Rafael Calderón
Elegía del Destino
Leer al poeta Rubén Darío
Lunes 22 de Febrero de 2016
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Las Poesías completas de Rubén Darío las publicó por primera vez Alfonso Méndez Plancarte hacia el año de 1952. Reúne todos los poemas ubicados hasta entonces y así le consagra desde México la cúspide del reconocimiento nunca antes lograda. Esto lo logró por su condición de editor prodigioso: ya había dado a conocer en tres volúmenes la poesía novohispana y tenía en proceso la edición moderna de las obras de Sor Juana.

Además, es un lector excepcional de la poesía de Salvador Díaz Mirón. Sin olvidar que había publicado su traducción de Horacio, para recordar que este ejemplo influyó en Rubén Bonifaz Nuño, que terminó dedicándole su traducción de Epodos, odas y Carmen secular, como grato reconocimiento a sus XL odas selectas que había dado a conocer en 1940 como inicio de su labor literaria.

La edición de la poesía de Rubén Darío tiene por lo mismo un acierto doble: por sí sola es una compilación que encierra hallazgos con la inclusión de nuevos poemas y permite una lectura renovada para conocer mejor al “padre y maestro mágico, liróforo celeste” de la lengua castellana. Las Poesías completas que finalmente nunca lo serán si resultan ser una edición única, tienen su acierto en la reunión de todos los poemas conocidos y la convierte en una edición moderna, asequible y limpia. Nadie antes había recogido todo aquel material ni se había ocupado de los homenajes en su honor que compiló como guirnaldas de elogios con el nombre “Los fúnebres ramos”, “Intermezzo ante mortem” y “De las corolas pósteras” como gran ejemplo de claridad casta de la sílaba que lo descubre.

Deja testimonio de esa memoria que ronda su muerte en el terreno de su poesía propia y recordar que otros ya habían intentado reunir como presencia que revela su lugar de primera fila. Lo vio con perspectiva histórica y quizás esta sea la falla ya que agrupa cronológicamente los poemas para llevar al lector a reconocer la evolución de su estilo y así dejar visible el testimonio de lo que vivió entre sus primeras poesías y lo que escribió hasta llegar al fatídico año de 1916. Todo lo encierra como ejemplo cronológico. Esto lo logra solamente quien tiene la disciplina de la lectura de poesía y en este género es un lector excepcional y lo demostró con la poesía novohispana, la investigación erudita de las Obras de Sor Juana, que acerca al lector con confianza; tuvo el tino de hablar con erudición de las anteriores obras de Darío y llevar por su cuenta un aire renovador y aplicar un estilo elegante como ir a la fuente bibliográfica y ponerla ante los ojos del nuevo lector y así prometer llegar a una mejor lectura.

Le otorgó nombre de perdurabilidad a los poemas dispersos: abarca la etapa temprana, le siguen distintos títulos de su poesía, como Azul y Prosas profanas y llega hasta los títulos consagratorios. Pero acumulando una cantidad de datos y giros para reconocer a cabalidad la evolución de los cambios y ubicar incluso omisiones posteriores que lleva a la práctica su autor; una parte de los poemas iniciales los llama La iniciación melódica (poesías dispersas hasta el viaje a Chile: 1880-1886) para oír tempranamente rumores, ecos del dolor y del olor de las flores y de esa dulce alegría de su vida juvenil; hasta sentir propiamente aquellos títulos que son la huella de su escritura y el registro mayor de la voz definitiva que se encuentran su obra y que con el tiempo ocupan una revisión distinta. Como recordar lo que: “Esta obra –la reunión de las poesías completas– no es tan sólo del que la firma. Además de imprimirse –como es noble y hermosa– en la Madre Patria, han confluido aquí, con sus empeños viejos o nuevos, las más dispersas gentes de España y de América: peninsulares, como González Blanco y Díez-Canedo; argentinos, como Ghiraldo y Duffau; chilenos, como Salvador Molina, Silva Castro y Donoso; centroamericanos, como Sequeira, Mejía Sánchez; cubanos, como Boti; dominicanos, como Max Henríquez Ureña; y hasta de “la otra América”, como Mapes, sin olvidar la mano mejicana a la que cumple la honra jubilosa de cerrar esta última clave… Justa ofrenda coral de toda la Ancha Castilla, al que –líricamente renovado la identidad del antiguo Imperio– ha sido el nuevo ‘Rey de las Dos Españas’… Y que se nos perdone la complacencia –al fecharla en Méjico– de sentir al Poeta un poco nuestro paisano, no sólo en la unidad de la Gente Hispánica, sino en la más obscura intimidad de las raíces pre-colombinas”.

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