Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
De la veleidad humana y algunas de sus razones
Martes 5 de Febrero de 2019
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Hace ocho días traje para ustedes en esta columna uno de mis recuerdos más hermosos en la música, la velada que ofreció el Trío Shostakovich en octubre de1994 en el Conservatorio de las Rosas, siendo la pieza cumbre de esa noche Cuadros de una exposición de Modesto Mussorgsky, en una transcripción para trío de piano hecha por el violonchelista del trío: Misha Katz.

La pieza original para piano data de 1874 y es una serie de imágenes musicales de algunos cuadros del arquitecto y pintor Viktor Hartmann, amigo muy querido de Mussorgsky, muerto un año antes. Es profunda e impresionante. En 1922 Maurice Ravel hizo una versión para gran orquesta, que es la más conocida, muy brillante y lucidora, pero de más espectacularidad que sentimiento. Finalmente, la versión de Misha Katz aboga por una recuperación del sentimiento eslavo, más severo y melancólico, aunque por momentos, estridente.

La Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México
La Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México
(Foto: Cuartoscuro)

Esta última versión es la que escuchamos aquel ya legendario 22 de octubre de 1994, que tanto me emocionó y que comenté en mi entrega periodística del 1 de diciembre del mismo año, en términos muy elogiosos. El párrafo final lo copié para hace ocho días en este espacio, y dice así: “No hay palabras que puedan describirla. Baste decir que público y artistas lloraron. Tantos y tan cálidos aplausos que se dieron fueron el hermoso colofón de esa histórica velada, perfecta como un Apolo joven, hermoso, sabio y vigoroso”. En resumen, había sido la mejor versión que yo había escuchado de tan magna obra y no esperaba escuchar algo mejor, nunca.

El pasado sábado 26 de enero, ya terminada mi entrega para hace ocho días en esta columna, la comentaba yo con mi esposa, con quien escuchaba música en nuestro reproductor hogareño. Buscando que oír, me sorprendió encontrar, porque no recordaba haberlo tenido, un disco compacto grabado por el Trío Shostakovich, llevando como única pieza Cuadros de una exposición de Mussorgsky en la versión para trío de piano de Misha Katz, la misma que habíamos escuchado veinticuatro años ha. No era una grabación viva, era de estudio, y seguramente la compré en el vestíbulo de la Sala Niños Cantores al término del concierto de marras. Con entusiasmo la colocamos en el reproductor y la escuchamos con atención y emocionados. Pero la emoción empezó a decaer conforme avanzaba la obra. Al final de ella mi esposa dijo: “No me gustó”. Le respondí: “A mí tampoco”. Lo que no nos había gustado era le versión, no la obra o la interpretación. La versión misma de Misha Katz. La pregunta que surge obligada es: ¿Por qué tal veleidad humana? ¿Por qué, algo que me fascinó hace un cuarto de siglo ahora me disgusta? Problema filosófico.

Lo que viene es mi opinión, que comparto con otros autores, pero no es dogma de fe; es tan válida como cualquiera otra opinión razonada.

La música es un arte que se da en el tiempo; no existe mientras no se escuche. El autor la escribe en una partitura con signos equivalentes a las letras del lenguaje escrito. Pero ahí no está la música, porque la partitura es a una obra musical lo que los planos de una catedral a la catedral misma. La catedral no está en los planos, sólo son las instrucciones para hacerla. Ahora bien, la música, como arte que se da en el tiempo, requiere de un intermediario que lea e interprete la partitura y la transforme en sonidos que llegarán a los receptores. El cerebro de estos, a través de complicados sistemas neuronales, los recibe, analiza y procesa hasta convertirlos en música. Es ahí donde está la música; en ningún otro sitio y en ningún otro tiempo. El estímulo musical es instantáneo, si acaso de segundos, y la obra musical total la crea el cerebro del receptor con la memoria de los estímulos anteriores, la vivencia del presente y las expectativas de los que vendrán. Esta creación está sujeta a influencias temporales, como la receptividad, el estado de ánimo y el medio ambiente.

Es claro entonces que una pieza musical será diferente para cada uno de los individuos que esté en una sala de conciertos. Además, la intermediación del intérprete será también diferente en distintos momentos en que la haga, dependiendo también de su sensibilidad, estado de ánimo y medio ambiente de esa sesión.

¿Qué pasó con mi esposa y yo hace diez días en casa? Pues que en un cuarto de siglo han cambiado nuestros paradigmas estéticos, además de que nuestro estado de ánimo y el ambiente en que escuchamos la grabación eran diametralmente diferentes a nuestra experiencia de 1994. Así es esto de la música.

Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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