Rafael Calderón
Marco Antonio Campos y los territorios de la poesía
Lunes 11 de Febrero de 2019
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Una vez ubicado generacionalmente Marco Antonio Campos, lo que sigue es la lectura de sus poemas y partir de la Poesía reunida que determinar su presencia y el primer paso, sería revisar la reunión de sus poemas que dice se terminó de imprimir el 2 de mayo de 1997. En esa primera compilación figuran cuatro títulos publicados, asimismo, incluye el inédito: Los adioses del forastero –una década más tarde– será seguido por el prominente poemario: Viernes en Jerusalén.

Marco Antonio Campos, escritor
Marco Antonio Campos, escritor
(Foto: Especial)

Sin dejar de lado al ensayista que tiene otras presencias, respetado en el medio literario de México, es además celebrado por su condición de cronista y narrador, e igualmente registra un legado importante para la tradición de las letras mexicanas.

Por esto nos interesa su condición de poeta y presenciar a través de sus versos la revelación del idioma. La nota a la poesía de su autoría, lo lleva a escribir en unos de los párrafos que, “el caso de este libro es curioso –se refiere a la primera reunión poética–: es un conjunto de poemas que se ha estado haciendo por más de veinte años desde que publiqué el primero en Muertes y disfraces”. Esta nota remite al primer título que data de 1974.

Obviamente, resulta interesante ya que han pasado 23 años; si vamos a aquel Muertes y disfraces descubrimos que esa pasión lírica está dedicada a Alí Chumacero y lleva un epígrafe que dice mucho de su condición inaugural y que mantiene para los siguientes años; el primer poema tiene una referencia directa de Pablo Neruda: “Cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo” para recordar que esta línea es extraída del discurso de Estocolmo de 1971.

Sigue Campos escribiendo en su propuesta poética: “igual al joven que fui sigo intentando escribir una poesía hecha con el corazón y la sangre, libre lo más posible de decoración o galas y anhelando con humildad que el lector pueda sentirse conmovido con algún poema o verso”. En este poema afirma: “La poesía no hace nada./ Y yo escribo estas páginas sabiéndolo”. Es, posiblemente, por el título, una declaración de inicio, un desafío –posiblemente– y marcar su propia presencia literaria.

“Un ideal mío –anota– sería escribir una poesía que se correspondiera mínimamente con las lápidas verticales que brillan bajo el sol de Grecia, donde con una concesión de dibujo se resume la historia de una persona”. Esa historia: ¿tiene que ver con el sol de Grecia? ¿Nos lleva a un encuentro lejano? Creo que si pensamos en lo que heredó para las letras mexicanas don Alfonso Reyes o decir que resulta fulgurante ese ejercicio, implica reconocer una presencia de una tierra tan remota como actuales, pensar en aquel Homero, o recordar otros poetas que aportan en esta etapa de la modernidad un sol más bien mediterráneo y sucede por poemas de Elytis y surge la identidad de que Campos más bien es un poeta viajero.

“Yo he querido –sigue la poética a sus poemas– equilibrar, sobre todo en los últimos tiempos, las luces y sombras de la casa del mundo con las luces y las sombras de la casa del alma. Acaso, sin yo quererlo mucho, se desplacen más las sombras”. Estas palabras privadas o públicas, designan su poesía, permanecen ante la lectura, toman presencia atribuidas a ese mundo y a esa sombra y en parte sus versos dicen con mejor precisión una imagen en concordancia con lo que expone: “Para transmigrar/ hurtó infiernos a la imaginación/ vedados a los otros…”; el poema “Creación del Poeta o Malinterpretación de Blake” está dedicado a José Emilio Pacheco. Es el punto de partida para entenderse el arranque del diálogo entre ambos poetas. Allí se registran sombras e imágenes. Se desplaza por la aparición dos nombres como el de Blake pero recuerda que es un clásico de la poesía, referencia obligada para quienes leen a la manera de Borges; por eso creo que Campos se atreve a ir lejos y emparenta en parte por su vocación de traductor.

Sin embargo, hay que matizar su poética que parece extensísima, pero es breve en realidad: “he querido que haya más nombres propios –aquí es donde se corrobora la importancia de recuperar los nombres de ciertos autores o la referencia textual a ciudades– para que el lector imagine o reconozca esos sitios que quizá le digan algo. Después de todo de nombres propios esta la Biblia, la poesía lírica griega, o en la poesía moderna, la obra de Georg Trakl, de Ezra Pound, de Ramón López Velarde y de Pablo Neruda. Cuando uno los lee –remata esa síntesis– siente que los sitios mencionados son prodigiosamente otros sitios”.

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