Julio Santoyo Guerrero
Bagatelas en lugar del oro
Lunes 23 de Mayo de 2016
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Se atascó, se empantanó, está naufragando el discurso estratégico del gobierno federal en torno a las grandes transformaciones estructurales para mejorar la calidad de vida de los mexicanos, que nos llevarían al moderno paraíso del siglo XXI. La costosa publicidad no ha sido suficiente para evitar el creciente desgaste del proyecto gubernamental. Cada una de las aduladas reformas aprobadas al inicio del sexenio no le aportan nada a la popularidad del presidente, de los gobernadores y de quienes las votaron en las cámaras.

Falso que la economía crecería, se generarían más y mejores empleos; falso que tendríamos un mejor sistema de justicia, falso que los indicadores educativos se mejorarían, falso que la seguridad retornaría a las calles y a las rancherías de todo México, falso que la corrupción sería atacada frontalmente y derrotada la impunidad con la que se protegen los malos servidores públicos, falso que los derechos humanos serían plena y absolutamente respetados, falso que la protección del medio ambiente sería consecuente, falso que terminaría el displicente derroche de recursos públicos que hacen los gobernantes de todos los niveles por un mejor sistema de control de la función pública.

Si no hay resultados observables en la calidad de vida de la mayoría de los mexicanos, si, en cambio, se incrementa el número de pobres, disminuye la capacidad adquisitiva de las clases medias, se pierden los derechos laborales de los trabajadores, los campesinos sufren por el desplazamiento de sus productos, y la corrupción, el burocratismo y la ineficiencia obstruyen la justicia, entonces el proyecto del gobierno federal está agónico, no tiene ya vitalidad.

Hasta ahora, desde Los Pinos parecen esperar un milagro y que al menos una de las reformas les aporte resultados optimistas y que en cadena reanime al resto de las reformas para activar la economía, cumplir las expectativas y dinamizar el optimismo social. Las reformas, literalmente la mayoría de las once, están ponchadas: la Hacendaria, la Energética, la de Comunicaciones, la financiera, la Educativa y para rematar, la cómoda claudicación de un sector de la clase política mexicana para no aprobar el Sistema Nacional Anticorrupción, lo que indica el nivel de atascamiento e inviabilidad del ya viejo Pacto por México que sostuvo la idea de las reformas estructurales.

El gobierno federal y sus aliados se han quedado sin el discurso vital reformista, ahora están condenados a rumiar el verbo tóxico que ha dejado la mala experiencia de las reformas estructurales. Por eso su popularidad no crece ni crecerá, por eso las opciones políticas frontalmente opositoras están encontrando espacios de crecimiento en diversos sectores de la sociedad que han sido lastimados o que han agotado su capacidad de creencia en quien les ofreció el paraíso y ahora sólo les puede ofrecer bagatelas.

El agotamiento del discurso mayor ha alentado la improvisación de los asesores de Los Pinos para pescar las oportunidades del día. De ahí la "sorpresiva" posición del presidente Peña en la ONU ante el tema de las drogas y la iniciativa de "legalización" de la mariguana; de ahí la "sorpresiva" iniciativa de reforma constitucional de Peña en torno a considerar como derecho humano las bodas entre personas del mismo sexo. Estos temas le permiten al gobierno federal mantener estable, al menos, la línea de flotación de su barco y parar la caída en vertical de su popularidad.

A falta de discurso estratégico veremos en los días por venir la apología de los temas bagatela para suplir el paraíso prometido con las reformas estructurales. El atasco es evidente. El gobierno de Peña y sus aliados no darán marcha atrás a las reformas aunque éstas los intoxiquen. Pero tampoco, hasta ahora, se ha generado un polo de poder alternativo que genere un nuevo y sólido discurso que represente a todos los grupos sociales mayoritarios arrasados por las reformas y convoque a la constitución de un nuevo gobierno con supuestos económicos y políticos viables y bien vistos por los mexicanos.

La reforma constitucional de Peña en torno a considerar como derecho humano las bodas entre personas del mismo sexo fue sorpresiva
La reforma constitucional de Peña en torno a considerar como derecho humano las bodas entre personas del mismo sexo fue sorpresiva
(Foto: Cuartoscuro)

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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