Julio Santoyo Guerrero
De la abdicación a la imprudencia
Lunes 12 de Noviembre de 2018
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No había ocurrido en ningún momento de la historia de las sucesiones presidenciales. Aunque debilitados, los presidentes salientes mantenían las riendas del poder y la ejecución de las políticas públicas hasta el último día de su mandato. Y los entrantes, algunos vigorosos por la fuerza de los votos recientes y otros no tanto, esperaban hasta el momento en que eran investidos para tomar decisiones. Muy cierto que tras bambalinas los representantes del poder entrante acordaban con el saliente los términos de la sucesión para que la gobernabilidad continuara sin mayores sobresaltos en los ámbitos más delicados de la vida del país: seguridad, economía, estabilidad política, etc. simple ejercicio convenido de la prudencia.

Aunque debilitados, los presidentes salientes mantenían las riendas del poder y la ejecución de las políticas públicas hasta el último día de su mandato
Aunque debilitados, los presidentes salientes mantenían las riendas del poder y la ejecución de las políticas públicas hasta el último día de su mandato
(Foto: Gustavo Aguado)

Las características de la actual sucesión son radicalmente distintas a aquellas. En los hechos tenemos un presidente en funciones que ha abdicado desde el primer día de julio en favor del presidente electo. El repliegue, pactado o no del presidente Peña, ha dejado el campo libre para que las propuestas de política pública del electo sean asumidas como hechos consumados a pesar de que tales ofertas estén en franca contraposición con las del que será gobierno hasta el 1 de diciembre.

En la realidad quien ha tomado las riendas en los últimos cuatro meses es el electo aunque no esté investido de las facultades constitucionales. Tan es así que sus decisiones son tomadas con tal seriedad que, sin ser gobierno constitucional, puede detener megaproyectos y repuntar o tumbar la bolsa de valores.

Esto sólo puede explicarse por la condición de debilidad extrema en la que está terminando su presidencia Peña Nieto y la contundencia del triunfo electoral de Obrador. El control de las cámaras federales y de una gran cantidad de las legislaturas locales, como cereza del pastel, le otorgan tal contundencia a las declaraciones que en materia de políticas públicas haga el electo o los representantes de este movimiento, que son tomadas como el preludio de lo que efectivamente ocurrirá, como así fue con la cancelación del aeropuerto de Texcoco.

La cruda realidad indica que la fuerza del partido ya gobernante (ya gobiernan desde las cámaras y de facto -por abdicación- también lo está haciendo el presidente electo), va sola, con debilísimos contrapesos que no son suficientes para modificar el curso de su actuación como se ha visto. Tal vez el contrapeso más sólido sea el de la prensa, por eso es notoria la descalificación que desde la nueva fuerza se hace ordinariamente a ésta.

La nueva mayoría que ya gobierna desde las cámaras y de facto por abdicación desde la presidencia, asume legítimamente su rol de poder arrasador para sacar adelante, con anticipación, la agenda de lo que considera su estrategia legal de transformaciones. Sin embargo, parecieran engolosinados, presas de una desesperanza febril, que pretenden en el mínimo tiempo a costa de la viabilidad y la prudencia, lograr en días lo que debiera plantearse en meses, en años o en sexenios.

La prisa no es buena consejera para el ejercicio del gobierno, es fuente de graves errores, que terminan pagando la ciudadanía. Gobernar supone un ejercicio de permanente reconstitución de acuerdos sociales y esto supone tiempos y estrategias seguras y por ello sólidas. Una elección jamás ha sido un cheque en blanco. Si la ruta de la prisa confronta, divide, atemoriza, relega, impone, el resultado no será bueno para México y mucho menos para los más vulnerables.

A la fuerza arrasadora de los vencedores les está haciendo falta la virtud de la prudencia, el saber profesional de los asuntos públicos y el sentido de oportunidad. No basta regocijarse todos los días en la arrogancia de la victoria para alcanzar las transformaciones que se persiguen. Las glorias electorales pueden estrellarse en cualquier momento con el frío y duro mármol de los problemas sistémicos de México.

Esos problemas que han derrotado a los últimos presidentes de este país y que, por no ser atendidos debidamente, también han modificado radicalmente las preferencias del electorado en otras naciones de nuestra América. Electorado que muchos creían convencido de la misma causa política que hoy gobierna a nuestra nación, en los hechos y por abdicación. Los del nuevo gobierno deben ser prudentes y cerebrales no vaya a ser que por las prisas y la imprudencia empujen el péndulo de la geometría política al otro extremo.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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