Alma Gloria Chávez
Madurez emocional
Jueves 25 de Julio de 2019
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Mujeres que hemos encaminado nuestros pasos por el camino de la autodependencia, la autonomía y la democracia, identificándonos -o no- con movimientos sociales diversos, trabajamos, casi siempre, muy cercanas a situaciones conflictivas, lo que nos permite darnos cuenta de cómo se ha ido modificando nuestra manera de interpretar al mundo y, particularmente, en relación con el fenómeno de la violencia. Frecuentemente nos encontramos en contacto con el dolor, al leer o escuchar relatos tan estremecedores, que en ocasiones llegan también a vulnerarnos.

Afortunadamente, quienes hemos decidido integrarnos a los pequeños grupos de mujeres (y varones) que voluntariamente hemos adoptado la participación ciudadana como una práctica democrática y cotidiana, contamos con la posibilidad de ayudarnos solidariamente, tanto a detectar cuando existe alguna situación de vulneralibidad, cansancio o agobio por parte de alguna de nosotras, como de apoyarnos para tomarnos el tiempo y las medidas que sean necesarias para fortalecernos y continuar de mejor manera con las actividades propuestas y aceptadas.

Hemos entendido que el buscar ayuda y sanar cualquier herida del pasado, o resolver una situación presente, no sólo nos beneficia directamente, sino que trae como resultado un cambio positivo en nuestra tarea de ayudar. También reconocemos nuestra responsabilidad de tener una vida privada satisfactoria y gratificante. Y nos concedemos lo que deseamos y necesitamos; buscamos ayuda en los/as demás y permitimos que ellos/as nos echen una mano.

Conocemos historias de mujeres muy valiosas y valientes que después de algunos años de atender casos de violencia familiar (ofreciendo terapias a víctimas y familiares), escuchando historias de terror, humillación y dolor, sufren algunos cambios en su salud: se empiezan a sentir cansadas, sufren de contracturas musculares o se resfrían frecuentemente. Incluso llegan a ser invadidas por sentimientos de tristeza, desesperanza o frustración. El trauma puede ser contagioso y si no se atiende, puede consumir la vitalidad de la persona y de seres queridos o cercanos.

Algunas de esas mujeres que se niegan a compartir sus sentimientos, o a pedir ayuda, se niegan también la posibilidad de encontrar apoyo en personas experimentadas y sensibles, perdiendo una oportunidad de crecimiento personal y profesional; olvidando que “todas/os aprendemos de todas/os y que entre todas/os nos hacemos fuertes”.

Nuestros sentimientos son parte de la naturaleza humana y constituyen un sistema natural de información de nuestro mundo interno y la realidad que nos rodea.
Nuestros sentimientos son parte de la naturaleza humana y constituyen un sistema natural de información de nuestro mundo interno y la realidad que nos rodea.
(Foto: Especial)

Las experiencias que debemos tomar en cuenta para el autocuidado, quienes trabajamos con la problemática de conflictos y violencia, incluyen las que representan un peligro inminente para nuestra integridad física, pero también aquellos eventos pasados que aunque no sean una amenaza para la vida presente, sí atentan contra el bienestar personal y la calidad de nuestro trabajo. Si tenemos una historia de abuso de cualquier tipo, sabemos que merece ser trabajada y orientada con el fin de dirigir nuestra vida sin culpa, vergüenza o temor.

En nuestra cultura se nos ha enseñado que los sentimientos pueden resultar negativos y peligrosos (y todavía más, expresarlos); que debemos “controlarlos” con el propósito de ser racionales y lógicos. Esta enseñanza ha contribuido con la enorme dificultad que tenemos las personas para reconocer e identificar nuestras propias emociones. Nuestros sentimientos son parte de la naturaleza humana y constituyen un sistema natural de información de nuestro mundo interno y la realidad que nos rodea.

Por ejemplo, el dolor nos alerta del peligro; el amor nos conecta con nosotras/os mismas/os y con las/os demás; la ternura nos lleva a la protección de los seres vulnerables, y el enojo nos confronta con la injusticia. Sin embargo, nuestras ideas o “mapas mentales” aprendidos socialmente, pueden llevarnos a interpretaciones confusas o distorsionadas acerca de nuestras emociones y de las maneras correctas o incorrectas de expresarlas.

Ahora sabemos que al negar nuestros sentimientos nos alejamos de nuestro propio ser, ya que cuando no aceptamos que ellos son parte de la naturaleza humana, fijamos nuestra meta en un ser distinto, no humano. Y cuando dejamos de estar en contacto con nuestros sentimientos, o bien, cuando no los aceptamos como una expresión sólida de experiencia, empezamos también a carecer de palabras para describirlos. Y al volver la espalda a nuestra naturaleza, nos convertimos en seres frágiles… vulnerables.

Cuando una persona que ayuda a otras ha experimentado algún abuso devastador sin haberlo trabajado, puede sentirse abrumada y paralizada al escuchar el testimonio de alguna víctima, y al encontrarse incapaz de responder a su propio problema, no puede ayudar eficientemente a otra. Los problemas no resueltos pueden ser, por lo tanto, una fuente de dificultad para responder a las necesidades de otros seres humanos.

Por lo general, cuando alguien que ayuda se encuentra la suficientemente preparada (emocionalmente hablando), descubre y ayuda a clarificar que en un conflicto o en una situación de violencia, no existe víctima ni victimario, sino dos o más personas con enormes necesidades de expresar emociones.

Somos las mujeres quienes mayoritariamente entendemos lo necesario que resulta ponernos en contacto con nuestros sentimientos para alcanzar madurez emocional. Es preciso mirar constantemente hacia nuestro interior y validar cualquier emoción que estemos experimentando en el momento, impidiendo, de manera consciente, se desborde. Es preciso transformar nuestras emociones en palabras; buscar las frases más adecuadas para expresar nuestros distintos estados de ánimo. No hacerlo, nos puede conducir al dolor, a la tristeza, al miedo o al enojo… y a la enfermedad.

Jean Shinoda Bolen, doctora en medicina, analista junguiana y maestra en psiquiatría, opina: “Si eres una mujer (u hombre) que ha disfrutado de la vida y a quien su consabida carga personal de sufrimiento humano no ha conseguido amargarte, con toda probabilidad te convertirás en una persona sabia y experimentada que apreciará el cada día”.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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