Rafael Calderón
Morelia: 190 años en la poesía
Lunes 8 de Octubre de 2018
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El poeta José Mendoza Lara dirige la editorial Jitanjáfora, fundada en 1999, y en esa travesía editorial ha publicado más de un centenar de libros de creación literaria (prioritariamente de poesía), divulgación cultural, histórica y filosófica. Toda su poesía la ha publicada bajo un solo título: Poemas membrillo, primero por la imprenta universitaria de la Universidad Michoacana (1980), luego aumentada y reeditada a partir del año 2000 en Jitanjáfora con el mismo título pero dividida en cinco volúmenes: I: Mundanal grandeza, Riesgos del oficio, La fácil quiebra de la salud y Suave pétrea; II: De la forma, del fondo y de la falda, Poema Endocrinológico, El poder de los epígonos, La Intemperie, Al declinar la adolescencia; IV: Pájaromaquia; y, V: Ciudad de argamasa y piedra. Ya que en Jitanjáfora existe el cuidado del libro tipográfico, labrado manual en la encuadernación, la técnica del stock zero y la propuesta del desafío de generar una nueva cultura del libro en la ciudad “mediante la dignificación de quienes crean, producen y se recrean en el ámbito de los libros”; hoy día, registra ejemplos dignos de destacar: la edición del Diccionario de Autores Michoacanos que corona toda su actividad editorial y, en el ámbito nacional e internacional, la colección “Fenomenología”, coordinada por Antonio Zirión Quijano que trasciende la cultura del pensamiento filosófica por ese ejemplo que ya deja sentir un lugar inconfundible: la edición del Seminarios de Zollikon, de Martin Heidegger, que se edita en exclusiva desde Morelia, para los lectores de la lengua castellana.

Como parte de la poesía de Mendoza Lara, destaco del título Ciudad de argamasa y piedra.
Como parte de la poesía de Mendoza Lara, destaco del título Ciudad de argamasa y piedra.
(Foto: Especial)

Como parte de la poesía de Mendoza Lara, destaco del título Ciudad de argamasa y piedra: “Mi ciudad/ no ha dejado de ser un lugar común./ Mi ciudad es torpe./ Mi ciudad no sabe lo que hace,/ ni lo que corre por sus calles lo conoce.// Mi ciudad tampoco está dispuesta a nada./ Se acuesta, se levanta/ enciende y apaga sus luces/ según sea la época/ o la afluencia de turistas.// También a mi ciudad/ todo se le adivina:/ su máximo misterio es la miseria,/ por ejemplo/ los perros y la luna,/ los ciudadanos tirados en la acera/ o tu nombre, otro lugar común/ y el mío/ lo garabatean sus calles y resquicios.// No debemos olvidar/ que fuiste una ciudad/ que vivía en el campo./ Una ciudad trazada en la intemperie.// No podemos olvidar/ que tu sabor de alfalfa y de rocío/ fue anterior/ a la desaparición/ de los casatenientes/ por deducir las rentas.// No podemos desapercibir/ que antes de la institución del cabildo,/ la delegación de los servicios públicos/ y el hacinamiento depredador,/ aromó está atmósfera/ la respiración ajetreada de otros seres,/ otros hálitos que amalgamaron/ piedras y pájaros,/ imágenes cinceladas/ figuradas hacia el vuelo…”.

Para cerrar en parte la coordenada local, hay que recordar que Sergio J. Monreal nació en la Ciudad de México en 1971. Desde 1984 radica en Morelia. Ingresó a estudiar al Colegio Nacional y Primitivo Colegio de San Nicolás de Hidalgo en 1986. Ha publicado simultáneamente poesía, ensayo, narrativa y teatro. Por el oficio practicado entre la diversidad de géneros y por la disciplina que arroja su escritura es un autor que en su poesía tiene la presencia de la métrica, pero antes deja sentir la fuerza y pasión por temas comunes como el amor, la soledad, etc. Es disciplinado, no publica poemas sueltos, pero ha dicho que con los títulos publicados salda la cuenta pendiente para darle forma al libro y la totalidad de los poemarios como ejemplo de la poesía revisada, depurada, redistribuida y de suerte tal que aunque el orden definitivo respeta ciertos elementos coherentes y cronológicos, en un poema unitario como Camlann determina su decir lírico y donde recrea la figura y huella de la ciudad y se aprecia ese homenaje perenne es en Serena doliente: “Nadie recuerda el nombre, la voz envenenada/ que empaña los espejos ocultos tras la piedra./ Ya nadie identifica la sombra que en los charcos,/ en los postigos rotos, en las flores tronchadas/ y en el inmaculado corazón de la piedra/ perfila el aire frío al marcharse la lluvia./ La memoria empañada va volviendo postales/ los propicios rincones de la piel imperfecta,/ desdiciendo el tropiezo, soslayando esas faltas/ que hacen del hombre huellas, de las huellas silencio,/ del silencio hojas blancas abiertas al delirio./ Sobre la ávida palma de esta ciudad mendigo/ (mientras bajo las piedras se estremece la ruina/ de una sonrisa rota) el oro tintinea” (Continuará).

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