Hugo Rangel Vargas
Muy al sur de Morelia
Viernes 27 de Mayo de 2016
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Un trayecto sinuoso, entreverado de árboles y correr de agua. Una carretera que se desprende en remolinos de arena y tierra suelta que se adhieren al cuerpo del viajero quien encuentra, en remansos intermitentes de asfalto y laja, periodos de paz a esas revoluciones de polvo.

En la distancia, este bosque ha logrado el descanso que le impide convertirse en víctima civilizatoria del supuesto progreso del hombre. La vulnerabilidad a la que es expuesto todo ser humano por esta naturaleza agreste que es, sin embargo, cálida y acogedora, tropical y suave, perfumada y húmeda.

Las hojas que caen a comparsa del viento, el agua de cascadas que se disuelve disfrazando sus gotas ya de arcoíris o de fantasmas, el trino de jilgueros que alzan al viento cantos de ensueño con los que se arrulla el alma atribulada, las manos agrietadas de hombres que abrazan las resinas regalo de los árboles al igual que estrechan las palmas de sus semejantes; son todas estas señales que abren el camino al paraíso.

Poco más de 20 kilómetros y cientos de historias, cerca de una hora de trayecto y muchas miradas de gente que ha encontrado entre encinos, madroños y pinos el crisol que forja la sinceridad; es todo eso lo que separa a Morelia del sur, de su alma, de su espíritu.

Aquí, pese a la lejanía de la Catedral y de las luminarias de la Avenida Camelinas o del Boulevard García de León; aquí, sin la atención del Palacio de Gobierno, florece toda una cultura que ha dotado de agua, aire y mezcal a las historias de los habitantes de la capital del estado.

Estos hombres y mujeres que moran en poblaciones con nombres disímbolos como El Páramo, Tumbisca, Piedras de Lumbre, El Chilar, El Aguacatito, han reclamado su condición de morelianos en la paciencia de una sabiduría que se esconde entre anécdotas escritas en medio de arroyos, vinatas, milpas, cocinas y andares.

Las gorditas de arriero, el ajiaco, el arroz cocido con garbanzos, el atole de zarza, están arraigados en el gusto y el alma de los sureños morelianos que se anquilosan en un orgullo que no cabe en las nomenclaturas pomposas que se inventan para atraer turistas. La belleza de Morelia y su Sierra del Sur exige la contemplación de todos los sentidos, reclama a cabalidad la presencia del alma entera; por ello es que la banalidad comercial es llanamente desbordada.

En todas las montañas de aquella serranía, en el Cerro del Perico, entre el Cerro de los Cimientos, en el de Tumbisca, al pie de la Ceja del Chilar, habita la maravillosa racionalidad de la vida. Perderse en su encanto es recuperar el sentido de la importancia tan consumido por el de la urgencia. Someter el alma a la contemplación de los tonos esmeralda que se confunden con los celestes del horizonte, es llevarla al desafío de rehabilitar la capacidad de asombro.

Es probable que en aquellos lugares, cuando deja de llover, la tierra consuma la piel de los viajantes; pero quizá sea mejor andar y pisar ese polvo antes que morderlo. Resulta casi seguro también que la sangre de los fuereños pague un pequeño tributo a los mosquitos que la reclamarán en pequeños pinchazos, pero ¿qué sería de un verano sin esos insectos o de la tierra sin la sal?

Volver a lo simple, reagendar nuestra cotidianidad, reordenar las prioridades para recuperar del corazón los latidos antes que los ataques cardiacos, imponer lo común y llano a las exigencias de las complejidades y adornos, son las sabias lecciones que se aprenden al caminar hacia el sur, muy al sur de Morelia.

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