Alma Gloria Chávez
Empleadas del hogar
Jueves 28 de Marzo de 2019
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La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que en América Latina más de 14 millones de personas trabajan en hogares que no son el suyo; casi 2 millones de ellas viven en México. Aunque también hay hombres empleados en estas tareas, más de 90% son mujeres. Muchas de ellas provienen de zonas indígenas o campesinas, o en el caso de las ciudades, de colonias populares.

Quienes se emplean en hogares, lavan y planchan la ropa, limpian el domicilio, hacen compras, cocinan, cuidan a niños y niñas, los llevan al jardín de niños o a la escuela; tienden camas, arreglan el jardín o vigilan la casa. Su trabajo asegura que los hogares de las familias de clase media y alta funcionen, que los padres y madres puedan dedicarse a su profesión, a los negocios, a los amigos y a los viajes, sin tener que preocuparse por la seguridad y tranquilidad de sus seres queridos.

Fecha instituida a iniciativa del movimiento internacional de mujeres, el 30 de marzo, Día de las Trabajadoras/es del Servicio Doméstico, resulta una efeméride apenas mencionada por algunos medios y casi desconocida para la mayoría de personas que emplean su mano de obra en trabajos relacionados con el servicio doméstico.

Resulta una fecha que, además de visibilizar el menosprecio de una mayoría de nuestra sociedad hacia las actividades que se realizan en casa, tiene entre sus objetivos promover, a través del conocimiento, defensa y ejercicio de los derechos humanos, la situación y problemática que viven quienes se emplean para realizar trabajos en hogares ajenos, con la convicción de que sólo con su participación activa pueden impulsarse iniciativas tendientes a facilitar la expresión organizada de sus intereses con miras a mejorar sus condiciones de vida y fortalecer su presencia pública como sector social.

En América Latina más de 14 millones de personas trabajan en hogares que no son el suyo.
En América Latina más de 14 millones de personas trabajan en hogares que no son el suyo.
(Foto: TAVO)

Muy recientemente y gracias a la película “Roma” del director Alfonso Cuarón, que honra el trabajo de las empleadas domésticas, el tema ha sido “puesto sobre la mesa” de la opinión pública internacional y por lo menos ha movilizado a grupos defensores de derechos humanos en México y otros países que han venido propugnando por el reconocimiento de la labor doméstica como un trabajo más.

En 1988, cuando iniciaba su trabajo en la ciudad de México el Colectivo de Mujeres “Atabal”, aquí en Pátzcuaro, quienes integrábamos en esa época el Grupo 21 de Amnistía Internacional, enfocábamos nuestras actividades de educación en derechos humanos hacia mujeres que sobrevivían realizando labores diversas en hogares de personas pudientes.

Los objetivos de Atabal dieron la pauta para reflexionar a profundidad lo que el término “servicio doméstico” conlleva. El colectivo está compuesto por mujeres comprometidas con la reivindicación y valoración del trabajo doméstico y del sector que lo atiende. Tiene, entre sus objetivos, “promover, a través del conocimiento, defensa y ejercicio de los derechos que como mujeres, ciudadanas y trabajadoras tienen las empleadas del servicio doméstico, su desarrollo humano, impulsando iniciativas con el sector para facilitar la expresión organizada de sus intereses, en miras a mejorar sus condiciones de vida y fortalecer su presencia pública como sector social”.

El Colectivo Atabal, que continúa brindando apoyo, asesoría y formación a trabajadoras domésticas, ha sido pionero en el país al desarrollar, además de procesos educativos y talleres, una eficiente bolsa de trabajo con servicios de guardería, atención médica y otras prestaciones de ley que benefician a sus agremiadas. El ejemplo de este colectivo de mujeres, también nos permitió entender que la autonomía resulta el mejor ingrediente para llevar adelante acciones organizativas exitosas, a diferencia de las que llegan a burocratizarse y crear relaciones de doble dependencia.

Hace treinta años, un grupo de mujeres de la región del lago intentó crear una asociación de trabajadoras del hogar. De diferentes comunidades y de distintas edades, la mayoría trabajaba en Pátzcuaro y compartían historias de abusos y de infamias que hacen dudar de la humanidad de quienes ejercen estas acciones en contra de sus semejantes. Después de meses de reuniones y algunas gestiones encaminadas a dar legalidad a su asociación, tuvieron que desistir de su intención al ser detectadas algunas de ellas por sus empleadores, que de inmediato las despidieron, no sin antes ser amenazadas de que serían boletinadas para que nadie las contratara.

Al paso del tiempo, conociendo a algunas de las protagonistas de esta historia, puedo afirmar que el esfuerzo no fue un fracaso, porque en varias de aquellas mujeres quedó el convencimiento del trato digno que merece su trabajo, así como la determinación de no permitir ningún tipo de abuso o prácticas humillantes hacia su persona. Se fortalecieron y crecieron en dignidad… además de desarrollar un alto grado de solidaridad.

Actualmente, todavía sabemos que el trabajo de muchas mujeres, sobre todo de las que tienen poca educación escolarizada o que viven en hogares disfuncionales (padre o marido alcohólico), no termina nunca. Generalmente, ellas son las primeras en levantarse por la mañana y las últimas en dormirse por la noche; soportan una carga doble: cuidando su hogar y su familia y trabajando fuera durante seis, ocho o hasta diez horas diarias, por salarios bajísimos y sin ninguna prestación.

Conocemos a mujeres mayores que siendo niñas fueron “depositadas” o alquiladas en “casas grandes” para hacer labores domésticas y que jamás fueron a una escuela o sólo por algunos años; que luego de un tiempo esas labores se convirtieron en jornadas de tiempo completo (lavar, planchar, zurcir, cocinar, barrer, trapear, sacudir, cuidar bebés y hacer compras), sin percibir siquiera un salario mínimo y que, con frecuencia, los padres se encargaban de cobrar. Pero eso sí: cuando se enfermaban, las enviaban de “vacaciones” a sus casas para que allá se recuperaran, deslindando cualquier responsabilidad.

Un organismo que en México se encuentra impulsando leyes tendientes a garantizar la protección de los derechos de grupos vulnerables, es el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y el libro “Dos Mundos bajo el mismo techo” editado en el año 2012, que compila las reflexiones de personas provenientes de distintos ámbitos sociales sobre las problemáticas de las trabajadoras del hogar, además de proponer acciones legales para brindar seguridad a las personas históricamente discriminadas, agradece y reconoce el trabajo casi invisible de quienes hacen que nuestro país, el hogar común, funcione cada día.

Enseñemos a nuestros hijos e hijas la posibilidad de valorar el trabajo doméstico, de aprender la importancia de la igualdad de género y la igualdad laboral que permita la igualdad social.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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