Lunes 30 de Mayo de 2016
A- A A+

No hay mejor engaño que el que se sustenta en el convencimiento propio. Hasta las tiranías tienen su legitimidad, la que les otorgan los gobernados porque creen que es la mejor forma de gobierno, incluso pueden morir por ella creyendo que es su deber político hacerlo porque los tiranos han sido sagaces para hacerles creer como buenos sus actos de gobierno, aunque estén teñidos de sangre.

La participación electoral en México es al misma baja en América Latina, del 62.08 por ciento (INE, 2012).
La participación electoral en México es al misma baja en América Latina, del 62.08 por ciento (INE, 2012).
(Foto: Cuartoscuro)

El arma que tenemos los ciudadanos, como derecho instituido, en las sociedades modernas es la participación política. La política es el medio más poderoso para incidir en la modificación de las relaciones de poder. Pero para hacerlo los ciudadanos necesitamos tener conciencia de ello, y sobre todo conciencia colectiva para construir oposiciones y formas alternativas de gobierno.

No obstante el valor que posee la participación política y que aparece establecida como derecho esencial en las cartas constitucionales, los ciudadanos han aceptado construirse la creencia de que hacer política es o deshonroso o una pérdida de tiempo. En México hemos llegado a estas creencias no de manera casual. Inhibir la participación ciudadana resulta ventajoso para la partidocracia, las élites gobernantes y los poderes fácticos. A menos participación de los ciudadanos mayor espacio para las componendas entre las élites del poder económico y político.

Dejar de hacer política es también una forma de hacer política, significa convalidar las prácticas establecidas: la corrupción gubernamental, la falta de resultados, la imposición, el desdén a la sociedad, la negativa al consenso de las políticas públicas, la impunidad, el autoritarismo, los privilegios. No se castiga a los malos políticos dejando de hacer política, se hace justamente lo contrario, se les premia, se les estimula para que sigan con sus trapacerías. Quienes dejan de hacer política tienen una enorme responsabilidad por los caminos torcidos de una nación.

La sofisticación de los medios y de los mensajes de la actualidad están siendo bien aprovechados por las élites del poder para desesperanzar a los ciudadanos en torno a la política. Así se ve en la televisión, la radio y en las redes sociales cómo se construye con ahínco la creencia de que la política está podrida y que no vale la pena ejercerla, más que a riesgo de perderte en su infierno. Y asistimos a la construcción de la conciencia de la ingenuidad: muera la política, mueran los políticos, mueran los partidos, es el juicio generalizado.

En tanto, quienes han monopolizado la política y el ejercicio del poder aplauden y se sienten halagados porque están asegurando que con la abstención política ciudadana podrán seguir administrando entre élites el acceso al poder. La abstención política es música para los oídos de la partidocracia, no cambia nada, más bien es un pilar para el continuismo.

La participación política es un amplio concepto que no sólo incluye la participación electoral. De por sí la participación electoral en México es la más baja en América Latina, del 62.08 por ciento (INE, 2012), a la cual hemos llegado gracias al esfuerzo nada edificante de nuestra clase política que lo que busca es precisamente inhibir la participación para operar escenarios de componenda con los pequeños segmentos duros de sus electorados. Pero la participación ordinaria en los asuntos públicos, más allá de lo electoral, es con toda seguridad mucho más baja y se nota en los estilos cuasi monárquicos de los gobernantes que reflejan la ausencia ciudadana.

Si queremos que este país cambie, como estoy seguro que todos lo anhelamos, necesitamos hacer política. Debemos disputarle a los poderes fácticos y a las élites de la partidocracia, el monopolio del quehacer político. El problema es la mala política, de malos políticos, el camino es hacer otra política, que cuestione y derrote los valores que nos disgustan. Debemos romper la trampa. La única manera de precipitar el cambio es a través de la política. No hay milagros. El asunto es práctico, es de toma de conciencia y de actuación.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
Comentarios
Columnas recientes

La relatividad del cambio

¡Pero si ya son gobierno¡

La reforma educativa es con Gordillo

¿Derogación educativa o moderada reforma?

Matando la lluvia a cañonazos

Electricidad, el olvido de los pioneros.

El nuevo consenso

También son dueños del cielo

La familia y el árbol

El impulso

Que prevalezca la paz

La alianza que no fue.

Encuestas: falibles o simple manipulación

Alemán y los límites de la libertad

El olvido electoral del medio ambiente

Manual para vencer la credulidad y la falsedad electoral

El obsequio michoacano para AMLO

La prioridad

Democracia dinástica

El agua, ¿asunto de seguridad nacional?

A quien corresponda: SOS, prevaricación ambiental

Elecciones limpias o ganar a toda costa

El arte del engaño y el caso Anaya

Los trabajos de los justificadores

Desdén suicida

Ni ven ni escuchan

¿La peor elección?

El rito de la fantasía del cambio

Época de oportunismo, demagogia y espejismos

Votos y nada más

La mayoría imposible

¿Ya en serio... cómo le van a hacer?

Nos quedan los atajos de la política mágica

La tierra es plana, el cambio climático es una mentira

Una Presidencia desierta

Entonces, ¿otra vez se perdió la guerra?

¡El agua se teñirá de rojo!

No se pierde lo que no se tiene

Estas nuevas independencias

Sí, ¿pero cuál es la fórmula?

El boom de los independientes

Nieves y Umécuaro, donde vale más un aguacate que la vida de una familia

Desbordados de fraternidad

Desde Madero, construyendo un Área Natural Protegida

La política que tenemos... y que somos.

Inseguridad, esa letal costumbre

El precio político del proteccionismo de Trump

Juegos de fuerza

Cada loco con su guerra

Acuerdo para recuperar los bosques

Gratitud a los maderenses

Líderes "ejemplares"

Escépticos, desconfiados e indignados

Contrarreforma ambiental

Los ecocidas son genocidas

¿Ganaron los aguacateros talamontes?

Justicia en obra negra

Hoy comienza

Creer en la democracia

El aguacate del narco

Desafío al Estado

Piromanía y codicia

Los padrinos del ecocidio

¡Que se jodan los bosques y las aguas de los michoacanos!

La espléndida guerra de Trump

El consenso antisistémico

La carcajada del aguacate ilegal

El poder de los ciudadanos

Sin concesión al ecocidio

Delincuencia ambiental... ¡organizada!

La sucesión presidencial y de cultura cívica

No cualquier unidad nacional

La defensa de México

El futuro está en el pasado

Dios salve de Trump a Estados Unidos y al mundo

Y sin embargo cambiamos

Furia sin cabeza

2017, el año del enojo social

Candidez de los buenos

La sucesión de la incertidumbre

La política del neoproteccionismo

La caja de Pandora que abre Trump

Beneficios de la debilidad institucional

Cuestión de confianza

¿Y después del repudio a la política y los políticos, qué?

Lobos del planeta

La ordinaria inseguridad

Gobierno de consenso para lo que falta

El arrogante Trump y el pequeño Peña

Dos largos años aún

Decreto para la popularidad

¿Diálogo o garrote?

¡Siguen ahí!

El discreto gasolinazo del débil presidente

¿Es que nuestros bosques morirán?

¿Como caballeros o como lo que somos?

Pintaron su raya

No es el conflicto en turno, es la ruta del país

No es la flama, es que todo está seco

La sacrosanta corrupción

Actualidad de la oposición

Atraco a los bosques

La trampa

Bagatelas en lugar del oro

Que arda la corrupción, no los bosques

Ceguera antilaboral

No había entrado a un lugar parecido

La sorpresa

El que da y quita

El arte de inducir olvido y confusión

Crónica de 3 desacatos o el reto a las instituciones ambientales

Sierra de Madero: deforestó, robó, se burló de juez federal y está libre

¿Otra vez perdiendo, otra vez el infierno?

No es la envidia, es la fragilidad

¿Qué esperaban?

Julio Santoyo Guerrero

Mireles, la venganza de un sistema omiso

¿Quién quemó Roma?, ¿acaso Kate del Castillo?

Por una jodida placa

Reconsideración

Pagar y castigar

El tino de Arnaldo

Silvano y Nuño

El traje del gobernador

Voluntarismo y gobernabilidad

Los vulnerables municipios

El bono de confianza

Silvano y el recurso de la política

Días de mea máxima culpa

El paso decisivo

Libres y cortesanos

Informe oficial de la realidad

Silvano y el minotauro de papel

No debe pasar

Sembradores de lumbre

Los hombres del presidente

Ojalá sólo fuera el organigrama del gobierno

\"Inteligencia, honestidad y huevos, si no va a valer madres\"

De resultados y de oficio político debe ser

El respiro del 7 de junio

La era del nuevo comienzo

¡Votamos por la democracia!

Y sin embargo, allí está la delincuencia

Mentiras estelares

03paty11

El retorno de los videos

Las encuestas como propaganda

De frivolidad y propaganda negra

Candidatos: sanar la duda

Conciencia de la responsabilidad cívica