Rafael Calderón
Un recuerdo para José Antonio Alvarado
Lunes 29 de Octubre de 2018
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Hace un año, el poeta y profesor universitario José Antonio Alvarado (1943-2017) murió en la ciudad de Xalapa. Ahora con nostalgia recuerdo su presencia y lo invoco por tres títulos de su obra poética, Algo ha quedado roto desde entonces, Ejercicio del sueño y el poema unitario: La muerte del Quijote, que son su huella, su perdurabilidad, precisa y exacta, determinan su brillante aportación para la tradición de la poesía michoacana hacia la segunda mitad del siglo XX, y que se extiende hasta estos tres lustros del presente.
La muerte, siempre inesperada, interrumpe saludos y amistades y estos se quedan para siempre en el recuerdo. Alvarado en su condición de poeta y dar sus primeros pasos en la poesía fue arropado por Ursu Silva en la Editorial Balsal. Él le publicó el primer título Habitación sin muros. Aquel título registra su presencia poética, lo confirma en la antología de Raúl Arreola Cortés, La poesía de Michoacán, al incluirlo no con un poema sino seleccionando tres poemas de su autoría.

Afortunadamente al profesor universitario lo conocí el año de 1993 en bachillerato de la Universidad Michoacana. A partir de septiembre fue mi profesor de filosofía, y en aquellos recintos universitarios su figura resultaba ser, ante los ojos de los estudiantes, digna de interrogantes: algunos preguntaban por su hábito permanente al cigarro, y otros –los menos– por su condición de poeta. Así, un día, al hojear las páginas de la antología de Arreola Cortés, descubrí que era autor de tres poemas que, en sentido estricto, correspondían a primera etapa de poeta. Es obvio decirlo: los leí como un descubrimiento y como un diálogo para encontrar respuesta a las interrogantes que me generaba aquel profesor que hablaba quedito, que destacaba como un filósofo, que hacía pensar en tradición clásica por su barba siempre larga, entonces ya reluciente por las canas, pero que no dejaba de fumar. Verlo llegar al salón de clases e intercambiar unas palabras con los alumnos cercanos y preguntar: ¿dónde se había interrumpido la clase anterior? Era el principio de un largo monólogo salpicado de lecturas y citas textuales.

Casi inmediatamente tuve conocimiento de su condición de poeta, que parte de sus poemas ya se habían publicado, y que sin duda para aquel año 1993 se encentraba en la madurez de su escritura. Quise buscar sus libros, pero debo decir que el éxito fue negativo; imposible fue encontrar títulos de su poesía. Al menos, en un primer momento, así fue para mí, como su lector incipiente. Pero un día encontré dos títulos de su autoría y de un santiamén terminé su lectura: ahí descubrí parte del significado de su lenguaje, y percibí esa seducción de sus metáforas y ritmos como un río de imágenes. Todo eso estaba presente como una cantata prolongada que, naturalmente, me hicieron creer en el efecto de poesía.

Con el curso de los días tuve otras noticias de sus inquietudes de antólogo riguroso, lector ulterior y posturas políticas; allá por 1995 leí una de las antologías más que brillante de la poesía de Ramón Martínez Ocaranza. Se trata de Nosotros somos yo donde rinde homenaje al poeta jiquilpense. En aquella, celebra la obra, y debo decir que el prólogo fue iluminador para reconocer esa complicidad de su amigo José Mendoza Lara, para poner al alcance de los universitarios un autor que recién ingresaba a la lista de los clásicos michoacanos. El prólogo, como ya lo dije, me ayudó a comprender qué lugar ocupaba el autor en la tradición literaria mexicana pero, indirectamente escribe sobre aquel año complejo social y políticamente, llamó mi atención que lo fechará en Tinijaro y no Morelia, haciendo alusión al movimiento zapatista de Chiapas.

El año que Alvarado cumplió 60 años, en 2003, me permití dedicarle un poema que dice: “El sol brilla, avanza el agua:/encontrar a medianoche la noche./ El oro brillará desde lo profundo de la tierra./ El rostro oculto del mundo./Así descubre el hombre/ su figura cuando ha escrito su biografía/ al ir y venir,/ caminar rápido;/ demasiado tarde, desesperado,/ por la existencia de un Dios que hace un instante/ era su respuesta./ Al pasar el tiempo siempre transcurrirá el día,/ cada mediodía es otro instante./ El tiempo en movimiento perpetuo./ Sigue viva la sombra y esa variedad de imágenes,/ encuentra el lugar: la plaza pública./ Están dos árboles secos y sus ramas son diamantes,/ perfectas noches en el aire./ Son rostros del cielo sagrado./ Rostros, que son venas, bajando del cielo”.

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