ambiente y el desarrollo, así como un futuro sostenible para la Tierra y los seres vivos que en ella habitamos.

Cumbre de la Tierra se llamó a esta conferencia que tantas expectativas suscitó, participando en ella alrededor de 100 jefes de Estado y miles de delegados, así como también miles de representantes de organizaciones sociales y civiles (indígenas y no indígenas) que abordaron los temas centrales de la Cumbre, proponiendo la articulación de los procesos de desarrollo con la conservación del planeta.

Corrientes muy heterogéneas confluyeron en junio de 1992 en Río de Janeiro, Brasil, país sede de la Cumbre, donde se ilustró la complejidad a la que se enfrenta la lucha ecologista y la distancia existente entre el discurso ambientalista (casi siempre gubernamental) y las medidas “prácticas” que implantan los gobiernos expertos en “discursitis” y carentes de ética.
A partir de esa primera Cumbre de la Tierra, lo que ha quedado muy claro es que existe el “racismo ambiental” (como lo define el economista Joan Martínez Alier) y que cada día crecen más los conflictos en la materia, porque los pobres que habitan los territorios más fértiles o sagrados, sin poder político y económico, defienden los sitios que habitan, ante la permanente expansión de la industria que busca apropiarse de los recursos naturales, de urbanizar zonas de alto riesgo, de crear consorcios comerciales o autopistas y aeropuertos, o depositar desechos en los territorios de pueblos indígenas o rurales.

De reciente factura, la Carta de la Tierra (año 2000), en cuyo proceso participaron miles de individuos y cientos de organizaciones provenientes de todas las regiones del mundo, de diferentes culturas y de diferentes sectores de la sociedad, se ha venido dando a conocer (aún sin el apoyo de gobiernos) con la misión de “establecer una base ética sólida para la sociedad civil emergente y ayudar en la construcción de un mundo sostenible, de respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz”. Y por supuesto que hasta para un documento y una propuesta absolutamente pacifista existen obstáculos, como lo hemos percibido en los últimos tres lustros de indiferencia gubernamental (por lo menos en este municipio lacustre y en esta entidad federativa).

Algo que también nos queda muy claro, hablando del medio ambiente, es que la gente “pobre”, en cualquier punto del planeta, siempre defenderá la conservación de la naturaleza porque la necesita para vivir (afortunadamente, dicen algunos “urbanistas”, nosotros tenemos las grandes tiendas trasnacionales que hasta frutas y verduras nos venden). Muchas veces la gente de medios urbanos llegamos a olvidar que cuando el medio ambiente es perjudicado por la extracción o sobreexplotación de recursos, o porque las industrias vierten los residuos tóxicos que desechan, no sólo la gente del campo se ve afectada. Sus protestas deberían ser también nuestras.

Seguramente algo importante surgido de las “cumbres” y conferencias por el medio ambiente sea que casi todos los países que han participado en ellas han incorporado criterios ambientales a sus políticas económicas y a sus prácticas productivas. De ahí que por lo menos en los discursos se hable de “desarrollo sostenible”. Pero es sin duda la sociedad consciente la que deberá mantenerse atenta al cumplimiento de los compromisos que sus gobiernos han adquirido en cuanto a protección del medio ambiente.

Después de décadas de industrialización, urbanización y depredación desmedida, hoy la humanidad se da cuenta del tremendo error que se comete al atentar contra el medio ambiente
Después de décadas de industrialización, urbanización y depredación desmedida, hoy la humanidad se da cuenta del tremendo error que se comete al atentar contra el medio ambiente
(Foto: Especial)

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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