Alma Gloria Chávez
Días de ánimas, días de ofrenda
Jueves 1 de Noviembre de 2018
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En esta temporada, además de tener presentes los recuerdos que me han heredado mis mayores y toda la generosa gente que “ha tocado mi corazón” en el transcurso de mi existencia, reitero mi gratitud hacia quienes también han contribuido a conocer muchos de esos aspectos que con frecuencia pasan desapercibidos y que resultan esenciales para la mejor comprensión de nuestra historia y nuestra identidad.

Y me parece que de eso se trata: estos días que se dedican a la velación y ofrendas para las ánimas de quienes han pasado a otro plano de existencia, invitan a tener presentes recuerdos y reflexiones de quienes nos han precedido y han abonado el cultivo de la propia vida… en una espiral infinita. “Pero el espacio de la muerte también es lúdico y propone situaciones o acciones que no han dejado de marcar con su estilo a pueblos enteros, aquellos que han decidido seguirla en sus juegos. Porque la muerte es un suculento ingrediente del patrimonio cultural de este país, no sólo por ser un proceso inevitable en la historia humana, ni porque ocupa la mitad de su realidad, sino por su singular estilo y por el mensaje de vida que oculta…” menciona el prólogo del libro El Espacio de la Muerte, del antropólogo y arqueólogo Arturo Oliveros Morales (INAH), a quien debemos una bien documentada investigación acerca de las Tumbas del Opeño, que datan de los siglos XV al XII ¡antes de Cristo! y resultan una arquitectura funeraria excepcional en las culturas mesoamericanas, y además se encuentran en Michoacán.

TAVO
TAVO
(Foto: TAVO)

Así entonces, como lo concebían antiguas culturas, muchos nativos de estos territorios que generosos han ofrendado sus vidas en aras de elevados ideales, han regresado una y varias veces para convivir entre nosotros, transformados en los zumbadores tzintzunis o colibríes que contemplamos en nuestros jardines y que hacen de ellos su fugaz morada. Su minúscula presencia, igual que la de esas mariposas blancas que revolotean juguetonas, sobre todo entre las flores del mastuerzo, nos recuerdan que nuevamente se cumple el ciclo ritual y de culto dedicado a los difuntos y a las ánimas, que nos invita a renovar la certidumbre de nuestra relación indiscutible con la naturaleza… y “el todo”.

Decían los más antiguos que al morir, el hombre iba a reunirse con los dioses primigenios, con los linajes fundadores, los antepasados y con el mundo en su conjunto para prolongar infinitamente lo que había vivido sobre la tierra. Para esos abuelos purépecha, los que morían continuaban hablando, comiendo, caminando; se comunicaban con los vivos porque no se podía concebir la separación del principio vital del cuerpo, ya que si se movía el corazón (mintzita), era gracias al alma (mintzita tziperahperi), parte integrante del individuo.

A los hombres de la clase llana que sucumbían en el combate, se les consideraba privilegiados, pues ascendían en la escala social y pasaban al más allá con los mismos ritos que los señores caídos en la guerra; la única diferencia residía en el ceremonial que los acompañaba. Morir en la lucha representaba una honra que incitaba a participar, sobre todo si se trataba de una cruzada en honor a los dioses. Eran las mujeres quienes se encargaban de preparar los cadáveres; envolvían el cuerpo y la cabeza con telas y mantas para, llegada la noche, trasladar al difunto por un camino de hogueras hasta el templo, donde se adornaba con guirnaldas de cuero y plumas. Los cuerpos se incineraban y se guardaban las cenizas en una olla con un arco y una flecha para enterrarlos después. Terminada la ceremonia, la viuda continuaba dedicándose a sus faenas y se arreglaba igual que cuando vivía su marido. No existía frontera entre la vida y la muerte.

El Cazonci, al ocupar la cumbre de la pirámide social como representante divino, recibía cuidados especiales en su viaje al otro mundo. El entierro se celebraba con la máxima solemnidad: se le ataviaba con las mejores ropas, collares, brazaletes y plumas. A la medianoche se le llevaba en procesión con antorchas al son de cantos y música hasta el centro de la plaza ceremonial, donde, en una hoguera monumental, su cuerpo era cremado. Mientras se consumían sus restos, se sacrificaba a alguna de sus mujeres y sirvientes que le seguirían a la eternidad. Al amanecer se juntaban las cenizas del Cazonci, así como los metales fundidos de los adornos, en un fardo en el que se fijaban máscaras, orejeras, plumas, brazaletes, collares, conchas y cascabeles. También se ponía a su lado un arco con flechas.

Cargándolo a las espaldas, un sacerdote lo depositaba en una cámara funeraria subterránea donde se colocaban los enseres necesarios para “la otra existencia”. Cerrada la nueva morada, las cenizas de sus acompañantes, tanto en la vida como en la muerte, se enterraban aparte. El duelo duraba cinco días, durante los cuales, el pueblo no salía de casa, ni hacía fuego ni molía maíz. Pasado este plazo, la vida transcurría igual que antes. Esto es lo que se ha conocido gracias a algunos Códices posteriores a la conquista, que describen e interpretan los pocos testimonios recogidos entre sobrevivientes de masacres y epidemias.

Cuando los hoy conocidos como p’urhépecha se detuvieron en su caminar en el Lago de Pátzcuaro, contemplaron las cuatro piedras mencionadas en viejas profecías. Entonces dijeron: “Aquí es donde nuestros dioses nos pidieron asentarnos y se llama Zacapu Amacutín Patzcuaro”, que significa “donde están las piedras a la orilla o entrada de la negrura”. La negrura es la región del más allá, el inframundo donde se encuentra el Paraíso. Allí se creó el hombre con ceniza y sangre que el dios Curicaheri hacía brotar de sus orejas, y ahí es el lugar adonde van directamente los que se ahogan en el agua, guiados por Uitzume, el perro de las aguas.

Las “piedras” descubiertas por los fundadores, materializaban a aquellos capaces de dar cuerpo a sus ancestros, al mismo tiempo que marcaban la entrada al Paraíso. La Relación de Michoacán implícitamente da esta interpretación, pues llama a Pátzcuaro “la puerta del cielo”. El concepto de negrura, con todo el valor que encerraba para los purépecha, está presente en la mitología mesoamericana en general y se refiere a las entrañas de la madre creadora, donde nace el hombre y a donde retorna cuando muere.

Al morir, nuestros cuerpos vuelven a la Madre Tierra, indudablemente. Ella nos permite vivir gracias a otros hijos suyos; se introduce constantemente en cada uno de nosotros/as a través de lo que nos alimenta: animales, plantas, agua… a quienes algún día tributaremos con nuestros propios cuerpos, que se fundirán en la corriente de la conciencia-energía, en tanto nuestros espíritus también se fundirán con el gran espíritu creador “como una ola que refluye hacia el río”.

Días de Ánimas; días para ofrendar y reflexionar en esos “atávicos deseos de mantener la vitalidad tan atesorada por la muerte misma. ¿Cómo?, con el gozo total de cada instante que la vida ofrece, con la percepción de sentirla vibrar dentro del propio ser”, cita el Dr. Oliveros Morales.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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