Ramón Guzmán Ramos
¿Y de quién es el 68?
Sábado 6 de Octubre de 2018
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En el 50 aniversario de la tragedia de Tlatelolco el país se llenó de memoria, de reminiscencias forzadas, de conmemoraciones oficiales y callejeras, de mesas de análisis y textos periodísticos, de libros que hablan desde todos los enfoques sobre el movimiento estudiantil de 1968 y su desenlace sangriento. El 2 de octubre llegó con sus letras de oro a las dos cámaras del poder legislativo. En un acto sin precedentes, que nunca imaginaron los protagonistas del 68, los tres poderes de la Unión conmemoraron la fecha inolvidable. El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, encabezó su propio acto conmemorativo para decirle a la nación que las fuerzas armadas del Estado nunca más van a reprimir al pueblo mexicano.

Todos reivindican el legado del 68 como algo propio, empezando por quienes en su momento fueron dirigentes del movimiento y con el tiempo tomaron caminos distintos, en algunos casos totalmente contrarios al espíritu libertario que animó a los estudiantes. ¿A quién le pertenece este legado? Se podría decir que en esto consiste, precisamente, el triunfo diferido del movimiento. Habría que hablar del efecto transformador que ha tenido a lo largo de este medio siglo sobre la sociedad mexicana. El proceso de democratización que ha experimentado el país, no de manera lineal ni tersa, por supuesto, nos viene de allá, de ese momento fundacional que ha arraigado en la conciencia de todos, aun entre quienes en el pasado lo ignoraban y se burlaban de las conmemoraciones marginales.

El movimiento del 68 fue esencialmente libertario, moral y culturalmente revolucionario, rebelde y festivo como el espíritu juvenil
El movimiento del 68 fue esencialmente libertario, moral y culturalmente revolucionario, rebelde y festivo como el espíritu juvenil
(Foto: Cuartoscuro)

El movimiento del 68 fue esencialmente libertario, moral y culturalmente revolucionario, rebelde y festivo como el espíritu juvenil. Nunca se propuso tomar el poder, formar parte de gobierno alguno, ni en el presente ni en el futuro. Su objetivo era ganar la democracia y la libertad, convertirlas en forma de vida, como en efecto lo hicieron quienes participaron activamente en él. La democracia es de quien la practica y la libertad de quien la respira y la convierte en acción. Por eso no deja de causar asombro, de extrañar, de indignar en cierto grado, que en este 50 aniversario el 2 de octubre se pretenda institucionalizar. Sería como llevarlo al museo frío, paralizante, de la historia.

Fue, por cierto, lo que hizo el régimen priista con el legado de la revolución mexicana, con sus héroes y personajes destacados, con los momentos decisivos que cambiaron la historia. La historia, entonces, fue para los mexicanos un enorme camposanto donde había que rezarles y cantarles a los santos de la revolución, a los muertos que nos dieron patria, dejando de lado todo juicio crítico y reivindicador, toda enseñanza práctica para el presente que corre. Es lo que advierto y temo ahora con el movimiento del 68. Todos se lo adjudican, se lo apropian, pero sin el sentido crítico, emancipador, rebelde, antiautoritario, espontáneo, sincero, que caracterizó a los jóvenes ese año.

Hay un efecto transformador que de manera permanente mantiene el movimiento sobre nuestra historia. Sólo un movimiento fundacional es capaz de hacer algo así. Más allá de su propia circunstancia, incluso de varios de sus líderes, el movimiento mantiene su cauce. Pero su lugar le pertenece a los caminos abiertos de la historia. Nadie se lo puede apropiar para sus propios intereses. El movimiento respira y vive en las calles, en las plazas públicas, en las universidades, en todo lugar donde haya que hacer la crítica del sistema con la palabra y la acción.

Que todo mundo reconozca al 68 no significa que las cosas en el país hayan cambiado sustancialmente. Hace también unos días conmemoramos con dolor y coraje, con la memoria herida, el cuarto aniversario del ataque brutal que sufrieron los normalistas de Ayotzinapa y la desaparición de 43 de ellos. Un evento tan bárbaro como el del 68, sólo que cometido en la oscuridad más siniestra.

Es por eso que deberíamos salvar del 68 su espíritu cuestionador, propositivo, transformador, culturalmente revolucionario. En la historia ningún ciclo está totalmente cerrado. Hay que verla como un río que no cesa de correr, que nos afecta en el presente y afecta nuestra visión de futuro. Sólo que para cumplir con una función así, un movimiento como el del 68 tendrá ahora que liberarse de las cerraduras oficiales. Que no nos lo conviertan en monumento, en leyenda dorada, en discurso exaltado, en efemérides oficial. Que el movimiento se siga moviendo por sí mismo, por ese impulso que tuvo hace 50 años y no cesa. Que no deje de ilustrarnos sobre cómo cuestionar al poder cuando el poder se vuelva autoritario. Que se mantenga generando ese aire de libertad que, a pesar del humo y el fuego, de la tragedia colectiva, se respiraba en cada espacio de reunión, de ocupación democrática.

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