Alma Gloria Chávez
Celebremos la diversidad cultural
Sábado 21 de Mayo de 2016
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El arte y la diversidad cultural representan una forma de resistencia en el mundo actual y no sólo eso: también marcan la mejor ruta para entender la complejidad del presente y son una fuente fundamental para las decisiones políticas y la defensa de las libertades y los derechos humanos. Hay quienes afirman (y a muchos convencen) que todas las respuestas a las crisis deben emanar de las culturas. No de una cultura, sino de todas y cada una de ellas.

Efectivamente, en todos los campos del desarrollo actual vemos cómo se reconoce ahora la importancia de la cultura. Y precisamente, en la Conferencia sobre Políticas Culturales para el Desarrollo, realizada en Estocolmo en la primera década de este siglo, la conclusión a que llegaron los países participantes es que “necesitamos libertad para crear (para crear gobernabilidad y convivencia, para volver a organizar las entidades en un mundo de democracia y comunicación) en un ámbito de respeto y comprensión hacia lo diferente”.

Y como una forma de reconocer la importancia de la pluralidad cultural que posee la humanidad, así como promover principios tan importantes como la diversidad, el diálogo, el respeto y el desarrollo sostenible entre las diferentes culturas, fue que se instituyó el día 21 de mayo, y alrededor del planeta Tierra, el Día Mundial de la Diversidad Cultural, fecha proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Todavía en muchos lugares la fecha pasa desapercibida, aun cuando muchos sabemos lo necesario que resulta, en un mundo caracterizado por acelerados cambios, reafirmar nuestras identidades y a la vez mantenernos receptivos a otras culturas. Entendemos que uno de los factores que contribuyen a generar violencia (personal y social) es sin duda la carencia de valores culturales, que algunos especialistas definen como “crisis de identidad”, y que se vive en todos los ámbitos sociales. De ahí la pertinencia de trabajar recuperando conocimientos, valores y proyectos de vida que nos permitan reforzar lo propio para no sucumbir ante lo ajeno.

Sabemos que desde nuestro nacimiento, cada uno de nosotros se distingue de los demás gracias a nuestro perfil personal: las características genéticas y físicas que heredamos de nuestros padres y antepasados, nuestro apellido –que heredamos– y el nombre –que recibimos– pueden ser cambiados durante el curso de nuestras vidas, aunque siempre formarán parte integral de nuestra identidad personal.

Sin embargo, la identidad no es privativa del individuo. La pregunta “¿quién soy?” está estrechamente vinculada con la pregunta “¿quiénes somos nosotros?”. “Nosotros” puede representar a un grupo étnico, la nación a la que pertenecemos o la fe que profesamos. Como miembros de un grupo, estamos vinculados a otros miembros, principalmente a través del idioma, las creencias, los rituales, el código moral, las costumbres, la forma de alimentarnos, el modo de vestir, etcétera.

Al igual que los individuos, las comunidades (grupos étnicos, naciones) a las cuales pertenecemos también cambian con el paso del tiempo como resultado de su interacción con el entorno natural y con otras comunidades y culturas. Si bien éste siempre ha sido el caso, el ritmo e intensidad de los cambios ha aumentado considerablemente desde el siglo XX, sobre todo por el proceso conocido como globalización, que es eminentemente económico.

La UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) ha alertado: “La cultura está atravesando por un periodo de constante globalización y no podemos ignorar los riesgos que ello conlleva, siendo uno de ellos –y por cierto nada trivial–olvidar el carácter único de cada ser humano; a él corresponde elegir su propio futuro y desarrollar su pleno potencial dentro de la cuidadosamente cultivada riqueza de su tradición cultural, la cual, si no somos cuidadosos, puede ser puesta en peligro por eventos contemporáneos…”.

Lo que conocemos por cultura ha surgido de la relación entre los seres humanos y el entorno natural: primero, de la necesidad de existencia colectiva y de protección, de alimento, de caza y de pesca, por el cuidado del fuego y del hogar, por la fabricación de utensilios y herramientas, luego por el cultivo de la tierra y la domesticación de animales. Pero también por la necesidad de expresión de sentimientos, amores, temores, tributos y cosmovisiones. La cultura, como la definen algunos filósofos, es flujo de vida, de energía y creatividad.

No existen culturas idénticas, como tampoco existen culturas que no provengan de una cultura-madre. Y como cada cultura se va definiendo por las características de su entorno, cuando alguna otra es impuesta, necesariamente genera violencia. En el siglo XX se inició la transformación del mundo finito de verdades, en un mundo de infinita duda e incertidumbre. Esto es que muchos discursos que alardeaban soberbios del conocimiento pleno han tenido que rectificar, admitiendo que aún nos encontramos en búsqueda de respuestas y que éstas no llegarán a ser absolutas.

Hay en el mundo por lo menos cinco mil culturas indígenas. Este panorama sólo sugiere su diversidad. Si bien estas culturas son marginadas de la mayoría de las sociedades, resulta todavía más sorprendente cómo han sobrevivido ante tanta hostilidad. En México, por ejemplo, los pueblos indígenas son quienes imprimen al país una riqueza cultural que nos permite ocupar el octavo lugar en el mundo en cuanto a diversidad cultural, además de otorgarles el reconocimiento histórico de ser, todos esos pueblos, el origen de la nación mexicana.

Sin embargo, los habitantes indígenas de la nación, reconocidos incluso internacionalmente, todavía hoy sufren discriminación, exclusión, persecución y despojo, justamente por poseer recursos naturales, formas organizativas comunitarias y una riqueza de manifestaciones culturales que a menudo son utilizadas como simple espectáculo, ignorando (o despreciando) el contexto en que originalmente se desarrollan. Olvidando el respeto que nos merece la diversidad cultural que hoy celebramos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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