Rafael Calderón
Marco Antonio Campos y los territorios de la poesía
Lunes 13 de Mayo de 2019
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Al continuar indagando la dimensión poética de Marco Antonio Campos, quiero ir cerrando la brecha y situar su madurez lírica con El forastero en a tierra. Los poemas que encierra esta obra reunida, que sirve para ser conocido mejor en la tradición de la lengua española, señala que cierra su recopilación Viernes en Jerusalén, y este título, incluye alrededor de 35 poemas fechados entre 1997-2004, y por lo mismo, los escribe entre los 48 y 55 años; dividida en cuatro secciones y de esta, la cuarta, resulta emblemática: suceden un homenaje a tres poetas. Dos mexicanos y un español; se trata de Manuel Acuña, José Carlos Becerra y Claudio Rodríguez. Por esa vía anota parte de su biografía y visualiza el tránsito que han dejo sentir con vivacidad para la escritura de su obra.

Ya se podrá comprender que son poemas en los que registra la situación individual, esa encarnación de motivos, y se lanza al encuentro con ellos, porque son poetas terrenales. Esto lo realiza desde diferentes enfoques: busca reconocer la esencia de uno y otro, así como parte de su vida, su lugar en las letras; pareciera hacerse entender con un juicio crítico, pero el encanto de imágenes alcanzan un resumen que dejaron escrita para pervivir esa posteridad. Así es como finalmente se escucha el adiós: los tres son un recuerdo inmediato de lo que indaga, nutre su esencia lírica, aclara que fueron autores de una sola pieza. Cada uno tiene su propia presencia intermedia, lejana e inmediata; los nombra con el sustantivo de su nombre, explorar con el lenguaje todo el sentido de su biografía y ubica esa parte de su vida.

Los poemas que encierra esta obra reunida, que sirve para ser conocido mejor en la tradición de la lengua española
Los poemas que encierra esta obra reunida, que sirve para ser conocido mejor en la tradición de la lengua española
(Foto: Especial)

Otro aspecto en el que Campos no deja duda es que dialoga con los poetas de su tiempo, y va al encuentro de lo que escribe. Viernes en Jerusalén está dedicado a Juan Gelman, en ese orden, hace patente una vez más ese infinito recorrido, se intuye como profesión de fe cuando toma de la voz del poeta argentino una imagen infinita: “A quién le matan los plurales donde había una casa…”, de inmediato pienso en Campos y su poema “Mi casa quemada”. Para recordar que tenía una casa. Este poema, asimismo, tiene un enlace con aquel que figura en Adioses del forastero reiterado “Mi casa hacia 1960”. ¿Es la misma casa? ¿La casa donde vivió su mamá? ¿Es aquella casa donde Epifania hace su aparición?

A la manera de las semanas dice, el viernes es un día que no tiene exactamente un significado distintivo para nombrar la tradición literaria. Es viernes, y él está en la ciudad de Jerusalén. En esa estancia habla de la religión, donde la poesía no es lejanía por sus tonos y ritmos. Todo indica que este título nace de su estancia en aquella ciudad. Parte de eso registra cuando fue a impartir la cátedra Rosario Castellanos. Pero la poesía es parte de sus viajes, y es la que registra ciudades y nombres. Estos poemas quedan grabados como todo y sucede como si fuera la imagen viva e imborrable de su estancia por Jerusalén.

Pero, ante la unidad de la obra, surge otra interrogante que tiene que ver con los lectores. Él ya interroga de esto y lo dice con la conciencia de los versos acumulados, por las páginas reunidas y con el orgullo de que la poesía si surte efecto. Uno de los poemas de Viernes en Jerusalén es parte de esa poética que confirma la búsqueda de la unidad que, ante todo, es parte de la exploración del lenguaje. Porque si bien es cierto que este título lo hace merecedor del Premio Casa de las América, implica decir que alcanza otras fronteras y lo lleva al de su voz, lo coloca ante una distancia que ya no es efímera sino que dialoga con autores de España y de su propia tradición hispánica; su lenguaje logra la hermandad de sonidos, ritmos y su estrofa dinamiza imágenes. Son un efecto personal al dejar sentir impresiones de la ciudad, el viaje o de la misma estancia en una ciudad de oriente.

Por eso, ante esa etapa de su poesía, es el título más complejo; por su seducción está lleno de interrogantes que son parte de lo que dice, cómo explora en el verso esa aspiración lírica. Acaso estamos ante su visión más personal: las interrogantes son su mejor manera de escribir. Por esto, surge viva la metáfora y el sonido del idioma está en movimiento constante. Ya sea por lo que escribe, con el ritmo que se refleja “serena y solidaria”, como escribe Víctor Manuel Mendiola, uno de los lectores agudos de la poesía de Marco Antonio Campos.

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