Alma Gloria Chávez
El trabajo infantil
Jueves 13 de Junio de 2019
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A escala mundial, afirma la Organización Internacional del Trabajo, “aproximadamente uno de cada siete niños/as, se encuentra sometido/a a alguna forma de explotación laboral, o sexual”. Y ha sido por este organismo dependiente de la Organización de las Naciones Unidas, que se ha instituido el día 12 de junio como el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Sin embargo y a pesar de los esfuerzos de organismos y personas comprometidas con la educación, promoción y defensa de los derechos de la infancia, muchos pequeños nunca tendrán conocimiento de esta fecha, como tampoco se enterarán de que existen derechos y convenciones que han sido creados para protegerles, porque simplemente se encuentran ocupados, trabajando sin tregua.

Apenas en fechas recientes, la misma UNESCO advirtió que a pesar de que ya transcurrieron alrededor de dos décadas desde que se lanzó un llamado para reducir el número de niños y adolescentes que están sin escuela, los resultados alcanzados no han sido suficientes y para los primeros meses del año próximo pasado, 263 millones de niños/as y adolescentes en todo el mundo no llegan a las aulas y en cambio se encuentran ya integrados en un mercado laboral adonde resultan sobreexplotados, por su falta de preparación.

En México, según datos de organismos no gubernamentales, laboran alrededor de cinco millones de infantes y la mayoría de ellos son jornaleros y migrantes que se emplean en campos de cultivo de Estados como Sinaloa, Sonora, Guanajuato y Chihuahua y al migrar de un estado a otro, no son detectados en las encuestas formales, además de que también hay menores cooptados por la delincuencia, víctimas de la “trata” y otros que se encuentran en situación de esclavitud al ser vendidos como “acompañantes” de extranjeros o servidumbre de familias acomodadas.

Aproximadamente uno de cada siete niños/as, se encuentra sometido/a alguna forma de explotación laboral, sexual.
Aproximadamente uno de cada siete niños/as, se encuentra sometido/a alguna forma de explotación laboral, sexual.
(Foto: Especial)

En el año 2015, una serie de reportajes aparecidos en conocido medio informativo, daban cuenta de que Michoacán estaba en el octavo lugar de trabajo infantil, contabilizando la cifra proporcionada por la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, de un aproximado de 125 mil niños/as y adolescentes de entre cinco y diecisiete años, en tanto la Comisión Estatal de Derechos Humanos informaba que se tenían detectados casos de niños jornaleros que laboraban principalmente en dos zonas de la entidad: Tierra Caliente y la Ciénega. Obviamente, no existen datos claros (ni aproximados) de cuántos menores se encuentran trabajando como cortadores en los cientos de huertos aguacateros y otros sembradíos que operan al margen de la legalidad en nuestro Estado.

En la Ciudad de México, en el año 2017, la Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo señalaba la necesidad de invertir en educación, porque la necesidad económica “orilla a más de 70 mil niños/as a trabajar en la informalidad”. Para autoridades capitalinas y legisladores federales, resultaba muy claro que el trabajo infantil ha generado un “círculo de pobreza”, pues al ganar algunas monedas, niños y niñas abandonan la escuela, así como sus intentos de superación, quedando condenados a la sobrevivencia de por vida. También subrayaron el descuido que origina entre los padres de familia el que ni siquiera se enteren de las actividades que realizan sus hijos, y además, la comodidad de obtener ingresos para los gastos del hogar. “La mitad del reto -concluían las autoridades-, es penalizar a los padres o tutores que obliguen a un niño a trabajar, lo cual se castiga con cuatro años de cárcel; y la otra parte, es impulsar las escuelas de tiempo completo (en el ámbito metropolitano) para evitar que viajen largas jornadas y dejen los estudios”.

Sin embargo y a pesar de los buenos propósitos, en esa ocasión, en el marco de las jornadas organizadas con motivo del Día Mundial del Trabajo Infantil (2017), también se recordó que México se ubica entre los 30 países con “riesgos catastróficos”, que han llevado al cierre de escuelas, sobre todo en el medio rural.

Al abandonar la escuela, termina la infancia, porque mientras un niño o niña se encuentre en un centro educativo, se sigue cumpliendo el compromiso ancestral de los adultos, que nos ha llevado a los “Estados modernos”: “Niños y niñas deben jugar, ser felices, compartir sus días con los/as de su edad y prepararse para el mañana”. Compromiso dictado por las leyes del amor, de la moral, de la supervivencia como nación y de la supervivencia como especie inteligente en este planeta.

El trabajo y la explotación infantil, así como los demás factores que vulneran a nuestros infantes, resulta ya un fenómeno que preocupa a economistas y sociólogos, pero aún no llega a inquietar a los moralistas ni a los filósofos del neoliberalismo, pues lo consideran una secuencia natural y hasta necesaria del desarrollo económico y tecnológico, como lo son (para ellos) la división del mundo entre las grandes potencias, la acentuación del desequilibrio en la distribución de los ingresos económicos, o la existencia de países pobres y despojados.

Desnutrición y anemia por igual flagelan desde hace varios lustros a la infancia nacional, siendo Michoacán una de las primeras diez entidades federativas con deficiencia nutricional muy alta, no obstante haber obtenido, nuestra gastronomía tradicional, la honrosa denominación de Patrimonio Cultural.
Desde el año 2006 se ha venido detectando, entre la población menor de once años, la prevalencia de anemia por arriba del promedio nacional, siendo las cifras más elevadas en las localidades rurales, y actualmente, se han venido acrecentando las cifras de niños y niñas que padecen diabetes y cáncer.

Quizás usted que esto lee, se ha llegado a molestar cuando en el alto de un semáforo un niño o niña se abalanza a su parabrisas; o tal vez se ha sentido incómodo/a cuando al empezar a comer en algún restaurante, un pequeño, como hay tantos, tan insignificante que ni se recordará después, le pide “para un taco”… posiblemente también, y luego de observar el fenómeno tan recurrente de niños y niñas que ofrecen golosinas, una canción, o plantas y productos medicinales a cambio de monedas, empiece a preocuparse por el futuro de esos niños/as. “Hijos e hijas de la crisis”, se les ha denominado. En realidad, son niños y niñas cuyos padres, por una u otra razón, se encuentran fuera del hogar: trabajando largas jornadas o realizando varios trabajos al día; padres ausentes, temporal o permanentemente.

Como cita la maestra Andrea Bárcena, bióloga, reconocida defensora y promotora de los derechos infantiles en México: “Estamos convencidos de que la defensa de los derechos humanos de niñas y niños no corresponde tanto a hombres y mujeres de buena voluntad, sino más bien a hombres y mujeres con una clara voluntad política, capaces de refrendar su compromiso cara a cara”. No aceptemos sustituir a niños y niñas hambrientos por niños y niñas explotados; exijamos del gobierno federal una política social que garantice a la niñez mexicana el pleno ejercicio de sus derechos: ser amados, protegidos, educados, bien alimentados y ante todo: disfrutar y ser felices.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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