Estrellita M. Fuentes Nava
El valor de escuchar
Viernes 5 de Abril de 2019
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Como buena consumidora de libros en la amplia biblioteca de casa, desde la infancia descubrí que de éstos había unos de urbanidad y buenas maneras. Recuerdo haber leído a pie juntillas el “Manual de Carreño” y también otro libro buenísimo escrito allá por los 50’s sobre esta materia, el cual incluía un capítulo sobre el arte de la correspondencia (no recuerdo el título y espero que papá aún lo conserve). También tenía otros más antiguos dedicados a las mujeres sobre maquillaje, moda, recetas, cómo organizar un tea party, garden party, cocktail party… (y así se iba de parties) pero incluía el arte de la conversación. Y no podía faltar el del afamado Dale Carnegie titulado: “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”.

Recuerdo que en todos estos libros que enlisto se hablaba acerca de que el secreto para cautivar en una charla es dejar que la otra persona hable de sí misma (es el tema favorito de todos), y que se debía practicar la escucha atenta; es decir, enfocar todos los sentidos hacia el interlocutor, y formularle preguntas parafraseando lo que la misma persona está diciendo. El ejercicio no me simpatizaba, porque siendo niña decía: -¿Cómo escuchar? Si lo que quiero es que me oigan, que me escuchen…- y me parecía casi una misión imposible.

Ahora como conductora de noticieros escuchar a mi entrevistado es una tarea fundamental: mi atención tiene que estar puesta de manera total en mi interlocutor (aunque tenga el distractor del audio del productor desde la cabina del estudio), y tengo que encontrar los elementos que me permitan seguir conversando para que sea de interés para mi interlocutor y para la audiencia.

A lo largo de mi vida, me convertí también en una observadora de las personas. De hecho tengo un jueguito mental (confieso) en el que a los desconocidos elegidos al azar en la calle con los que me encuentro, trato de descifrarlos por su actividad, su aspecto, su semblante, sus movimientos… y me he encontrado historias maravillosas que me han conmovido gratamente. Últimamente: un pequeñín haciendo la tarea sentado en una banqueta mientras su mamá vende dulces con una cesta; un vagabundo con sus perros vestidos con playeras como si fuesen pijamas; la mirada llena de historias del señor del puesto de periódicos, aunque sea de pocas palabras…

Así que cuando escucho no sólo utilizo mi sentido auditivo; también observo, ya que en hacerlo se encuentran detalles: desde el tono, la mirada, las manos, la rigidez o la soltura del cuerpo, hasta la manera de vestir. Todo expresa algo.

El secreto para cautivar en una charla es dejar que la otra persona hable de sí misma
El secreto para cautivar en una charla es dejar que la otra persona hable de sí misma
(Foto: Especial)

Sucede que en el arte de la política la escucha activa debería ser un elemento imprescindible con el que quizás nos ahorraríamos muchos problemas; pero el problema precisamente es que pocos la practican. ¡Y me ha pasado! En una ocasión en la Ciudad de México fui a entrevistarme con un diputado federal (no de esta Legislatura, aclaro), con el interés de plantearle un proyecto. El hombre creo que ni me escuchó; se mostró inquieto, como si le quitara el tiempo; se movía con nerviosismo, bebía el café de prisa, y la charla se redujo a escasos cinco minutos (ni mi larga hora de espera). Al final obvio que ni me escuchó porque nunca me llamó para darle seguimiento a mi iniciativa, ni mucho menos.

Y no como ejemplo, sino a manera de anécdota personal: fui Coordinadora de Atención Ciudadana para el Gobierno de Michoacán hace algunos años, y la experiencia fue fantástica en el plano personal, así como una gran escuela. Creo que fue de mis mejores etapas laborales de mi vida, y tengo cientos de historias al respecto, que a veces compartimos y revivimos con mis ex colaboradores y ahora amigos.

En un tiempo las colonias Primo Tapia, Jaime Nunó y Carlos Salazar de Morelia “tiro por viaje” se inundaban (y a la fecha se siguen inundando). En aquella época (1995 – 2001), las lideraba un personaje apodado “El Mexicano”. A este señor me tocaba atenderlo como parte de poder coordinar las ayudas y el rescate a los afectados por las inundaciones. Yo le ofrecía café, y durábamos horas platicando. Lo conocí bien, aunque no dejaba de bloquear Palacio de Gobierno, con tal de sacar más ventajas. El hombre me platicó toda su historia; después se hizo cliente asiduo y ya sólo iba a platicar, porque decía que el café de ahí era muy bueno. En una ocasión me llevó a su pequeño porque necesitaba ayuda para comprarse unos zapatos especiales; - ¡Me duelen las patas! – me decía el chiquito, mientras me jaloneaba la falda para que le hiciera caso. Lo corregí y le dije: - Se dice los pies mi vida, se dice los pies…- Después se volvió un chiste local porque cada vez que llegábamos como equipo exhaustos de las giras de trabajo decían mis chicos - ¡Me duelen las patas! -, y recordábamos la anécdota simpática.

También recuerdo a una señora muy anciana que venía desde Zitácuaro y llegó un día sola a la oficina; su rostro me cautivó y la invité a pasar y a platicar. La mujer casi no hablaba; se mostraba apenada y guardaba largos silencios. Poco a poco fui hilvanando con ella una charla entrecortada, pero no llegábamos al punto de qué es lo que necesitaba de ayuda. Sin embargo, su silencio fue más que elocuente. Pensé entonces, y le propuse mandarla de vuelta a su casa en una de las camionetas de la oficina, y apoyarle con abarrotes y lo básico necesario para que abriera una tiendita. Su rostro se iluminó y me regaló una sonrisa (la cual llevo tatuada en mis memorias); asintió y me dio las gracias. Hasta el silencio dice palabras.

A nuestra oficina llegaban todo tipo de solicitudes y necesidades, pero desafortunadamente no había bolsa de recursos que alcanzara, sobre todo cuando eran obras de infraestructura. Sucedía sin embargo que a veces nos decía el ciudadano: -“Pues no me resolvió nada, pero por lo menos me escuchó”-. Incluso en algún tiempo tuvimos un servicio de atención psicológica en el área (estábamos en Palacio de Gobierno estatal) y nos funcionó, sobre todo en los casos de maltrato y violencia intrafamiliar.

Escuchar en esta época nos hace mucha falta: desde escuchar a un niño, a la pareja, a los padres, a los jóvenes, a nuestros ancianos, y por supuesto a los ciudadanos.

¿Realmente nos escuchan nuestros políticos? Parece que no. ¿Se escuchan entre ellos? Tampoco. Parecen muy entretenidos en imponer sus propias agendas y hacerse escuchar en vez de ellos escuchar. Y hacerlo es todo un arte: requiere de disciplina, mantener el ego a raya, respeto y calidez, con una buena dosis de humanidad. También implica valor para reconocer lo que es opuesto a uno o diferente.

Dijo Charles Chaplin “No esperes a que te toque el turno de hablar. Escucha de verdad y serás diferente”. Tal vez sea esa una pista para nuestra clase política y para nosotros como ciudadanos… Aprender a escucharnos.

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