Rafael Calderón
Leer al poeta Rubén Dario
Lunes 23 de Mayo de 2016
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Para Rubén Darío toda su escritura es una bienvenida: el tiempo, la tierra solar, la lengua; la heterogeneidad de su estilo se anticipa perfectamente por los poemas de Prosas profanas y se presenta como ejemplo de la madurez con Cantos de vida y esperanza. Para decir que esa síntesis es la de un poeta que perdura para el idioma como ya lo sugiere Jorge Eduardo Arellano, y recordar que lo secundan en esa profundidad de la metáfora y el encanto del verso otros estudiosos. Ya lo dice acertadamente Pere Gimferrer: “Una revisión de Rubén Darío no puede dejar de ser, al propio tiempo, historicista y personal”, porque una será la obra completa y otra, muy distinta, la que por cuenta propia va seleccionándose para una antología. Esta última parte tiene sus virtudes y las aristas son de otra índole: si es acertada la lectura y si el tiempo siempre será el mismo y se lleva a cabo esa selección y la realidad es que no siempre es así. La evolución que el autor muestra a lo largo de la vida es contrastante, evoluciona hacia la unidad del rigor poético. En el caso de Darío se logra intuir algo extraño, que suena a musicalidad: un día inesperadamente leí poemas seleccionados por Jaime Torres Bodet, para una antología, y aquella la realiza con motivo del centenario del poeta y la lección a la vuelta del tiempo solamente encierra historia.

Pero en mi caso, aquella lectura es el punto de partida de una revelación, y si tuviera que dejar testimonio de esto ya sea por un poema y que sigue vigente me inclino por “Venus”. Aunque me doy cuenta que no sólo yo lo he elegido, sino que varios estudiosos lo han reconocido como un poema necesario. Son lecturas de una sucesión generacional como sucedió en su momento con Paz, Borges o aquellos poetas que cerraron el siglo XX.

¿Qué sería de nosotros si antes no hubiera lecturas de Prosas profanas y no tan lejanas como ir a Justo Sierra, sino que sean más recientes? Julio Valle-Castillo afirma la heterogeneidad, el inter-texto y otros recursos de Prosas profanas. Para lo cual, dice, que en 1894 ya existe el libro y sucedió de acuerdo con la noticia del primer poema publicado por Darío, que resalta Pedro Luis Barcia y que lo recupera y anota con estos datos; asimismo, esta visible ese tema tan polémico como distante de su discurso: sucede que en realidad el libro de prosas nunca será tal ni se compone de poemas en prosa, sino en verso, y de un genio tan fuerte como único. No conforme, sigue, habla con naturalidad de la música en la poesía de Darío y resalta ese genio crítico que encierra el estudio de Erika Lorenz con su Rubén Darío, bajo el divino imperio de la música, para oír que “la música de las ideas se retira del objeto expreso ‘intencionalmente’ con el lenguaje para adherirse a lo espiritual absoluto. La música de las palabras lo hace a lo material relativo”.

No termina ahí y esa heterogeneidad quiere ir hacia un título que se expande por las opiniones que han dejado visible otros como Pedro Salinas y el especialista de la influencia francesa en Darío, E.K. Mapes –quien estudia también con rigor a Gutiérrez Nájera– pero ahora deja su lectura como prueba final de una revisión que en el mejor de los términos es para la literatura modernista y de Darío en particular la sentencia de una vigencia que “podemos agregar apócrifamente que aun ahora, primeras décadas del siglo XXI, mantiene vigente su esplendor”.

La amplitud de temas son un ejemplo que no se agota y por eso se hace evidente ir por etapas y aquí sobresale un caudal de temas y poemas que enumeran la fuente inequívoca de Prosas profanas, pero que se centra en algunos poemas y destacadamente por esa síntesis que se puede consagrar por un poema. Ese poema no es otro que “Sinfonía en gris mayor” como registro del acotamiento y respecto a la riqueza de sus versos. Tiene Julio Valle-Castillo ese acierto y nos introduce por distintas etapas: “El otro poemas es ‘Sinfonía en gris mayor’, donde se repite la proeza de citar sólo en dos ocasiones el color gris, una vez en el paisaje y otra en la fisionomía, en la indumentaria del marinero, para dar la sensación simbolista de lo opaco, enfermo, del viento marino, del negro clarín, del gemido, del vago, lejano, brumoso país”. Casi inmediatamente después nos enteramos gratamente que esas aguas marinas señaladas en el poema en realidad corresponden al puerto salvadoreño de Acajutla.

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