Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
El mito de don Juan
Martes 30 de Octubre de 2018
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Estamos ya en las celebraciones michoacanas del Día de Muertos y reaparece la puesta en escena de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, controvertida pieza teatral, pero inmortal. Se me ocurre, para esta semana, decir del mito de don Juan. Y para la próxima escribir sobre Don Giovanni de Mozart, cumbre mayor de la música y de la ópera universales.

El mito de don Juan es reciente. Se configuró como tal en la primera mitad del siglo XVII, a partir de la publicación de la obra teatral de Tirso de Molina que lleva por nombre El burlador de Sevilla o El convidado de piedra (1630). El personaje es antiguo y fácil de encontrar en Grecia y en la Roma precristiana. El Ars amandi de Ovidio (43 AC- 17 DC) es el primer manual, el más cínico y el más perfecto del amor donjuanesco, y el mismo Ovidio fue un don Juan, con todas sus glorias y sus miserias.

El personaje del mito es español, de esa España que era el colmo de la inmoralidad en todos los sectores sociales: la burocracia presidida por el rey, la sociedad civil y el clero, y era particularmente notable en Madrid, que al fin y al cabo era la capital del imperio más grande del mundo, y como tal, recogía la crema y la escoria de todo el mundo. La Iglesia española estaba saliendo apenas de la gran herejía de los “alumbrados”, que mezclaba excesos de arrebato místico y de erotismo y que invadió iglesias y conventos de toda la península ibérica.

Las escalas de conventos y los raptos de novicias con hábito eran el pan nuestro de cada día, pues además, la mitad de las mujeres jóvenes de posición estaban enclaustradas. Legendarios fueron los amoríos del rey Felipe IV (un don Juan muy avanzado) y Sor Margarita de la Cruz, del Convento de San Plácido, amores en los que participaban la abadesa, las dueñas y los cortesanos, como en el teatro.

Estos personajes de la vida diaria de la capital ya habían inspirado piezas dramáticas que los pintaban: Leucinio de El infamador de Juan de la Cueva y Leonidio de La fianza satisfecha de Lope de Vega son don juanes verdaderamente espeluznantes. Pero el modelo príncipe para la pieza de Tirso de Molina fue don Juan de Tassis, Conde de Villamediana, hermoso varón, elegante y arrogante, adorado de las mujeres, gran alanceador de toros y mejor espadachín, atropellador de todas las honras femeninas que se le ocurrieron o atravesaron y cuya osadía de ostentación llegó al colmo cuando en un torneo de toros salió a la plaza con una divisa en su lanza que decía: “Son mis amores reales”. El rey Felipe IV no permitió que otro saqueara su serrallo. Don Juan de Tassis fue asesinado de un tiro de ballesta una noche oscura en una calle de Madrid y la décima que lo recuerda, atribuida a Góngora, a Quevedo y a Lope de Vega, comienza así:

Mentidero de Madrid,
Decidme, ¿quién mató al conde?

Y termina afirmando:

La verdad del caso ha sido
Que el matador fue Bellido
Y el impulso soberano.

Parece ser que este fue el don Juan que el abate Tirso de Molina inmortalizó. No es un seductor, pues aunque las mujeres se le quieren entregar, prefiere tomarlas por atropello y con engaños, procurando ofenderlas y lastimar lo más a los deudos, padres, maridos, novios o hermanos; y si en ese camino los hiere o los mata. No es un inmoral, pues no hay reproche que lo afecte ni remordimiento que lo aborde; no hay norma para él, aunque cree en el Dios cristiano; su conducta no es inmoral, es inconsciente, es amoral. Pero lo que hizo de don Juan un mito fue el añadido del personaje capaz de convocar y hablar con los muertos, hacerlos salir de sus sepulturas e invitarlos a comer, tratarlos como a los vivos y desafiar en ellos a Dios, aunque en ello le vaya la vida, la cual tampoco tiene en mucho aprecio, pues siempre vive al día. Es don Juan el personaje que las mujeres adoran, los hombres envidian, los muertos temen y Dios respeta, porque don Juan es capaz de negarse, consciente y por voluntad, a la salvación.

El burlador de Sevilla ha sido la inspiración de decenas de otras piezas de teatro y de óperas. Entre ellas, la de Mozart, que con Da Ponte y Casanova, plantaron sus picas en la arena del drama de don Juan. De esto escribiré la próxima semana.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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