Rafael Mendoza Castillo
Pedagogía crítica, ética y moral
Lunes 6 de Mayo de 2019
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Ni la ética, ni la moral y la pedagogía, deben ocultar los intereses que constituyen el discurso moral propio, o aquellos que estructuran el sufrimiento y la explotación en la historia. Un educador crítico puede mostrar su valentía moral valiéndose de un contenido que dé significado real a la acción ética, a la vez que permita a los estudiantes leer, escribir, debatir. Optar por discursos morales argumentados conforme a la razón crítica y convertirlos en objeto legítimo de polémica.

En ese sentido tiene razón en lo que afirma Henry Giroux : “ La voz pasa a ser un terreno de cuestionamiento y de lucha en el cual los conocimientos y el poder, por un lado, y la subjetividad y el deseo, por el otro, son los que proporcionan la base para analizar la forma en que los discursos y subjetividades contradictorios y particulares se desarrollan y regulan y se ponen en tela de juicio, así como la manera en que los conocimientos y el deseo se pueden estructurar a modo de o bien cerrar o bien permitir la posibilidad de generar formas de vida democrática”.

Los pedagogos, maestros, estudiantes o estudiosos de la educación, tienen el compromiso moral ( persona), ético ( individuo) y cívico ( ciudadano) de construir puntos de vista de la autoridad radical que legitime las formas de pedagogía crítica, la creación de nuevos conceptos, orientados tanto a la interpretación de la realidad dada, constituída, objetivada, como a la transformación de ésta.

Es pertinente que las instituciones educativas se ocupen, hoy, de las cuestiones éticas, estéticas y políticas
Es pertinente que las instituciones educativas se ocupen, hoy, de las cuestiones éticas, estéticas y políticas
(Foto: Especial)

Si colocamos la práctica educativa en le plano de la autonomía, los sujetos educativos erguidos y desafiantes de lo establecido, enfrentarían en mejores condiciones los procesos de enajenación, los saberes y valores del imaginario alienado propuesto por el sistema, sin justificación, es decir, sin simbolización o verbalización. Es necesario mencionar, que aunque se asuma como postura teórica adecuada, eso no nos da derecho de imponernos a otra persona, de tal manera que silenciemos su deseo.

Proponer la autonomía de los actores para poder acceder a una mayor consistencia en sus deseos, propósitos y actitudes, nos llevaría a asumir el planteamiento de Noam Chomsky: “Una democracia con sentido presupone la capacidad de un pueblo común para juntar sus limitados recursos, para formar y desarrollar ideas y programas, colocarlos en el orden del día del debate político y actuar en su apoyo”.

Es necesario introducir el debate político en lo educativo. De ese modo damos muerte a la creencia neutral que se pretende asignar a las instituciones escolares, pero abrimos también una ventana a la autenticidad entre maestros y estudiantes para erradicar, de esos espacios, lo frívolo, lo vano y el sentirse bien en los comportamientos, en las maneras de ver lo individual y lo colectivo. Esa autenticidad difícilmente nos permitiría concebir una actitud que no esté fundada en la propia decisión y basada en las propias razones. Lo anterior implica, que los docentes formemos seres autónomos, no dependientes.

Tenemos la pretensión de hacer estallar la certeza del saber que soporta las verdades y trampas de la pedagogía. Se trata de incomodar el encanto de los saberes, para evitar que el sujeto se acomode y se arrulle con el mundo. Se intenta que el otro, el alumno, se advenga como sujeto de deseo, de dignidad y no como objeto deseado.

Cuando el discurso pedagógico convierte y nombra lo educativo como su objeto exclusivo de su devoción y además, lo instala en las coordenadas de la cientificidad, de lo verdadero, de la objetividad, clausura la entrada de otras perspectivas de saberes y decires, llevándolo a una homogeneización de los sentidos que intervienen en la práctica educativa. Este discurso pedagógico que se preocupa por el cuidado y bienestar del otro, aliena el deseo de éste y se elimina lo que Michel Foucault llamó cuidado de sí mismo.

Si al acto educativo se le asigna la función del cuidado del otro, llámese discurso, sentido, institución, el yo, los saberes, entonces, la subjetividad queda atrapada, controlada y administrada, esto es, alienada en su deseo. Aquí el sujeto moral de la educación, que hoy todavía se mueve en el puro imaginario narciso, tendría que efectuar un doble trabajo; primero de autoconstrucción como sujeto de sus acciones, esto es, como individuo que cumple con ciertas prescripciones y, segundo, la dimensión interna, que incluye un saber que no se sabe ( inconsciente), o de la conciencia moral.

Los medios de comunicación, su vertiginoso desarrollo y ante lo autoritario de las instituciones políticas, que heredó la Cuarta Transformación, resulta realmente difícil hacer del acto educativo una práctica de sí, tal que permitiera una cierta autonomía. Más bien pareciera que esas prácticas de sí se presentan enajenadas, dada la colonización administrativa y objetivadora y técnica que padece la sociedad de nuestro tiempo.

Por ello, urge una intervención para alterar el equilibrio de las fuerzas existentes. Si la práctica educativa aparece al cuidado de otro, llámese discurso pedagógico, instituciones (SEP), poderes, entonces, la subjetivación queda atrapada, controlada, normalizada, administrada y el deseo de los participantes, como sujetos morales, se instala en lo que Max Weber llamó la Jaula de Hierro.

Pregunta necesaria, ¿cómo construir un sujeto erguido, con autonomía, ante la multiplicidad de discursos morales y éticos? Habría que ubicar a la práctica educativa como un acontecimiento problemático, como un concepto intensivo y fragmentario en sus componentes, para que accedan otros planos de saberes. Esto abre la posibilidad de la producción de cierto estilo y singularidad en la práctica educativa y la muerte de los códigos incuestionados y sistemas de verdades totales, las cuales atrapan al sujeto y su escritura.

Es pertinente que las instituciones educativas se ocupen, hoy, de las cuestiones éticas, estéticas y políticas, para no dar por sentado los discursos políticos, pedagógicos y culturales (neoliberales de excelencia y calidad), que se anidan y sostienen en aquellas. Resistir todo intento por dogmatizar, administrar y colonizar disciplinariamente a los actores del proceso educativo (maestros, estudiantes, padres de familia). Otro Mundo es posible y necesario.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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