Alma Gloria Chávez
Árbol, bosque, vida
Jueves 4 de Julio de 2019
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Reforestar, es necesario; cuidar es importante… cultivar resulta esencial. Y en mi modesta apreciación, si las tres actividades no cuentan con el respaldo de autoridades sensibles y verdaderamente comprometidas, cualquier esfuerzo colectivo o individual deviene en fracaso y desesperanza, cuando la voracidad y la ambición de personas sin escrúpulos destruyen lo que no son capaces de crear.

Lo anterior viene a colación, luego de analizar varias notas periodísticas que dan cuenta de diversas acciones emprendidas en varios municipios del Estado, que manejan como “un logro” la reforestación anual que por lo general se realiza (desde que tengo memoria) en esta temporada de inicio de lluvias y que resultaba una actividad casi natural entre la población. Yo recuerdo que mi padre hablaba cómo en su época juvenil, escolares y pobladores eran acompañados por los jóvenes que realizaban su servicio militar para acudir a cerros y predios del municipio llevando los árboles jóvenes que darían vida a los bosques, y los militares acuartelados entonces en el lugar, acudían a lugares más alejados para hacer lo propio.

Y no es que deje de reconocer los esfuerzos que actualmente se realizan en cuanto a la reforestación, pero lo que me parecen un tanto absurdas son las declaraciones triunfalistas de autoridades que, a pesar de haber tenido una trayectoria política en la Entidad y conociendo lo que muchos ambientalistas han señalado en diversos foros, se han comportado como testigos mudos ante el cambio de uso de los suelos, por ejemplo, o de las invasiones y acoso que han sufrido las comunidades indígenas a manos de empresarios sin escrúpulos (o de la delincuencia) que han venido actuando al margen de las leyes (ambientales, en este caso), colocando a nuestra Entidad como una de las que más bosques ha perdido en los últimos cinco años.

Deseamos que cada vez más autoridades acepten un mayor compromiso en cuanto a la defensa y protección del medio ambiente,
Deseamos que cada vez más autoridades acepten un mayor compromiso en cuanto a la defensa y protección del medio ambiente, "por el bien de todos".
(Foto: Especial)

Las cifras y datos, hablan: en medios noticiosos nacionales, se reportó que a nivel nacional, en el mes de junio, se contabilizaban 6,500 incendios forestales y que las entidades con más siniestros eran, en primer lugar el Estado de México y le seguía Michoacán, antes de otras siete entidades, como Jalisco, Chiapas, Chihuahua, Puebla, Tlaxcala, Guerrero y Oaxaca. Lo que más llamó la atención, es que los datos se emitieron desde la Comisión Nacional Forestal, pero fueron complementados con testimonios de ambientalistas (académicos y líderes de comunidades ejidales, agrarias e indígenas) que coincidían en que un alto porcentaje de estos incendios fueron provocados.

Para el caso de Michoacán, sabemos, pudo ser más alto el porcentaje de estas conflagraciones, debido seguramente a que ya se encontraba en operación la Mesa de Protección Ambiental, que conjuga la intervención de instituciones federales, estatales y municipales y que tiene como propósito actuar en respaldo de las autoridades municipales en la protección del medio ambiente, ofreciendo además asesoría en los casos de conflictos entre comunidades. Seguramente nuestro municipio, que ha resultado tan afectado ante la proliferación irregular de huertas de aguacate y extensos sembradíos de frutos rojos, ya ha tomado medidas al respecto, sabiendo del compromiso que la región tiene ante instancias internacionales que velan por el patrimonio natural y cultural de nuestros pueblos.

Gracias a mi padre, que es un bibliómano nato, cuento con el documento denominado “Declaración de Pátzcuaro”, que fue resultado del XII Symposium Internacional de Conservación del Patrimonio Monumental realizado en las ciudades de Morelia y Pátzcuaro, del 8 al 12 de octubre de 1991 siendo convocado por el Comité Mexicano del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos-México-Unesco), con el apoyo de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, así como el gobierno del estado.

Aunque valdría la pena abundar en las reflexiones ahí vertidas, respecto a los sitios o poblados que conforman nuestro municipio, sus áreas verdes, los conjuntos vernáculos, sitios y monumentos históricos, además de los deterioros observados, tanto en la arquitectura, el cambio de uso del suelo, la reducción de espacios jardinados y áreas verdes y bosques, sólo mencionaré algo de lo que el documento expresa, porque me extraña que contando con recomendaciones tan específicas y claras vertidas por expertos de los organismos encargados de velar por el Patrimonio Cultural y Natural, no parece que se tenga ni conocimiento ni interés al respecto… sobre todo desde que se denominó a Pátzcuaro, Pueblo Mágico. Seguramente por lo mismo, el programa nacional se encuentra en proceso de reconsideración.

En la Declaración de Pátzcuaro, se parte de un marco general que dice: “Desde tiempos inmemoriales, la intervención del hombre sobre el territorio, se ha manifestado con una racionalidad, más o menos constante y es sólo en los últimos años que el equilibrio ecológico ha sido alterado, por ello urge crear los mecanismos que permitan el rescate y conservación de una armónica relación entre los monumentos y sitios y el medio ambiente que los sustenta. Es de suma importancia analizar la relación entre los sitios y monumentos y su medio ambiente, a partir de su comprensión e interpretación histórica, para así conservar el patrimonio y su medio ambiente como un conjunto integrado. A partir de las intervenciones adecuadas al medio natural, se podrá restablecer la continuidad del proceso de desarrollo histórico con un sentido de “experiencia del pasado” que permita identificar nuestras raíces”.

En la Declaración se deja sentir la importancia de la conservación de los bosques, que han moldeado la forma de ser y de vivir de nuestra cultura, una cultura de más de 800 años de historia, que dan sentido y forma a las diversas expresiones de la filosofía y creatividad del pueblo purépecha, artífice de nuestro devenir histórico. En el documento se expresa: “El considerar a los jardines y a las áreas verdes como parte del patrimonio cultural de los pueblos, coadyuvará no sólo a su defensa, sino también a su subsistencia, incorporándolos a un plan integral de mantenimiento, en las plazas, en las vías públicas y en los bosques. Consideramos que siendo el árbol un símbolo sagrado desde tiempos prehispánicos, que unifica al cielo, a la tierra y al inframundo, su conservación debe ser vista como una necesidad actual y como un elemento significativo de nuestra historia. La vegetación no debe ser vista únicamente como función decorativa, sino también educativa; debiéndose respetar las especies tradicionales (endémicas) no abusando de las inducidas, ajenas a su patrón histórico.”

Sinceramente, deseamos que cada vez más autoridades acepten un mayor compromiso en cuanto a la defensa y protección del medio ambiente, “por el bien de todos”. Ejemplos a seguir, existen muchos, pero vendría bien dar a conocer la labor emprendida por don Miguel Ángel de Quevedo (1862-1946) a quien se reconoce también como “El apóstol del árbol”.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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